viernes, 27 de junio de 2008

CARAMBOLA


Si creyera en el cielo y el infierno, pensaría que estaba pagando por todos sus pecados. Si creyera en buenos y malos, pensaría que es un ángel que ha caído en un purgatorio poblado de diablos. Si creyera en algún equilibrio cósmico, en alguna clase de karma, tal vez pudiera aferrarse a algún ajuste de cuentas... pero a duras penas creía en ella misma.

Necesitaba un golpe de suerte en el que no confiaba.

Estaba sentada sobre el tapete, una pierna afianzada sobre la tarima, en la otra su pie danzaba a escasos centímetros del suelo y el tacón de sus botas rozaba de tanto en tanto el desgastado parquet, provocando un ruido sesgado que podría haber hecho perder los nervios a cualquiera. Pero ella, no era cualquiera.

Había planeado minuciosamente la jugada anterior. Mientras su contrincante estudiaba la mesa, ella se había paseado descuidadamente a su alrededor, inclinándose frente a él y mirándole a los ojos, ignorando nada que no fuera aquel hombre y desviando la mirada de tanto en tanto hacía su paquete. Sabía la perspectiva que ofrecía desde aquel ángulo, era plenamente consciente de la visión de sus pechos cuando aquel escote en V se abría. Quería ponerle nervioso y no le importaba jugar sucio. Por una vez en su vida, respetar las reglas era lo menos importante.

Puede que lo hubiese conseguido o que aquel tipo fuese condenadamente malo, pero falló su carambola y ella tenía una última oportunidad.

No pensaba desperdiciarla. Nada ni nadie impedirían que ganará aquella partida, no podía perder esa apuesta. Simplemente esa no era una posibilidad.

Hay muchas formas de vivir la vida, algunas buenas y muchas malas... pero no hay demasiados modos de salvar la vida. No una vida como la suya.

Había oído con frecuencia aquello de ‘A veces se gana y otras se pierde’ y esta, tenía que ser un A veces.

Sus dedos se afianzaron sobre la tela, firmes sobre la mesa. Resbaló suavemente el taco entre las manos, sintiendo el tacto rugoso de la madera, acompasando el movimiento a su respiración, notando el pulso de su corazón golpear rítmicamente el palo. Hasta ser una prolongación de ella misma. Se inclinó levemente y golpeó de lleno la bola consiguiendo una ranverse perfecta.

Levantó la mirada. El tipo que había apostado por su colega miraba sus tetas. El otro parecía no ser consciente de haber perdido la partida, con la mirada fija en la mesa y la boca abierta. No quería parecer arrogante, no quería precipitarse, así que contuvo la respiración y se incorporó despacio, procurando no dejar entrever ningún atisbo de emoción, que la excitación que sentía en su vientre no se filtrará por los poros dilatados su piel.

Por el rabillo del ojo vio a Raúl y su sequito entrar en el bar, justo en el momento en que su pasaporte hacía la libertad decía algo que no entendía, una frase que no lograba abrirse paso hasta su cerebro.

- ¿Qué has dicho?
- Que has perdido. No voy a pagarte la pasta. Tenias los dos pies levantados y eso anula tu victoria. La pasta es mía.
- ¿Qué, Princesa, apostando con el dinero ajeno? ¿No te han dicho nunca que las niñas buenas no hacen eso? – espetó Raúl manoseando su puño americano como su fuera una extensión de su polla.

Y en aquel jodido instante supo, con certeza absoluta, que ninguna ley, ni tan siquiera la del puñetero Murphy, gobernaba en su vida y que, con suerte, ella tendría que volver a casa con el labio partido, algunas costillas menos y sin blanca en los bolsillos. Y con un poquito más de suerte moriría desangrada en el callejón.

Aunque ella, no creía demasiado en la suerte, en particular, en su buena suerte.




viernes, 20 de junio de 2008

MEME CON FUN-DANA-MENTO

He decidido ‘plagiarle’ (es que desde que descubrí la frecuencia y facilidad con la que se realizan los plagios no puedo resistirme) este Meme con tanto fundamento a Tesa

Y quien quiera seguirlo, puede hacerlo aquí que estaré encantada de descubrirlo.



¿El rasgo principal de tu carácter? Positivismo

¿Un defecto que no puedes dominar? Ninguno. Tengo muchos defectos (si hago la lista os aburriríais antes de llegar al trescientos) y no puedo dominar a ninguno. Aunque si pudiera dominarlos ya no serían defectos...

¿Te consideras buena persona? No lo suficiente.

¿Por quién te cambiarías? Por algún súper héroe. Por Pícara de la Patrulla X.

¿Gatista o perrista? Aunque ronroneo con frecuencia, perros. Muchos.

¿Cuál es tu precio? Al mejor postor. Pero siempre que el cobro sea en especie.

¿Tienes un plan para dominar el mundo? No, pero tengo uno para que el mundo no me domine a mí.

¿De quién sientes envidia? De las buenas personas. De pedacitos de otras personas. Me hago yo unos apaños con los retales!

¿Estarías dispuesto a hacerte un maestro Jedi? ¿Hacérmelo con un maestro Jedi? ¿No estará a estas alturas demasiado pasado para aguantar más de un asalto? ¿La espada láser esa vibra? ¿No? Pues entonces nada.

¿Cuál es tu ideal de felicidad? Ser feliz. No tengo ninguna idea preconcebida sobre la felicidad, simplemente me lo propongo cada día y lo soy. Cuestión de actitud.

¿Crees que es posible subir a la red imágenes que tienes en tu ordenador? Soy tremendamente crédula.

¿Con qué error humano te muestras más indulgente? Con todos los que se reconozcan como tales.

¿Ante qué eres intolerante? Ante mí misma (o conmigo misma)

¿Capuchista o paragüista? Ni lo uno ni lo otro. A pelo.

¿Qué despierta tu ira? Nada de lo que debería despertármela y todo lo que no debería despertármela. ¿ Qué sea más clara? Jo, pues esta clarísimo ¿No? Valeee... las injusticias. Se me hincha la vena y salto a la yugular, y eso que no me gusta la violencia.

¿Por qué serías capaz de matar? Por lo mismo por lo que sería capaz de morir. Por los que amo.

¿Cuál es la contraseña de tu cuenta de banca electrónica? ¿ Banca? ¿ En la interné? ¿Pero eso se pué aser?

¿Qué cualidad prefieres en los seres humanos? La humanidad.

¿Te podríamos confiar nuestro ordenador buenísimo una noche? Me podrías confiar lo que quisieras y el tiempo que quisieras. ¿He dicho ya que soy muy crédula?

¿Cuál es tu palabra favorita? Alba.

¿Cuál es tu garito preferido en Madrid? Soc de Barcelona (i també em moro de calor)

¿Sabes quién es Java el hot? Facilísimo, yo le paso la pregunta a ‘Todoloencuentragoogle’ y con ayuda de ‘Wikipedialaquetodolosabe’ te hago un copia y pega fascinante. Yo sí ¿Y tú? Pa chulo...

¿Comunista o consumista? Extremista y poco amiga de los ‘catálogos’, casi nunca entró en ninguno, soy una paria.

¿Alguna obra de arte te parece insuperable? No. Todas me parecen distintas, especiales y únicas, por tanto, no hay nada que superar ni igualar.

¿Senderismo o levantamiento de vidrio? Escalada.

¿Conoces algún diseño perfecto? Vuelvo a plagiar una estupenda elección: El cuerpo humano.

¿Apolíneo o dionisiaco? Pues como en el Telepizza, me pones dos cuartos de cada. Mientras más imperfecto, más perfecto es.

¿Dónde te gustaría vivir? En el lugar que escoja.

¿Música favorita? Toda la que pueda cantar.

¿Sabes quién mató a Laura Palmer? Me quedé dormida.

Un color Violeta, Morado, Malva... Incluso al pronunciarlos, me gustan.

¿Con qué emoticono te identificas más? Con el que saca la lengua. Tengo un vicio muy feo que cualquier día de estos me costara un disgusto... y una lengua.

¿Cuáles son tus literatos preferidos? Puff... muchos, soy devoradora compulsiva de libros. Mary Higgins Clark, Pablo Neruda, Jean M. Auel, Gabriel Garcia Marquez, Arturo Pérez Reverte, Rebeca Riman, Cari, Icos, El Gato, Scila, Tesa... y los que me quedan por descubrir.

¿Qué peli ves todas las navidades? En Navidades no veo pelis, sólo a gente, a buena gente... a la mejor gente. La mía.

Un héroe Todo aquel que luche por lo que cree desde el respeto y se enfrente a la intolerancia, a las injusticias y al desprecio. Todos los que ganamos nuestras pequeñas e individuales batallas.

¿Cuál es tu asignatura pendiente? Geografía. Es la única que he finiquitado como pendiente Todas las demás, estoy en ello.

¿Crees en la eternidad del alma? No creo en ninguna eternidad. Es demasiado tiempo.

¿Crees en la metempsicosis? No

¿Cómo te gustaría morir? No me planteo como me gustaría morir, sólo sé como quiero vivir.

¿Qué crees que hay que hacer ante un troll? Pues seguir las enseñanzas de David El Gnomo, que si no.

Estado actual de tu espíritu Espera que me lo palpo... buenísima. ¿Un viernes por la tarde? Envidiable.

¿... alguna duda? ¿ Vas a poder respondérmela?


miércoles, 18 de junio de 2008

SEDA SOBRE EL ASFALTO


Debería ponerme medias, pero hacía tanto calor esa sofocante mañana de Agosto que la piel resbalaba impertinente sin dejar que el panty se deslizara sobre mi muslo.

Hacía mucho tiempo que formaban parte imprescindible de mi atuendo. No salía sin ellas de casa desde que vi a Kathleen Turner en aquella película. A veces pienso que sólo me hice detective porque con dieciocho años, mientras contemplaba a aquella rubia de infarto inundar la pantalla, soñaba con tener esas vertiginosas piernas.

