sábado, 5 de mayo de 2018

A VECES


A veces guardo secretos que nadie sabe…. Sólo a veces, sólo nadie. Sencillamente un a veces o simplemente un nadie. Pero siempre un.

martes, 24 de abril de 2018

EL AYER ES UN HOY



Nunca fue fácil amarte… ni siquiera ahora, después de todo, después de tanto.

Nunca fue fácil amarte y sin embargo te amé tanto y tan de veras, fue tan cierto y tan real, tan fuerte y tan intenso. Te amé, te amo, puede que te siga amando siempre, si es que un siempre es posible, si es que la eternidad me da el amarte más de lo que hoy te amo. Porque existir, mi amor, existiré siempre que tú existas.

Rozarte… leve, tenue, imperceptible. Como entonces. Rozarte… intensa, con celo, con propósito. Como ahora. Rozarte, erizar tu vello en un suspiro, enervar tu deseo, tocar tu alma. Mis dedos se tornan frágiles enredados en tu piel. Mis dedos te buscaron siempre, aún cuando tu piel era un látigo de prohibidos. Aún hoy, que esa piel es una prolongación de mi cuerpo que siento y palpo a cada paso.

Besarte… en un silencio, oscuro, furtivo. Como ayer. Besarte… sonoro, lleno, con rabia, con deseo. Como lo hago hoy. Besarte, humedecer tus labios en un instante, saborearte, beberte, sentirte mío. Mi boca sigue buscando esa humedad tuya, cálida y abierta, aún temblorosos y hambrientos, emocionados. Tras siglos de besos encontrados, un beso tuyo sigue siendo el beso en mayúsculas.

Escucharte… cálido, secreto, discreto. Como antes. Escucharte… cantarín, abierto, hiriente, con ira, con ternura. Como ahora. Tu voz, que me acuna desde un pasado roto, que me arrastra hacia este futuro tan lleno. El sonido que me envuelve cada hora de ausencia, las palabras que siempre quise oír, incluso cuando pensé que no podía oírlas, cuando creí que estaban negadas para mis sentidos.

Nunca fue fácil amarte, como no lo es ahora, después de guerras, derrotas y heridas mal curadas. Pero a pesar de eso, aún hoy te amo. Tiemblo de deseo, aunque parezca escondido tras rutinas. Me muero por besarte a cada instante, aunque te engañe la desidia de las horas. Callo al escucharte, porque tu voz sigue siendo el mejor bálsamo para mis días.

El ayer es un hoy.

martes, 10 de abril de 2018

EL QUICIO DE LA PUERTA



Abriste la puerta justo en el momento en que andaba desquiciada con el quicio de la puerta... y no puedo remediarlo, me encanta rozarme con el marco y resbalar la espalda arriba y abajo, a un lado y al otro, ahora con más ritmo, ahora más despacio... y a veces, cuando apareces para interrumpir ese instante pleno de gustirrinin... te mataría.

Me miras y sé lo que piensas... y si no lo sé mi cuerpo quiere intuirlo y en las chispas azules que bailan en tus ojos yo veo brillar deseo, a lo qué, de forma inadmisible, mi cuerpo responde, la camisa no puede ocultar mis pezones oscuros izarse a través de la tela y mi vientre me advierte de una cálida inundación.

Con tu brazo grande y fuerte, en un familiar y facilón gesto, me das la vuelta, castigada, de cara a la pared, y tus dos manos, pobladas de antiguas misceláneas sabias, se cuelan por debajo de la ropa para atrapar e inundar mi espalda.

Apoyas las palmas suaves ascendiendo hasta mis hombros para descender de nuevo haciendo un barrido por todos los rincones, como sacudiendo un polvo inexistente, hasta abordar mi cintura. Entonces vuelves a subir tus manos por los costados, con una presión firme y constante hasta que me haces cosquillas suaves en las axilas provocando un respingo. Una suave gota de sudor en la nuca que tú bebes de un suspiro y un quemazón incipiente que amenaza con deambular por mi tibia entrepierna.