Como si pudiese salir de la mierda cabalgando sobre unos tacones. Supongo que debí largarme de aquí, dejar de soñar con detectives con piernas de corista y tipos duros que te invitaban a whisky para ganarse tu alma. Pero esta ciudad me tenía atrapada, eran mis calles, las mismas en las que jugaba de niña, las aceras que rasparon mis rodillas y las esquinas que me rompieron el corazón mientras aprendía a llorar en silencio apretando los puños con rabia.

Este era un caso rutinario, sin demasiadas complicaciones, aún así preparé como siempre el bolso con la grabadora, el pasaporte, una muda interior limpia y el pequeño revolver que parecía más un encendedor que un auténtica arma letal. Estuve a punto de recoger simplemente la grabadora, pero demasiados años de rutina persistente decidieron por mí.

El tipo era un delincuente de poca monta que sobrevivía a base de chanchullos, como recadero de trapos sucios y como chivato de la poli. Pero esta vez se le había ido la mano y sin saber muy bien cómo se había visto envuelto en el robo de una documentación muy importante y comprometedora de la casa de un empresario. Ahora él tenía en sus bolsillos la vida de demasiada gente, y muchos no tendrían inconveniente en ensuciarse un poco más las uñas para salvar el pellejo.

Había un montón de gente interesada, tal vez demasiada, en aquellos papeles. Entre los buenos, los malos y los regulares formaban un grotesco y nutrido grupo al que yo me había sumado como quien pilla un tranvía en hora punta, colgada en el último instante. Probablemente no serían más que papeles mojados y al final, aunque salieran a la luz, los culos grandes y sebosos de los auténticos responsables quedarían resguardados bajo sus fajos de billetes tan sucios como su podrida alma escondida bajo esa pulcra fachada. Se me revolvían las tripas al pensarlo.

Pero, al menos por ahora, el Rata, un Don Nadie al que le quedaban sólo dos dientes enteros y uno de ellos era de oro, había creado una buena juerga en la ciudad a la que todos estábamos invitados, unos con traje de gala y otros, como yo, por la puerta de atrás.

Mi cliente no era ni mejor ni peor que ellos, pero, al fin y al cabo, pagaba mis facturas tras varios casos desastrosos y demasiadas obras de caridad. Quería esos papeles y me había pagado una cantidad sumamente escandalosa por adelantado.

Tenía una buena pista y, conociendo a Charlie, mi particular soplón, el tugurio donde se escondía el Rata, era un rastro fiable. Conseguiría hacerle salir, estaba segura. Nadie más sabía que se encontraba en los sótanos de aquel antro

O eso creía yo. Debían estar siguiéndome y esperaron hasta asegurarse de tenernos a los dos a tiro. No me di cuenta... confíe demasiado en mis dotes de persuasión y me deje llevar por la emoción de haber resuelto el caso y salir de aquel bar colgada del brazo del Rata. Un adolescente nervioso de gatillo fácil disparó, casi temblando, estrenándose seguramente por primera vez en el mundo de los sicarios, y regalándome el sabor metálico de la sangre ascendiendo por la garganta.

Joder, debería haberme puesto medias esta puta mañana. Si hubiese sabido que iba a estar tirada en el asfalto con una bala alojada en el estomago, me habría puesto las jodidas medias de seda. Odio tener que morir con estas pintas. Debí haberme marchado de aquí cuando aún estaba a tiempo, pero siempre pensé que entre toda esta mierda encontraría al menos la manera de construir un futuro mejor para alguien. Sólo una maldita esperanza a la que aferrarme.

La sangre ensuciaba mis piernas desnudas.

jueves, 12 de junio de 2008

UN PASEO


Vamos a dar un paseo. Ven, yo conduzco.

Es una carretera preciosa… no sé como la encontré.

Es pequeña y curvada, muy estrecha, poblada de árboles. Un costado es una ladera y el otro un barranco, y ambos lados están llenos de vegetación exuberante. Los árboles a veces la cubren con sus ramas de punta a punta, se cruzan sobre el cielo y forman un tapiz precioso de hojas coloridas. Hay momentos que pareciera que la Naturaleza quiere invadirte, asaltando el arcén con sus raíces retorcidas y sus hojas secas. A ratos el sol atraviesa esa espesura e ilumina con brillos extraños el asfalto, jugando con los colores de las hojas. Otras todo es frío y húmedo, de una frescura agradable que revigoriza el espíritu.

Las ventanillas abiertas, el CD suena por encima del sonido de nuestra respiración y del rugido del motor . No necesitamos hablar, ni tan siquiera cantar. No hay ni una sóla palabra que necesite decir ni oír para enturbiar ese momento.

Tu mano se cuela en el hueco entre el cambio de marcha y el asiento, reposa sobre mi pierna. Noto su calor, el tacto de tu palma atraviesa el tejido de los pantalones y se marca a fuego sobre mi piel.

Noto como me miras de reojo, pero no quiero devolverte esa mirada para que no te asustes. Mantengo la mirada en la carretera y me dejo llevar por el vaivén que ella quiere marcar, derecha e izquierda, deslizándonos con calma sobre la carretera, resbalando por la vida. Dibujo una sonrisa. Veo la tuya dibujada en un desliz de mi mirada.

Aparece una recta despejada, con un final anunciado en una curva de nuevo cerrada, en una espesura que ahoga ese gris, que lo engulle de forma misteriosa.

Apenas tengo tiempo de formular la pregunta. Tu mano se apoya sobre la mía en el cambio de marcha. Acelero para sentir la furia del motor bajo mi cuerpo, y metemos cuarta… y sin miedo metemos quinta, tu mano sobre la mía, acompañando el trayecto del cambio de marchas.

Me aprietas con fuerza. Noto tus nudillos contraídos bajo la piel de tus manos. Siento tus músculos tensos y tu pierna pugnando por salir disparada por debajo del salpicadero, atravesando el capó del coche.

Levanto el pie del acelerador, imperceptible, mientras noto como va perdiendo fuerza. No necesito frenar, cuelo la cuarta contigo acompañándome… y freno un poco antes de descender a tercera…

Y dejamos que las sombras y esa naturaleza viva nos engulla despacito, con calma, con serenidad, preparados para seguir disfrutando del paseo
.

miércoles, 28 de mayo de 2008

JUGANDO AL CRIQUET


Alguien Debería explicarte que hacer con los sueños rotos, como desprenderse de esa madeja de imposibles que terminan siendo un lastre que arrastras sin apenas darte cuenta que existe, mientras vas añadiendo nudos e hilos a la madeja y cada vez pesa más, te dificulta el camino... y sin embargo sigues avanzando y soñando como un estúpido mientras arrastras de forma inexorable toda esa carga de sueños perdidos.

Alguien debería decirte dónde abandonar los nonatos, donde colgar la toalla del fracaso, donde escupir la bilis de las derrotas.

Alguien podría beberse mis silenciosas lágrimas, las del fastidio, las de la incomprensión, las de la ira... para que no enturbien mi mirada mientras oteo el horizonte en busca de nuevos sueños, para que no dejen surcos en mi rostro y la gente pueda señalarme con el dedo mientras camino por la calle y decir " Mira, ahí va una con sus sueños rotos"

O buscar terapias alternativas.

Como dejarse caer dando tumbos por una interminable escalera hasta estrellar con tus huesos contra el duro suelo y que las magulladuras y las fisuras dolieran tanto que te hicieran olvidar cualquier otro dolor que no fuera el físico, que tu vista se nublara abnegada de sangre impidiendo cualquier otro despojo de humanidad.

Como ir por un inmenso césped verde tapando los hoyos igual que en un partido de criquet, abandonando pedazos de sueños rotos en cada agujero y pisoteando con fuerza la hierba después, con todo el peso de nuestra rabia, con energía, para luego alcanzar agotados un dulce abandono bajo un sauce llorón y soñar de nuevo a su sombra.

Como que el cuerpo se cubra de sarpullidos horripilantes y virulentos, que piquen a morir y que no puedas dejar de rascártelos con sarna, de una forma rabiosa e incontrolada, totalmente fuera de ti, como un poseso demente, mientras tu piel se te desgarra en sangrantes jirones y en tus uñas se acumulan restos de epidermis y sangre y tu única obsesión sea calmar ese picor.

Debería ser constituido por ley, por decreto real, un restaurador de sueños rotos, quien tuviera la obligación de, con mimo y ternura infinita, ir recogiendo pedacitos, recomponiéndolos uno a uno hasta entregarte envuelto en hermoso papel de celofán tu sueño, como si no hubiera pasado nada, perfecto y a estrenar.

Hoy, tan sólo por hoy, quiero ser el ser más miserable de este mundo, quedarme a solas con mis miserias y mis sueños rotos, acunarlos entre mis manos hasta que dejemos de llorar. Quiero ser negra, la más negra sobe la faz de la tierra. Quiero ser la más desgraciada, que mi desgracia sea la más dura, la peor, la más terrible... y que me importe una mierda el resto, que no exista nadie más desgraciado que yo.

Porque mis penas, como mis sueños rotos, son mías, tan sólo mías y a nadie debo el privilegio ni el placer de suplantarlas, de saltar por encima de ellas colocándose en la cima de las desdichas y haciendo de su infortunio algo mucho más grave que mi sueño roto.

Por hoy, sólo esta noche, derramaré lágrimas, sin moqueos, sin efectos secundarios, sin reproches ni explicaciones... y dejaré ir otro sueño perdido, otra esperanza rota sin nadie a quien acusar del estropicio, sin nadie en quien verter esa cólera que tan bien disfraza el sufrimiento propio.

Mañana, ya mañana será otro día y tal vez encuentre un sueño nuevo que reponer, para no acusar la falta de un hueco vacío en el estante. Mañana, ya mañana, pasará el camión de la basura recogiendo los cristales y las aristas de mi sueño roto. Pero todo eso será mañana, hoy me desprecio, me lloro y me lamo mis propias heridas envueltas en un precioso papel de celofán, donde también se sirven el dolor de los sueños rotos.

miércoles, 21 de mayo de 2008

TIERRA HÚMEDA






Mis manos olían a tierra húmeda... me encantaba ese olor de la tierra mojada y fresca. Contemple mis manos absorta, como si las viera por primera vez, como si no fueran mías... me resultaban extrañas. Habían restos de humus negro entre las uñas. No lo entendía... ¿Qué hacía aquella tierra acumulada entre mis uñas?

Me dolía la cabeza, sentía una terrible jaqueca latiendo en mis sienes.

De pronto un flash cruzó como un fogonazo por mi cabeza, así como si viera un gato pasar raudo por el rabillo del ojo. El jardín. Ayer tarde Adrian y yo estuvimos trabajando en el jardín.

Las imágenes iban volviendo a mi cabeza de forma lenta y pausada, algo ofuscadas. Habíamos plantado los bulbos para los tulipanes... sí, ahora lo recordaba, habíamos hecho círculos concéntricos de tulipanes de un azul intenso y luego amarillos... también habíamos removido la tierra de las gardenias, les habíamos puesto algo de detritus vitamínico. Que agradable había resultado, los dos hundiendo las manos en el suelo, masajeando la tierra, rozándonos en caricias leves a hurtadillas y sonriéndonos con los ojos.

¿Se había quedado a cenar?

Seguro. Por la terrible presión a la que estaba sometido todo mi lóbulo occipital... probablemente abrimos una botella de vino Priorato... Dios, apenas recordaba nada del día anterior, me sentía mareada aún, con nauseas y un molesto dolor palpitando de forma persistente en mi cabeza.

Me acerque a la pica a lavarme las manos, retiraría los restos de tierra y me prepararía un café bien cargado... tal vez consiguiera hacer desaparecer esa migraña.

¿Me volvería a llamar Adrian? Ultimamente no había tenido mucho éxito con mis citas... en cuanto la relación avanzaba y se tornaba algo más intima, los hombres desaparecían de mi vida. Lo hacían literalmente. No sé si huían del compromiso o de mí, pero lo cierto es que, en cuanto empezábamos a compartir algo más que copas, cine, cena y sexo, cuando... ¿Qué demonios eran esos restos en el fregadero? ¿Carne picada?

No, no podía ser... es cierto que no recordaba la noche anterior, pero era del todo imposible que hubiésemos cenado carne. Adrian no soportaba la carne roja y mucho menos picada... era casi vegetariano. Pero entonces... ¿Qué hacían ahí esos sanguinolentos restos?¿Era Adrian o Victor el vegetariano?

Ay Dios, había tenido tantas relaciones de forma tan breve y continuada en un espacio de tiempo tan corto que me sentía confundida... y la cabeza no paraba de voltearme y estaba angustiada, el olor de la carne estaba haciendo subir las nauseas al borde de mi garganta.

Seguro que Victor, aquel chico tan mono que conocí en el invernadero de Marcus City era el vegetariano... aquel que desapareció después de un mes, justo cuando habíamos decidido empezar un negocio juntos, el día antes habíamos dado paga y señal para el alquiler de un local. Pensábamos montar una herboristería. Con las llaves en la mano celebramos una cena romántica para inaugurar nuestro nuevo proyecto. Esa fue la última vez que le vi. Nunca más se supo de Victor ni de ese proyecto en común. El día siguiente amanecí compuesta, con un local pagado durante un mes y Victor desaparecido de la faz de la tierra.

Poco a poco las imágenes pasaban por mi cabeza, de forma intermitente, breve y rápida, un revival de negativos e instantáneas. Me veía hundiendo las manos en una masa de carne roja y llevándome los dedos a la boca, chupando los restos de las yemas de forma aviesa y ávida. Luego volvía a verme en el jardín, removiendo la tierra oscura. Por último me veía bebiendo una copa de vino, de un hermoso rojo.

Decidí darme una ducha, a ver si conseguía despejarme y sacudir la nube que rondaba en mi cerebro, que no me dejaba pensar con claridad y enturbiaba mis recuerdos recientes. Seguro que el agua caliente conseguía despistar esa pesadez.

Al contemplar el agua descender y arremolinarse en mis pies, antes de desaparecer por el desagüe me asuste al comprobar un rastro rojo. ¿Sangre? No podía ser el periodo. Empecé a observar detenidamente mi cuerpo, magreando y volteando la carne hasta que localice un par de heridas en el muslo derecho. ¿Cuándo me había arañado? Trate de no darle importancia. Era demasiada información rondando en mi cabeza y un aguijón pinchaba en algún punto recóndito de mi memoria, pugnado por salir… debía dejarlo aflorar por si solo, lo sabía. El resto no era importante. Probablemente me arañe cuando estuve en el jardín… seguro.

Pero eran demasiadas imágenes flagelando mi cerebro y una idea loca y absurda que iba cobrando forma, arremolinándose alrededor de mi cabeza. Las imágenes revividas, una detrás de otra, dejaban poco lugar a la imaginación. Contemple una vez más mis manos, limpias e impolutas, blancas tras la ducha. Pero era imposible. Improbable. No me resultaba factible por mucho que apareciera como la sucesión a la película, como la solución a la misteriosa desaparición de mis exs.

Una angustia mucho más fuerte que la provocada por el dolor de cabeza iba subiendo a mi garganta. Una pesadez atenazaba mi estomago, encogido, revuelto y pequeño dentro de mi cuerpo. Notaba el sabor de la sangre en la boca. Eran mis labios que mordisqueaba de forma nerviosa.

Tenía que comprobarlo. Todo. Antes de morirme de rabia, de ira, de impotencia y asco por mi misma.

Con furia baje las escaleras y como una posesa salí al jardín y empecé a escarbar, removiendo la tierra, sacando las raíces de todas las plantas, hundiendo los brazos en el suelo hasta el hombro y palpando todo lo que la movilidad me permitía. Cuatro horas después mi jardín parecía un autentico campo de batalla, los bulbos de mis tulipanes yacían desperdigados y sin vida por todo el suelo, acompañados de las gardenias, del rosal… pero las plantas era lo único sin vida en mi jardín. No encontré el cuerpo de Adrian.

¿Y ahora?

Más fría, con los músculos reventados y esa relajación que otorga el cansancio reflexioné. ¿Estaba tonta? No era normal lo que había hecho. ¿Cómo se me podía haber pasado por la cabeza que yo había matado a Adrian con mis propias manos? ¿Y Victor? ¿Y al resto de hombres que habían pasado por mi vida para desaparecer después? Era totalmente absurdo, además de irreal, paranoico, inadmisible y totalmente desatinado. Además, más pronto o más tarde la policía hubiera intentado averiguar algo, o ponerse en contacto conmigo.

¿Y entonces? ¿Qué sentido tenían las imágenes que no conseguía organizar? ¿Por qué no recordaba los detalles de las últimas noches que pasé con esas personas?

Tenía hambre. Era la hora de comer, me había pegado una buena tunda de hacer ejercicio y además ese inoportuno e insidioso malestar en mi cabeza no había cejado de tamborilear aún. Me dirigí a la cocina y me preparé un par de sándwich, de pavo frío que aún quedaba en la nevera.

Mientras devoraba en dos mordiscos ese pedazo de pan que me sabía a gloria sonó el teléfono.

Era Nicolás. Otra vez. Con la misma pregunta de siempre. De todos las relaciones que he tenido Nicolás era la única que perduraba a través del tiempo y que, de forma casi mecánica, me llamaba a menudo para intentar volver conmigo. Y eso que este no se había borrado del mapa aunque yo hubiera deseado que sí desapareciera de la faz de la tierra, por impresentable, vil, maleante y un largo etcétera de adjetivos nada recomendables… Mientras le repetía por enésima vez la misma retahíla de excusas una idea paso fugaz por mi cabeza.

Qué casualidad que Nicolás siempre me llamará cuando mis otras relaciones habían desaparecido ¿Era casualidad o no?



lunes, 19 de mayo de 2008

LLUEVE


A veces, me gustaría ser el dolor ajeno.
Para desaparecer sin dejar rastro de la vida de los que amo.
Deslizarme borrando las huellas a mi paso.
Como lo hace la lluvia, dejando esa sensación fresca y nueva.
La ausencia, la distancia, no poder volver a ver su mirada...
es un precio insignificante por saber que hay una sonrisa en sus labios.

RENDICIÓN III


No sé muy bien en que momento cambiaron las tornas, pero lo cierto es que desde el día en que te retuve entre mis piernas y alcance el sueño de tu orgasmo en mi interior, tú te habías rendido al hechizo de mis entrañas, olvidándote del camino recorrido, de las cumbres y los valles que ya no atravesabas para llegar a mí, tu máxima se había reducido a penetrarme... y en cambio mi cuerpo no respondía a tu presencia, no vibraba con esa sensación salvaje y prometedora, y en mi mente tan sólo existía el recuerdo de aquel atractivo caballero entrecano y su forma delicada y elegante de ahondar e invadir los atolones vírgenes de mi cuerpo.

En mi mente y en mi cama se dibujaban una y otra vez la sinuosidad de sus manos y el rojo de sus labios sobre mi piel desnuda, perdiendo valor cualquier otra clase de posesión, que al final no era sino una burla, una imitación desdibujada al retrato que otro había pintado en mi lienzo.

En un estado febril, empujada por un ansia irracional, con el cuerpo tenso embestido por el deseo contenido acudí a ver al amigo común que nos había reunido una vez, por avatares del destino, en una fiesta. Me dio su dirección y sin pensarlo, vestida por la desfachatez que otorga la locura, me dirigí al piso en pleno centro de la ciudad donde esperaba saciar mis recuerdos.

Llamé al timbre de una puerta grande y pesada, de vieja madera noble, con el cuerpo rígido y la mente vacía. Me abrió la puerta vestido con unos pantalones y una camisa de lino blanco, irresistiblemente atractivo con su melena entrecana recogida, y sus labios rojos se curvaron en una sonrisa burlona y sensual. Me beso la mano, en los nudillos, entre el dedo índice y el corazón y al retirar su boca note palpitante los latidos de mi corazón donde antes reposaron sus labios.

Sin mediar palabra y sin apartar su mirada de la mía me introdujo a través de un pasillo interminable a una estancia amplia, con grandes ventanales altos y ojivales que la inundaban de luz y un suelo de mármol blanco, de aspecto frío y suave. Se colocó ante mí y apoyo delicado sus manos sobre mis hombros dejándolas resbalar como una caricia hasta alcanzar mis manos, mientras ese calor húmedo tan familiar igualaba el recorrido descendiendo por mi vientre.

En un impulso asalte esos labios, con un beso salvaje y hambriento, hurgando y devorando... pero fue como chocar contra un muro impertérrito de indiferente roca. Volví a descender sobre mis pies para buscar sus ojos, para enfrentarlo... y me devolvían una mirada socarrona y divertida. Se deshizo de un pañuelo blanco que llevaba alrededor de su cuello y colocándose tras de mí lo anudo sobre mis ojos.

Me sentí tan asustada como excitada, expectante. En algún recoveco de mi aturdida mente sacudía el miedo y la duda mientras con el cuerpo tenso y ansioso esperaba su contacto. Noté su aroma alrededor de mí e intente adivinar su posición.

Se había vuelto a colocar ante mí y mientras yo entreabría mi boca esperando la suya, sus manos me sorprendieron al colocarse gráciles sobre mis hombros. Se me erizo toda la piel del cuerpo mientras una sacudida violenta recorría mi espalda en todas direcciones. Lentamente deslizo los tirantes por mis brazos y el vestido de gasa cayo a mis pies acompañado por sus dedos. Me quede desnuda de piel y alma ante su vista y note como daba unos pasos atrás para contemplarme.

Lo sentí girar a mí alrededor, lo olí envolviendo el aire que me rodeaba con un suave soplo y agudice mis sentidos intentando adivinar cual sería su próximo movimiento.

No sabía dónde estaba cuando un mordisco audaz en mi pecho avivó mi deseo, endureció mi pezón y origino un respingo en mi espalda. Furtivo, pequeño, doloroso y certero... pero sobretodo breve.

Con la respiración agitada noté de pronto su cuerpo en mi espalda, desnudo, sin saber cuando había desaparecido su ropa, me encontré con su miembro duro contra mi cintura y su aliento susurrando en mis oídos. El vello de su pecho me hacía cosquillas suaves en la espalda y su boca húmeda navegando en mi oreja erizo mi nuca, hasta arrancarme un gemido cuando saboreo el lóbulo, introduciéndolo en su boca y jugando con él. Sus manos cogieron mis muñecas y alzaron mis brazos hacía arriba, luego, muy despacio, fue resbalando por la palma de mi mano, bañando mis codos, erizando mis antebrazos, susurrándole a mis axilas hasta alcanzar mis pechos.

Yo seguía notando su cuerpo apretado contra el mío y su boca pegada a mi cuello, mientras sus manos recorrían en círculos concéntricos mis senos, desde la base hasta el pezón, cada vez más turgentes, duros y henchidos de deseo.

Una de sus manos resbalo despacio por mi vientre plano en dirección al ombligo y la otra se coloco en una curiosa posición paralela en mi espalda. Sus dedos se enredaron en el vello de mi pubis y mi boca se abrió quejumbrosa para exhalar un gemido. Su otra mano dibujaba círculos en el final de mi espalda, donde se unían mis glúteos... como prometiendo, como previniendo de lo que sucedería después. Su boca se entretenía lamiendo mi nuca, dibujando con su lengua caliente la distancia hasta mis hombros, suspirando entre mi pelo y mis odios palabras que, al borde de la locura, no alcanzaba a entender, desgranando sensaciones que sacudían mi espalda, azotando oleadas de placer torturadoras.

Notaba resbalar la humedad entre mis piernas que permanecían unidas, en la misma posición en la que él me había inmovilizado en el centro de la sala. Su mano derecha se abrió paso entre mis labios para pasearse entre ellos, para introducirse en mi interior y deslizarse luego hacía mi clítoris. Su mano izquierda jugaba entre mis nalgas, resbalando entre mis glúteos, recogiendo su redondez, primero uno y luego otro, marcando salvajes y torturadoras orbitas alrededor del punto exacto donde habría de intimar profundamente... y mi espalda se arqueaba involuntaria con mis pezones apuntando duros hasta doler al techo, mis piernas no me obedecían, sacudidas por temblores de placer insospechado se abrían con vida propia, alejándose la una de la otra y arriesgándome a perder el equilibrio que me sostenía aún en pie.

Su mano derecha vino al encuentro de mi boca, introdujo sus dedos por mis labios entreabiertos y saboreé mi propio néctar, excitada, caliente, caprichosa y desinhibida, mordiendo la punta de sus dedos, pasando mi lengua alrededor de la yema, bajando por la base y hundiéndola entre ellos, y cuando quería más, cuando sentía que esos dedos eran una prolongación de su ser que yo anhelaba sentir dentro y hacerlo mío, los arranco de mi boca para devolvérselo a mi pubis, rozando con suavidad la parte interna de mis labios para abrirse paso y aprisionar entre dos dedos mi clítoris, fuerte y preciso. El primer orgasmo casi me derrumba en el suelo, flexionando mi cuerpo flojo sin dirección.

Entonces, aún detrás de mí, su mano se apoyo en mi espalda, empujándome suavemente hacía abajo, sin protestas, completamente rendida, dejando al descubierto la rosada redondez que se abría entre mis glúteos, caliente y palpitante, aún insatisfecha. Con la otra mano rodeo mi cintura, firme, y mientras su pene empujaba lento y erecto hasta hacerse un lugar entre mis nalgas, su mano resbalaba por mi pubis hasta hundirse en mi cavidad aún palpitante. Entre embestidas y asaltos me sacudieron dos violentos orgasmos que atravesaron mis entrañas de punta a punta, hasta derrotarme, blanda y exhausta sobre sus brazos que aún sujetaban firmemente mi maltrecho cuerpo.

Me elevo entre sus brazos y hundí mi cabeza en su pecho, embriagándome del aroma a sexo que ambos desprendíamos, me llevo a un lecho blanco de sabanas revueltas donde empezó a lamer lentamente mis heridas, mi sudor, mis recelos y mi sexo hasta que caí aturdida, ebria y exhausta en un profundo letargo en brazos de un completo desconocido.

viernes, 9 de mayo de 2008

AMANTES


Era viernes. El primero de cada mes a las tres de la tarde con la puntualidad de un reloj de mecanismo suizo.

Las cortinas estaban corridas y, tras ellas, el mundo exterior. El resto. Nada importante.

La habitación estaba en penumbras, con atisbos de unos pocos rayos de sol que se filtraban por las rendijas del suelo, desdibujando las sabanas revueltas. Unas sombras que no conseguían refrescar el ambiente ni ahogar esa sofocante sensación que se palpaba en el aire.

Un charco de sudor mojaba la cama y el aire acondicionado que gemía sobre el cabezal parecía una tímida burla incapaz de borrar el más mínimo rastro de la humedad que inundaba la estancia. Pero poco importaba todo eso. Hay calores que queman más y remueven las entrañas. Hay pieles, roces y caricias que incendian el alma y consumen los cuerpos hasta transformarlos en cenizas.

Era necesidad, una necesidad pura que surgía de dos cuerpos calientes, hambrientos y ávidos de destruir distancias, de borrar ausencias con sus dedos pestañeando el uno sobre el otro hasta eliminar los rastros de otra vida, de ese ‘fuera’ que se había quedado tras las cortinas.

Sin palabras. Sólo sexo.

Se arañaban, se buscaban, se devoraban con mordiscos y las lenguas relamían las gotas perladas de sabor a sal. Recorrían cada rincón de una geografía incompleta hasta ese preciso instante, en que podían dibujar húmedas líneas de geometría perfecta sobre la carne enrojecida y hundirse en el lugar exacto, recóndito y preciso donde se teje el deseo.

Los labios blandos, derretidos en saliva caliente y mojada. Desgastando los besos, penetrando en la boca y arañando las entrañas, derrochando todo lo que las palabras no cubren, alcanzando donde el verbo no es capaz de anclar.

Las manos apretando, aprisionando, oprimiendo pedazos de piel para encontrar el camino bajo cada poro. Grabando con puntos suspensivos los arcos y las curvas, para poder perseguir una y otra vez ese pentagrama de placeres dibujado con fuego.

Hurgaban la necesidad del otro para saciar la propia, removían con fruición la tortura de agotar al contrarío para regodearse en esa deliciosa derrota. Rozaban inflexibles el éxtasis, cabalgando oleadas vertiginosas de un deseo contenido durante demasiados días y que querían desgastar hasta sentirlo explotar entre sus muslos.
Hay sexo que sabe a mucho más que a humedad y formas de decir te amo que no se expresan con ninguna palabra.

A las ocho de la tarde, esas cortinas se abrirían, la habitación se ventilaría y cada uno de ellos regresaría, con mundana cotidianeidad, a ese ‘fuera’ que les estaba esperando, que no era tan real como lo que acababa de suceder entre aquellas cuatro paredes y que, sin embargo, les absorbería transformándolos en dos desconocidos.

Hasta dentro de un mes exacto. El primer viernes de cada mes.

viernes, 2 de mayo de 2008

MANUELA




Yo fui Manuela, fui guerra y derroche,
fui golpe y fui tregua... fui yedra.

Yo fui un atisbo de cordura que rozaba mi locura
el mueble silencioso que recibe el golpe
la grieta que se abre para recibir la herida
fui mucho y fui negra... fui tiempo y Manuela.

Yo llore como lloran quienes no deben llorar,
me escondí bajo el disfraz de quien nunca existió
desangre en el baño la pena de mis venas
y me vestí de ceniza de dedos que queman.

Yo fui muda y doliente, estúpida
ciega e indolente, bastarda
fui necia, la ignorante, la rabiosa,
la negra, la podrida, la prohibida.

El estribo, el poncho, el sombrero,
la margarita que deshojar
el verbo que se deja insultar
el gozne que no cede, la cerradura perfecta.

Cruda, servida en bandeja de plata a sus caprichos,
desnuda, sirviente sumisa de sus derribos,
descalza, para limpiar la mierda y sus desperdicios,
despojada, de dignidad, de fe y orgullos.

Yo fui Manuela, y ¿Qué?
Fui un todo y una noche
me deshice del nudo fatal de su enroque
y hoy, hoy me permito este derroche.






lunes, 28 de abril de 2008

ECHARTE DE MENOS



No creí que resultara tan fácil echarte de menos… pero ya ves, aquí estoy, sintiendo tan fácilmente tu ausencia en mi piel, palpando tan terriblemente real el vacío de tus palabras que en cascada revoloteaban en el hueco de mi cuello.

Mírame, tan cómodo prever que, la falta de tus manos suaves que se deslizan por mi mejilla y persiguen la línea imaginaría de un perfume sobre mi piel iba a serme indiferente.

Aprieto con fuerza mis pechos, ahogando tu nombre en mis labios, para que el dolor de no sentirte desaparezca, para que la huella que tus dedos largos como profundos surcos grabaron en mi piel se extinga.

Déjame, que sienta qué es estar sin ti y abrazarme a mí misma. Sentirme yo, sin ser una prolongación de tu. Rodearme y saber que el calor es real, no un complicado juego de malabares para alcanzar mi ombligo.

No creí que resultara tan fácil echarte de menos… no creí que fuera necesario.

viernes, 25 de abril de 2008

COMO ESTAR EN CASA II


Su cadáver apareció al cabo de un par de semanas.

Lo encontraron en la cuneta del vertedero. No parecía ella. Llevaba un vestido blanco, apenas un camisón y su hermoso rostro estaba desfigurado, no sólo por el tiempo que llevaba muerta sino, al parecer, porque recibió unos cuantos puñetazos antes de que le rebanaran la garganta. Seguro que el tipo que lo hizo lleva la cara marcada con sus uñas.

Eso fue lo que nos contó Costello, un detective alcohólico y taciturno que frecuentaba el garito y que conocía a Ámbar.

Se llamaba Lola... pero para mí siempre sería Ámbar, la de la líquida mirada de miel.

Recordé bruscamente, como una cruda instantánea, aquella última noche. En realidad, era un camisón de raso blanco que acompañó con unas medias blancas sin ligero y unos zapatos del mismo rojo intenso que su boca. Y la recordé como un ángel, el ángel más carnal que haya existido, flotando sobre el desgastado skay del taburete entre el dulce vapor etílico, inconsciente de que aquella sería la última imagen que tendría de ella.

Intenté enfocar el rostro de aquel tipo, pero no lo conseguía.

Tenía que encontrar a ese cabrón. Tenía que saber quien le había hecho aquella barbarie y hacerle pagar por su monstruosidad. Me obsesione con esa idea. En el fondo, sabía que yo era el único culpable de su muerte, por haberla dejado ir, y eso me torturaba.

Cada noche buscaba camorra, una buena bronca que hiciera sangrar mis puños y mi boca, que hiciera mi estomago arder y que me dolieran tanto los huesos que no pudiera pensar en nada más que no fuera ese dolor, que consiguieran hacerme olvidar ese mohín rojo y esa mirada ambarina.

Algunas veces, tumbaba a tipos más grandes que yo, armarios a los que no les importaba ensuciarse las manos con mi bilis. Pero, cuando alguien no tiene nada que perder, es muy difícil obtener de él una derrota, y yo, francamente, ya había perdido lo único que quería tener, así que un labio partido y unos cuantos dientes menos carecían de valor en mi extraña mano de poker.

Era mi penitencia, por haberla dejado ir, por consentir que muriera, por permitir que sucediera.

En cada golpe buscaba la respuesta, en cada puñetazo necesitaba que otro puño me aplastará la cara y una patada me destrozará el hígado, que me castigaran por el crimen que había cometido.

Al final, cada vez era más difícil encontrar un buen motivo para discutir, alguien dispuesto a darle una tunda a ese loco borracho que había perdido el juicio.

Esas noches, en las que no encontraba expiación a mi pecado, rozaba el purgatorio ebrio de whisky, hasta donde me fiaran, sin conseguir nublar el sentido ni borrar de mi garganta el amargo sabor de la culpa. En sus ojos, en la mirada con la que cada noche caía borracho en cualquier callejón, ahí encontraba la única paz posible para mi infierno.

Pero eran breves instantes en los que el alcohol y el cansancio me ganaban por un rato y entre orines infectos y mugre de ciudad, resbalaba hasta notar el asfalto golpear contra mis huesos. Necesitaba golpes. Golpes que sacudieran su maldita ausencia, que abrieran mi cerebro y escarbaran hasta sacarla de allí.

El bueno de Hank, un holandés nada errante dueño del tugurio donde cada noche ahogaba mis deudas en brazos de un Bourbon, me dijo que así no iba bien, que tenía que hacer algo con mi vida.

Ya lo estoy haciendo – le dije- la estoy tirando al mismo vertedero donde encontraron a Ámbar, ahí es donde debería estar yo.


He estado con muchas mujeres desde entonces, algunas putas y otras tan sólo aspirantes... pero con ninguna he vuelto a casa.


(COMO ESTAR EN CASA I) http://danacanadas.blogspot.com/2008/02/como-estar-en-casa.html

martes, 8 de abril de 2008

RETAHÍLA DE AMANTES II




MI MANOLITO GAFOTAS



Mi Manolito... que ricura de muchacho. Era algo torpe y un tanto zafio... pero relamía que daba gusto verlo al niño.

No sé porque me enamore de él, supongo que porque me hacía reír... pero recuerdo perfectamente porque lo dejamos: Por sus gafas.

Manolito era muy metódico, el más metódico de cuantos he conocido; no sé si por esa razón lo suyo era pura técnica convertida en arte, pero lo cierto es que, cuando se encerraba entre mis muslos... el cielo desaparecía entre mis piernas, para construir allí un nuevo paraíso.

A Manolito le encantaba verme desnuda, le gustaba verme danzar ritmos que encadenaban mis caderas con mi cintura en contoneos que a sus ojos resultaban hasta místicos, le excitaba el vaivén rítmico de mis pechos, ese dulce gondoleo en todas direcciones. Siempre me decía “Baila para mí nena”

Yo, siempre obediente y sumisa hasta la saciedad, iba deshaciendo los nudos, los corchetes, las cremalleras que anudaban mi cuerpo, eso sí, despacito, muy despacito, para que no se perdiera detalle, y de puntillas, agitar mis pechos, apretarlos entre mis brazos, ofrecérselos cual apetitosos manjares en bandeja canela, sacudirlos... y pompear... le pirraba que de espaldas, tocara con mis dedos la punta de los pies, y le ofreciera oronda mis calladas virtudes, entonces si que a Manolito no había quien lo frenara, hasta se le desorbitaban los ojos detrás de sus gafas de culo de botella.

Entonces era cuando Manolito sacaba lo mejor de sí... y también lo peor.

Era capaz de colarse entre mis piernas abiertas y allí mismo empezar a hundirse en mis entrañas. Su lengua, que nunca vi pero debía ser increíblemente larga, alcanzaba de un suave lametón a recorrer, cual zarpazo, desde el centro mismo de mis posaderas hasta mi clítoris carmesí, me recorría inventando ángulos que yo desconocía, sujetándome con sus manos las nalgas, prietas, bien prietas, para que ni uno solo de mis cimbreos le hiciera perder la compostura, y allí abajo, protegido por las dos columnas que mis piernas le ofrecían, investigaba, diluía su saliva entre mi flujo, cada vez más abundante, de las paredes de mis labios arrancaba sacudidas que repartía por igual, succionaba con fervor el pequeño tesoro escondido entre mis pliegues hasta hacerlo crecer a dimensiones desconocidas, ahondaba hasta lo más profundo de mis entrañas, penetrando con una firmeza increíble para una lengua gelatinosa y escurridiza, que tan pronto se encontraba en mi vagina cómo en mi culo... pero entonces, tal vez no en la primera sacudida, no en ese anuncio de orgasmo, cuando todo tu cuerpo es sensible y tembloroso, cuando a la piel electrizada le basta un simple roce... entonces sus gafas se clavaban en alguno de esos puntos que él llamaba “místicos”

- ¡ Manolito hijo! ¡Quítate las gafas!
- Es que entonces no veo bien.
- Manolito... si te lo debes conocer de memoria.
- Ya pero es que entonces me pierdo detalle... y no lo disfruto igual – y me miraba desde ese ángulo imposible, plegado a mis pies, su carita rechoncha con las gafas descompuestas y empañadas... y me entraba un no sé qué por el cuerpo.

Y claro... cuando una cosa se corta... tal cual la mayonesa, es muy difícil volverla a poner al punto.

Y Manolito nunca quiso desprenderse de sus gafas – Faltaría más – me decía siempre – iba yo a perderme detalle de tus maravillas y de la eclosión maravillosa de tus orgasmos. Y eso que yo insistí en explicarle, una y cien veces, con paciencia y hasta la saciedad que, con aquellas dichosas gafas clavándose en mis partes, era talmente imposible que llegase a tener un orgasmo.

viernes, 4 de abril de 2008

OTOÑO TARDIO


Aún algunas veces te echo de menos
en ese hueco entre la distancia y el olvido
durante esas horas de vigilia en la aurora
aún a veces todavía me asalta tu falta.

Espuma de mar y un barco sin amarras
olas violentas que sacuden mi alma
perdido y aturdido al borde de mi cama
y en la boca el sabor salado de las lagrimas.

Mi mirada vaga más allá del horizonte
y no te encuentra escondida tras la luna
no brilla tu mirada de gata incandescente
ya no danzas desnuda en las estrellas.

En ese primer dulce rubor de la mañana
encontraba tu blanco pecho de muchacha
entre mis labios hambrientos tú estallabas
y en el hueco de tu ombligo me abandonaba.

El mar empuja sin piedad mi navío
me arrastra hacía un nuevo destino
tal vez me encuentres en ese otoño tardío
si la ventura se alía en mi camino.

Marinero sin puerto y sin rumbo
las grietas de mis manos lloran
ese hueco sagrado de tu carne
aún a veces te echan de menos.

jueves, 3 de abril de 2008

NIÑO MALO


- Creo que hoy te mereces un castigo. Quiero que te desnudes ahora mismo y te coloques este capirote en la punta. No quiero oír ni una sola protesta, sólo quiero ver como eres capaz de mantenerlo erguido para mí.

Obedece sin rechistar y antes de estar completamente desnudo su pene ya esta duro y erecto para mí, sólo tengo que aproximarme unos pasos para deslizar el sombrero sobre su punta. Pesa un poco y los bordes aristados del papel molestan, pero contiene la protesta en sus labios.

Rodeo un par de veces su cuerpo, como si fuese un objeto que estudio detenidamente. Al acecho de su debilidad, de cualquier indicio de flaqueza. Un mordisco en ese culo prieto, unas uñas que resbalan por la espalda. Mi mano se hunde entre sus nalgas y aprieta suavemente sus testículos y acerco mi lengua a su nuca. No pestañea, pero su piel erizada y su boca entreabierta delatan la excitación contenida.


- No te muevas.



Ronroneo firme en sus oídos. Requiebros sobre su cuerpo para dibujar cada costado de su piel con mis manos. El contorno suave del final de su espalda, la tenue línea que asciende por su vientre y que dibujo con mis dedos, el pezón que retengo entre mis manos y muerdo.

Me separo lentamente, camino de espaldas sin apartar mi mirada de la suya, esa que no me enfrenta, a la que no voy a concederle ni un asomo de duda. Alcanzo la mesa.

- Estoy convencida de que no vas a portarte mal. No necesito la fusta.

Un imperceptible movimiento del capirote y sonrío complacida.

- ¿Crees que has ganado algún premio?

Niega.

- La distancia de mi cuerpo será tu castigo… puede que, si te has portado bien, me masturbe para ti y te deje mirar.

Imaginar mi carne húmeda le produce vértigo, la excitación contenida produce un leve temblor entre sus muslos y puedo imaginar su miembro perlado de deseo. Pero todavía no. Tiene una lección que aprender.

- Has sido un niño muy malo y tienes una lección que aprender, jugaré con tu deseo como me plazca y mi cuerpo se convertirá en un trofeo que tan sólo te entregaré cuando tenga la certeza de que confías, ciegamente, en todo lo que yo te pido. ¿Lo has entendido?
- Sí
- Mírame.

Y levanta despacio su cabeza, con la lujuria dibujada en sus ojos.

- Mientras me miras, puedes hacer cualquier cosa… menos tocarme. Lo que hagas con tu cuerpo no me interesa, ni tan siquiera te prestaré atención. Si fueses un perro, estarías moviendo el rabo por el premio concedido.

Me senté en la mesa, las piernas abiertas y la falda remangada sobre mis nalgas sin ropa interior, desabroche algunos botones de la blusa y arqueé mi espalda, sin importarme si estaba ahí, consciente de su pudor y su vergüenza, pero sobre todo de su deseo a punto de reventar.

Contempla mi placer, las sacudidas de mi culo sobre la mesa, las contracciones de mi clítoris resbalando entre mis dedos húmedos.

Sólo puede mirar, no puede saborearlo, ni olerlo, ni paladear ese efluvio incontenido que se desliza entre mis piernas. Al límite de la suplica, desnudo, contemplándome abierta húmeda y muriendo por hundirse en mi cuerpo.

Aprisiona su miembro henchido y duro, haciendo saltar el sombrero y resbala nervioso, acelerado sobre la carne palpitante. Su vista clavada en mi sexo mientras el ritmo pierde el control.

Se detiene porque sabe que no es eso lo que deseo, porque conoce mis caprichos.

Un pequeño paso al frente.

- Ah, ah… ni te acerques – le indico estirando mi pie desnudo mientras chupo uno a uno mis dedos mojados.

Le mantengo ahí, de pie, desnudo, henchido y palpitante sólo para mí. Deslizo los dedos despacio por el vértice que se abre entre mis senos y hago saltar los botones, lentamente, hasta dejar al descubierto la redondez llena de mis pechos y mis pezones oscuros erguidos, victoriosos sobre su deseo. Los aprisiono, masajeándolos, frotando el pezón cada vez más duro y enhiesto.

- Si te estas quieto y no me estorbas, puede que me apetezca ponerme de espaldas a ti y descubrirte la redondez que se esconde entre mis nalgas, tal vez alcances a ver como mis dedos se derriten intentando colarse en la estrecha abertura, rodeándola con masajes suaves, para volver a perderse entre los pliegues carnosos de mis labios, rozar un instante mi clítoris y llevarse toda esa humedad de nuevo a ese punto rosado dispuesto a abrirse de par en par. Como los movimientos de mi pelvis incitan mi propio deseo y un orgasmo brutal se arranca entre mis muslos. Pero sólo si eres muy bueno.


Ahora, en ese precioso instante, él daría un mundo por hundir mi cabeza entre mis muslos y devorarme. Por clavar su lengua y perderse entre mis piernas, frotar mi húmedo sexo y rozar la locura. Pero mi dominio le mantiene inmóvil, en el peligroso abismo de la cordura.



Me acerco a él. Ni siquiera voy a permitir que me roce. En un gesto de fingido desliz mis pechos rozan su espalda. Me deleito comprobando el escalofrío que asciende por su columna vertebral. Me coloco ante él y le doy la espalda, próxima. Podría aventurarse y romper los escasos centímetros que nos separan para hundirse en mí. Espero confiada.

Tiró de él, agarro con mano firme el duro balano y nos acercamos a la mesa. Con un movimiento, la presión suficiente, se detiene. Vuelvo a sentarme y le empujo con el pie hasta adquirir la distancia que me complace, paseándome por su entrepierna más tiempo del necesario.

- No me preocupa lo que hagas con tus manos mientras las mantengas alejadas de mi cuerpo. Pero tu vista no debe mirar otra cosa que no sea yo. Tus ojos no pueden permanecer anclado a ningún otro lugar que a mi cuerpo y beberse todos sus movimientos. Aún cuando yo este de espaldas, sin mirarte y mi culo sea la única visión que alcances a contemplar.

Si has sido un niño bueno y has derramado por mí suficiente cantidad, cuando termine, me levantaré y relameré despacito las gotas que aún resbalen por tu pene, glotona y aviesa, continuaré con tus dedos y pasearé mi lengua entre ellos.

Puede que, incluso, si has sido capaz de mantener tus manos alejadas de mí, te obligue a sentarte en una silla y coloque mi sexo a la altura de tu boca para que limpies muy despacio y con esmero todos los rincones, bebiéndote toda la humedad que se licua entre mis piernas.



Y su orgasmo estalló por combustión espontánea, escapándose sin remedio de una mano que no alcanzo a contenerlo, ante la voz complacida que castigaba su deseo.


lunes, 31 de marzo de 2008

LA VOZ


Volvía a casa atravesando el polígono industrial para ahorrarme los tediosos semáforos cuando le vi aparecer de en medio de la nada, surgió entre la maleza que lindaba las fabricas y como si tal cosa estaba en la carretera.

Le observé por el retrovisor mientras me alejaba. Los vaqueros de aspecto desgastado, la camisa blanca e impoluta, una melena larga y ligeramente despeinada... y sin embargo con esa clase que poseen algunos tipos a los que podrías poner en una cena de gala entre un montón de hombres trajeados y no desentonaría.

Debía haberse perdido. No había otra explicación. Tal vez había tenido un accidente... mi cabeza se disparó y sin pensarlo di la vuelta en la siguiente rotonda en dirección a aquel desconocido. Tal vez necesitase ayuda. Me detuve a su lado y baje la ventanilla del copiloto.

- Conoces el Hotel Campanalli – me dijo mientras entraba en el coche sin esperar a que se lo ofreciera, sin necesitar pregunta. Lo dijo con urgencia y con imperativo.
- Sí – le contesté. Y sin saber muy bien porque ya había arrancado en dirección al Hotel que quedaba cerca de la autopista, en ese mismo Polígono.

No hablamos. No formulé ninguna pregunta y él no hacía intención de entablar ninguna conversación. Le observaba de reojo mientras yo trataba de mantener la compostura, intentando no transmitir mi incomodidad ante un desconocido que parecía dominar la situación, relajado y a simple vista impasible, las piernas sueltas y su mano izquierda descuidadamente acomodada entre sus piernas.

Llegamos enseguida, por suerte para mí. Pero aquel tipo, lejos de darme las gracias, me espetó un sencillo ‘Acompáñame’ que yo, para mi sorpresa, obedecí sin rechistar.

Una vez dentro del Hotel, antes de llegar al mostrador de recepción, se detuvo, unos centímetros delante de mí. Entonces apoyo la palma de su mano en mi vientre, provocando una sacudida en mi columna vertebral. ‘Espérame aquí’ y sin volver la vista atrás, se dirigió a la recepcionista.

Volvió a por mí y me tomo de la mano. No invitaba a acompañarle, sencillamente me obligaba a seguirle y yo le dejaba hacer.

Desde el primer momento en que escuche su voz, algo hipotónico me había subyugado y no podía nadar contracorriente, su forma de hablar, la fuerza que imprimía a cada silaba, como pronunciaba esos ruegos que parecían ordenes y a la misma vez necesitadas suplicas.

Temblaba, y aún sentía el calor lacerarme la piel por debajo de la ropa interior justo en el lugar donde él había apoyado su mano hacía unos instantes.

Entramos en el ascensor y yo permanecí con la cabeza baja, de pronto tímida y avergonzada por todas las emanaciones que provocaba en mí, como si al mirarle, él pudiera adivinar el deseo que hostigaba entre mis piernas.

Puso sus dedos en mi barbilla y levanto mi rostro hasta hacer que enfrentará su mirada.

‘Así esta mejor’ y sonrío. Era la primera vez que le había visto sonreír.

Entramos en una espaciosa habitación, en semi penumbra. No corrió las cortinas. Sencillamente se sentó a los pies de la cama y se sentó.

‘Desnúdate’

Pronunciar esas simples palabras intensificó el rescoldo que aún latía en mi vientre y descendió por entre mis piernas como una corriente caliente que empapó mis braguitas.

Quería hacer todo lo que él me pidiera. Quería complacerle, en aquel mismo instante, no había otra cosa en el mundo que desease más que desnudarme y abrir mis piernas para que él se hundiera en mí y me penetrará, allí mismo, en el suelo de aquella habitación, sin preámbulos, sin cortesías, sin un regalado beso.

Sin embargo, él parecía tener algún que otro objetivo en mente y se limitó a observar como yo desabrochaba atolondradamente la camisa.

‘Todo. Quítatelo todo’

Sintiéndome de pronto avergonzada y a la misma vez tremendamente excitada, desabroche mi sujetador y lo deje caer a mis pies. Torpemente me deshice de las braguitas empapadas y entonces él me dijo ‘Las medias no’ y me quede varada con esos pantis negros que parecían ahogar mis muslos, trémula sobre los tacones al borde de un precipicio.

‘Acércate a la ventana. Quiero verte.’

Se sentó en la cama, las piernas abiertas en descuidada postura y el bulto de su entrepierna claramente visible. Me miró, sabía la dirección de mi mirada y aún así no denotó ningún gesto, ni satisfacción ni irritación, sencillamente, con sus claros ojos grises, imprimió con fuerza contundencia a su orden.

‘Vamos. Quiero ver como tu sexo se deshace entre tus manos. Tócate ahora’

La vergüenza no podía con el hechizo de su voz, con el sonido imperativo que me obligaba a obedecerle. No sabía el porque, pero tampoco me importaba demasiado. No necesitaba tocarme para que mi sexo se humedeciera, lo sentía lleno de él y de un deseo loco por ser suya.

Me incliné levemente y ascendí suavemente con mis manos entre los muslos. El contacto de mis propias manos me sobrecogió, encendiendo como un alternador rotores desconocidos en mi cuerpo. Mis pezones erizados, el gemido que escapa de mis labios y la desconocida corriente que inundaba mi sexo. Los dedos se deslizaban con facilidad, resbalando entre mis manos, hundiéndose uno, dos, tres.

‘Levanta la cabeza’

Creí que no podría parar, pero detuve al instante los dedos, entrelazados en mi pubis.

‘Quiero ver tu cara. Quiero que veas la mía. Nada tiene sentido sino es así’

Entreabrí los labios que sucumbieron a la excitación que su voz provocaba. Nada de esto tiene sentido sino es así, repetía para mí. Estática. Anclada a sus ojos.

Se levanto, se acerco con pasos lentos y pausados, indiferentes. Sentía mi vulva palpitar, a punto de estallar en hambre exquisita. Pero no terminó de aproximarse. Sencillamente estiró su brazo y oprimió con fuerza el pecho. Tentada. Tentada de romper las distancias y, sin embargo, la firmeza del gesto, la posición de su brazo segura sobre mi pecho y su mirada me detuvieron.

No era eso lo que quería de mí. No era eso lo que me estaba pidiendo.

Pellizcó el pezón. Rozando el límite extraño en que el placer y el dolor se confunden, apurando el éxtasis confuso al borde del gozo y el tormento. Su mirada ahogo las protestas y mi boca exhaló un ronco y quejumbroso gemido, abierto y desesperado que buscaba sus labios.

Unos labios que me negaba. Tiró de mí, sin soltar mi pecho, hasta tenerme a una distancia inexistente de su rostro y susurró en mi oído.

‘Ahora. Quiero que te corras ahora, sin más que mis manos sobre tu pecho’

Y una descarga brutal descendió por mi columna vertebral, derrumbándose en mi pubis que se ahogaba en una explosión salvaje que apenas pude contener oprimiéndolo con fuerza con la palma de mi mano.

Sin soltarme, apretando su cuerpo contra el mío, dejó que notará su entrepierna caliente y dura contra mi abdomen. Besó mi cuello y me dijo.

‘Lo has hecho muy bien, preciosa’

Y se separó, dejándome confusa y errática, con el temblor sacudiendo aún mis tambaleantes cimientos. Cogió su chaqueta, extrajo unos billetes que tiró sobre la cama y mientras se dirigía a la puerta, sin volver la vista atrás, me dijo.

‘Preguntaré por ti la próxima vez. Serás mi putita de nuevo’

Y desapareció del mismo modo que apareció, de la nada.

viernes, 28 de marzo de 2008

HEDOR

Le despertó el hedor. Se iba acostumbrando poco a poco, a pesar de la oscuridad, a percibir su presencia a través del olor que desprendía. Una fetidez que ya no resultaba tan repugnante, tal vez por la costumbre. Ni siquiera se le erizaba la piel cuando sentía su pestilente aliento en el cogote, mientras olisqueaba dando vueltas alrededor de su cuerpo.

No sabía porque permanecía aún con vida. Este ejemplar era distinto a los demás, de eso no tenía la menor duda. Seguía siendo una bestia, pero había algo que lo hacía diferente y ella, a pesar de la experiencia, no conseguía definir.

Llevaba algo más de dos semanas allí, si la cabeza no le fallaba, atada sobre las rocas. Pensaba sin cesar, para no volverse loca, contando los días, las horas e incluso sus propios huesos. La primera noche pensó que la devoraría después de encadenarla... pero no lo hizo. Dormitaba durante el día y ella intentó escapar esa misma mañana, pero le fue imposible deshacerse del nudo. Aún así, casi lo aflojó lo suficiente... pensó que no se daría cuenta y si contaba con la suerte de pasar una noche más con vida, a la mañana siguiente lo conseguiría.

Pero nada más ponerse el sol, aquel engendro despertó y se acercó a ella, como un animal al acecho. La olisqueó, dando círculos a su alrededor, agazapado, expectante. Olfateó el aire un par de veces y luego emitió un gruñido. Como una fiera enjaulada volteaba por el suelo sobre sus cuatro patas, como aprisionado. Regresó y se aproximó, más calmado, con su pestilente aliento escapando entre los colmillos... y descubrió las cuerdas.

Se enfureció y rugió con fuerza. Pensó que era el final, pero la bestia desapareció, dejó de percibir su presencia. Zarandeó el cuerpo con fuerza, las extremidades, en un impulso frenético y desesperado por liberarse, azuzada por el miedo, pero aquella cosa volvió enseguida y... devoró sus pies. Despacio, con inusitada calma. Nada resultó como ella esperaba. A pesar de los gritos y el dolor desquiciante, aquella tortura parecía no tener fin, hasta que perdió la conciencia, en ese último suspiro en el que rezaba por morir rápido y olvidar el dolor.

Cuando despertó, confusa y aturdida, los rayos del sol eran engullidos por el horizonte. Trato de moverse, aún trastornada. Percibía algo distinto en ella... algo que no sabía definir, trato de tocarse la cara y busco hacer pie para incorporarse levemente. Entonces le sacudió la realidad. Sus pies habían desaparecido, en lugar de ello había unos muñones envueltos en hierbas. Eran dolaidas, estaba segura. El fresco olor de las hojas inundaba sus papilas olfativas.

Todo aquello le desconcertó. Aquel bicho inmundo le había devorado los pies con el único propósito de limitar su huída. No pretendía matarla, tan sólo eliminar la posibilidad de que intentará volver a escapar. Ella sabía que se alimentaban de carne humana, lo sabía bien. Por eso estaba allí, porque aquella noche, arriesgando su propia vida, cogió el coche y se aventuró en el páramo desierto para buscar a Diego, sabía que si lo encontraba antes de que anocheciera podría salvarlo. Y en lugar de eso, ahora era ella la presa.

Los recuerdos se agolparon en su cabeza.

De pronto volvió a ser consciente de la presencia de aquel bicho inmundo, la proximidad de ese cuerpo apestado rondando los limites del suyo. Olfateando el aire hambriento, en una mezcla extraña entre instinto e inteligencia.

Luego, aquella cosa empujó comida a sus pies. Frutas. No comió nada. La bestia se enfureció, le gruñó cerca, muy cerca. Tenía sus mandíbulas a escasos centímetros de su rostro, podría haberla engullido de un bocado. Sólo que ella ya no tenía miedo... sentía que no tenía nada que perder, nada de valor. Quería perecer bajo aquellas fauces abrasivas.

Pasaron unos interminables segundos en un duelo extraño, en el que aquel ser le retaba y ella mantenía la barbilla alzada, esperando, impaciente, el dolor y la sangre que anunciasen el fin. Nada de eso se produjo. Notó el golpe de aire cuando eso se dio la vuelta y salió de la gruta.

Durante cinco largos días aquel extraño ritual se mantuvo. Ella dispuesta a no pegar bocado, mientras que al otro lado, aquella especie de criatura, le ofrecía fruta fresca, carne cruda. Se enfurecía, gruñía, golpeaba las paredes y salía... pero nunca jamás le toco.

Sólo la olisqueaba.

Después de cinco días, exhausta, creyó que no sobreviviría, que moría de inanición, pero entonces, el ímpetu, la necesidad de huir, salvarse y escapar, volvieron de nuevo. No sabía como, pero debía escapar.

Su bebé... su bebé estaría bien. Maud le estaría amamantando, al fin y al cabo Eric sólo era un año mayor y, en esos tiempos extraños, las madres alargaban la lactancia todo lo que podían, no había mucho más que comer y era lo mejor para las criaturas.

Y comió.

En su cabeza elaboraba minuciosamente su huída. Tras casi dos semanas la salvia de las dolaidas había cicatrizado la herida y sus muñones eran bastante firmes. Aquella cosa no lo sabía, porque si no hubiese retirado los emplastes, pero, ella sí.

Dormía durante la noche, confiando en que no tenía porque confiar, segura de que si quería arrancarle la vida sería indiferente estar dormida o despierta. De tanto en tanto un empujón propinado la despertaba, ella musitaba y se daba la vuelta hasta percibir el gruñido de conformidad que garantizaba un par de horas más de sueño.

Durante el día, entrenaba la mente y el cuerpo. Apoyaba sus muñones con fuerza, protegidos aún por las hojas, para acostumbrarse a ellos. Forcejeaba con las cuerdas. Comía. Realizaba cálculos mentales sencillos, que le ayudaran a mantener la mente despierta. Se sentía fuerte, poco a poco iba recuperando la vida y la necesidad de huir le daba aún más fuerzas.

Cada noche se repetía ese extraño ritual que ella esperaba, con la incertidumbre de saber si sería el último. Sentía aquellos colmillos deambular a escasos centímetros de su piel, alrededor de su nuca, en su abdomen. Pero nunca pasaba nada. Se retiraba para volver, a veces en unos minutos otras al cabo de horas, con comida y el olor a sangre impregnándolo todo.

Sólo necesitaba sobrevivir una noche más. Tenía decidido que sería aquella mañana, al despuntar el alba. Sólo sus manos estaban retenidas y no le importaba dejárselas allí para encontrarse a salvo. El sol se acercaba al ocaso y sólo necesitaba resistir unas horas más. Podía hacerlo.

La bestia estaba cerca. Sentía su presencia, su olor putrefacto, eso era lo que le había despertado. La olfateó, como cada noche. Hilos de saliva golpearon sus omoplatos. Un gutural sonido se escapó de la garganta de aquel engendro... un gruñido que sonaba a victoria.

De un zarpazo aquel ser volteó su pequeño y desnudo cuerpo hasta colocarlo de espaldas sobre las rocas, sintió el golpe de su cola abriendo las piernas. No estaba asustada, el miedo no había conseguido abrirse paso aún entre la sorpresa. No opuso resistencia, no reaccionó a tiempo... hasta que sintió como algo frío y viscoso le partía en dos. Noto clavarse en sus entrañas una estaca que atravesaba su cuerpo con fuerza, áspera e hiriente. El dolor ascendía por su columna vertebral hasta taladrarle el cerebro y obligarle a gritar. Aquel hedor putrefacto instalado en su garganta le asfixiaba, el dolor nublaba su conciencia, su cuerpo inmovilizado se zarandeaba empujado con violencia y las lágrimas resbalaban rabiosas por su rostro empapado de la gelatinosa saliva.

Despertó... era medio día y pequeños rayos de sol asomaban en su máximo esplendor por la apertura.

Estaba embarazada. Lo supo con una terrorífica certeza en ese preciso instante.

martes, 25 de marzo de 2008

YA ESTA AQUÍ

La Primavera. No, no lo dice el Corte Inglés, lo dice el termómetro de mi coche y a ese lo tengo calado, no me engaña.

Lo huelo. Se percibe incluso en la piel. Puedo olerme y sé, con certeza absoluta, que huelo a primavera.

Y por esas ganas de remolonear en la hierba, de tenderme como una salamandra sobre una piedra con el murmullo del agua cerca. Porque no quiero permanecer en ningún lugar donde no pueda sentir la brisa y el sol. Porque me estorban horrores las dichosas medias y estoy soñando con sandalias de un delicioso tacón. Por las amapolas y el deseo que me despiertan.

Ya podría haber venido antes, cuando le tocaba, y no justamente hoy que toca volver a encerrarme entre cuatro paredes la mayor – demasiada – parte del día.

¿ Por qué no me tocará la lotería? Ah, sí... porque no juego. Va a ser eso. O por los refranes. O por el tal Murphy. O por el gin y el gan. El Karma. Da igual, el caso es que no me ha tocado y tengo que volver a la tediosa rutina.

Como todo, siempre tiene su lado positivo... Ya me tenéis otra vez aquí.

Gracias por las pancartas, Xhavi. Desde mi retiro ‘no-espiritual’ llegaba el clamor y se divisaban los luminosos. Podría decirte que las musas estaban de vacaciones, pero más bien era yo la que andaba de parranda. Vaciándome para poder volver a llenarme.

Senador, no hay servicios mínimos. Ni garantías. Sólo estoy yo, tal cual, mecida al dulce vaivén de la vida, a ratos más cerca y a veces más lejos. Pero siempre estoy aquí, relativamente a mano. Y de cómo expulsas tú... no me tires de la lengua.

Lo dicho, besos con refresco de naranja y olor a melocotón.

viernes, 7 de marzo de 2008

BAJO LA FALDA

No sé muy bien como consiguió colarse por debajo de mi mesa en un descuido de los compañeros y allí, arrodillado en el suelo, se deshizo de mis medias, me bajo las bragas y separó mis muslos. Primero jugueteo con la yema de sus dedos hasta hundir su cabeza en mis piernas mientras su lengua lamía, áspera y seca de todo lo que no fuese la humedad de mi sexo.

No podía levantarme, no podía moverme, no podía irme. Todos le hubieran visto, así que consciente de que tendría que esperar hasta que todos se marcharan acerque la silla hasta clavarme la mesa, con una mezcla de temor y excitación ante la posibilidad de que le descubrieran. No creí que una idea así pudiera provocar una corriente tan vibrante y fluida en mi vientre. Tenía que contener la respiración y morderme los labios para ahogar los gemidos que su lengua arrancaba de mis entrañas.

Poco a poco todos van desapareciendo. Trato de mantener la calma mientras saludo con indiferencia. Sonrío. La sensación provoca un latigazo jugoso entre mis piernas y le maldigo en silencio.

Un remolón zanganea entre papeles justo en el instante en que un beso mojado resbala por mi pierna y sus dedos se hunden en mí. Creo que no podré controlarme y estallaré en un salvaje grito... justo cuando el rezagado pasa a mi lado dirección a la puerta.

Unos instantes de silencio. Su boca se ha detenido sobre mi rodilla pero sus dedos continúan hurgando entre mis pliegues. Unos segundos.

Aparto la silla de un golpe hacía atrás, separándolo de mí y le insulto al mismo tiempo que le empujo con mis pies descalzos hasta hacerle caer.

Se levanta rápido, pero toda la rabia por ese deseo contenido ha estallado en mí y muevo la silla contra él, las piernas abiertas, le arrincono con todo el peso del cuerpo bloqueando sus movimientos.

Me siento ávida, hambrienta de un deseo voraz.

Froto mi nariz con su entrepierna, rozando el evidente bulto bajo el pantalón. Duro y henchido, demasiado apetecible para resistirme.

Salto los botones y meto mi mano, caliente, que resbala por su miembro mojado hasta hacerlo mío.

Jugueteo con la punta, araño delicadamente y cuelo los dedos por el glande. Retiro la mano y chupo mis dedos uno a uno, lentamente, como un mero preámbulo, un delicioso aperitivo antes de engullirla ignorando el gemido mezcla de placer y sorpresa que se escapa de su boca.
Saboreo, lamo, muerdo. Araño, aprisiono y libero. Deslizo, hundo y sacudo.

Despacio, consciente de la excitación que él siente, la suelto, arrastrando con mi lengua un lametón impregnado que nos funde.

Le miro a los ojos mientras limpió con el dorso de mi mano la saliva de que resbala de mis labios aplastándolos. Siento el deseo rabiando en su mirada.

Le engullo, esta vez sin concesiones. Violenta y urgente, con movimientos rápidos y certeros hasta que siento como se deshace en mí.

La tregua inesperada es breve y me aparta bruscamente. Se gira y vacía mi mesa con cuatro manotazos. Tira de mí y me tumba dejando mi espalda a su merced.

Levanta mi falda y hunde uno a uno sus dedos. Dos, tres. Se deslizan. Como si fuesen mantequilla fundida. Unta mis nalgas, dibuja toda mi hendidura con mi propia humedad, embadurnando mis fisuras y cuela un dedo firme y rotundo en mi culo.

Susurra ronco de deseo en mi oído antes de embestirme con furia, rápido y salvaje, como si quisiera romperme en dos, destrozarme en un solo golpe. Su sudor atraviesa la tela de la blusa y sus manos tiran de mí, de mi pelo, hasta que su boca encuentra la mía. Me devora, se come mis labios, mi lengua, muerde mi cuello y gime en mi oído.

Grita.

Antes de perder por completo la razón, arrebatado y brutal, se aparta y me tumba en el suelo.

Se clava en mí, caliente, hundido en mi cuerpo mientras el frío suelo sacude mis nalgas, que golpean con ritmo frenético. El ritmo que él ha instaurado entre mis piernas.

Me busca, sin dejar de lamer mi piel. Arranca los botones de la camisa, tiras de piel hasta encontrarse con mis pechos que su boca aprisiona. Me muerde. Me vuelve loca. Me desquicia al borde de un éxtasis desprovisto de juicios y cadenas.

No quedan puntos de cordura donde anclarme... sólo quiero aferrarme a su sexo, deshacerme bajo su cuerpo, destruirme entre sus piernas.

Que me llame, que pronuncie mi nombre y me haga más suya todavía. Le pido que grite mi nombre.

Y siento como una descarga recorre mi columna vertebral, mientras su cuerpo se contrae derramándose dentro de mí hasta caer lacio y jadeante sobre el mío.


jueves, 6 de marzo de 2008

BRAGAS AL SUELO: CULO AL AIRE



- Me ha pasado una cosa.


- ¿Qué te ha pasado cariño?

- Estoy preocupada, me parece algo muy serio.

- Bueno, pues cuéntamelo y lo solucionamos juntas.

- Se me ha caído un pelo.

- No pasa nada cielo, será la época.

- No, no es temporada todavía.

- Tranquila cariño, será por los nervios de los exámenes.

- Mama, no estoy de exámenes... quedan meses.

- No te preocupes tesoro, te faltaran vitaminas.

- Sabes que no, ya te encargas tú de eso.

- Pues no sé, estarás preocupada por algo ¿Un chico?

- Como si no hubiera nada más importante por lo que preocuparse.

- Hija, es sólo un pelo. Tienes a montones.

- Ya, mama. Pero es que ‘Este’ se me ha caído de ‘Ahí’

- Criatura! Que cosas! Hombre, no sé... es raro, pero no pasa nada.

- Joder mama, pero es que ese pelo no es mío.

- Marta!!! Hija mía ¿Qué has hecho? Madre del amor hermoso, si sólo tienes quince años!!!

- No, ya me dirás que has hecho tú, mama. Porque esta mañana me he puesto unas bragas tuyas con las prisas, y papa, que yo sepa, no tiene el pelo rubio.