El sonido que esperabas para cambiar el ritmo, tus dedos aprietan ahora con un poco de fuerza y las uñas se clavan levemente aquí y allá, a tenor de mis gemidos, en puntos equidistantes, inexistentes, imaginarios, que van bordando mi locura y arrastrándome a un frenesí gozoso que inunda mi vientre y mis muslos.

Cuando los gemidos cesan, cuando el hambre en esa zona esta saciada, tus dedos marcan uno a uno los puntos de mi columna, como claves cardinales que dan paso a un mundo distinto, tus dedos largos puentean mi espalda palmo a palmo con movimiento circular, presionando... y se pierden por debajo de mi cintura, dibujando el vértice de mis glúteos hasta navegar por la humedad que inunda mi sexo.

Ahora quiero algo más que el armazón de una puerta, quiero mucho más que tus manos en mi espalda... Quiero más ¿ Te vienes?

miércoles, 28 de marzo de 2018

LA CULPA



La culpa pesa demasiado. Es agotadora. 

Estaba cansada de tener siempre la culpa, de que le ahogara y le asfixiara de tal modo que el resto de sentimientos desaparecían, que pesará tanto que no existía nada más importante. 

Al final, lo importante no es lo que te dicen, sino lo que llegas a creer y, aunque aún no había llegado a creérselo del todo, estaba muy cerca de que esa culpa anulará todo lo demás.

Lo único que le quedaba era la tristeza. Decidió estar triste, callada y ausente antes que morir culpable. Estar triste era una culpa que podía asumir, algo de lo que era totalmente responsable. Ella decidía dejar resbalar lágrimas hasta la saciedad. Decidía sentarse en el sofá y abandonarse a series y programas sin sentido que le permitieran no pensar hasta caer rendida. Decidía dedicarse a juegos matemáticos que le permitían mantener la mente ocupada y centrada…. Y decidía ponerse el vestido de flores y la sonrisa para salir a la calle.

No conseguía arrancarse la culpa de la piel… le dolía, como desgarros en sus muñecas, tirantes y pozoñosos, pugnaban por ascender más allá, hasta sus entrañas, mientras ella se esforzaba arañando sus brazos con desespero en un intento absurdo de arrancarse la culpa.

Fuerte y positiva, así la reconocían. No importaba cuanto dolor pudiera llegar a absorber ni cuantas preocupaciones silenciosas escamotearan su espíritu, salía a la calle con su sonrisa, generosa y entregada. No era un disfraz, pero sí se había convertido en una mascara que no conseguía arrancarse fácilmente y que ya no era más que un reflejo de lo que un día fue.

Quería ser una mujer fuerte, quería poder decidir… aunque en realidad, eso era lo que estaba haciendo. Decidir. Decidir llorar, decidir hundirse, decidir asumir ese sentimiento de culpa.

Hasta eso le había conseguido arrancar la culpa, su yo más íntimo, su verdad más grande sobre la felicidad… y el pequeño reducto al que se aferraba era a su capacidad de decidir, a esa extraña filosofía implantada tras golpes del destino qué la habían convertido en lo que era.

El ruido de la impresora y el papel continúo rasgándose a cada paso de las agujas laceraba sus sentidos, no le permitía pensar, no le dejaba. A veces sólo podía concentrarse en las cicatrices que ese dolor dejaría en su piel y si conseguiría maquillarlas con el tiempo. Sabía que, con cada vaivén, con cada línea dibujada, el surco era más profundo y más imborrable.

No tenía nada, nada que la retuviera excepto su propia pena… y si, seguramente ese sentimiento de culpa.

No necesitaba nada para alejarse. Los recuerdos hermosos pesaban demasiado y los dolorosos también… pero se resistía a ese Ya no te quiero, que implicaba dejar de amar lo que la otra persona había sido pero, también, dejar de amar lo que ella fue con él.

jueves, 15 de marzo de 2018

DO NOT DISTURB


Había terminado su turno detrás de la barra. Ocho horas maquillando sus heridas, sintiendo el hambre y la soledad de otros ojos resbalando sobre sus pechos y perderse entre sus caderas, soportando palabras que sonaban hermosas para comprarle el corazón cuando lo que querían era su cama. Historias de perdedores que creían ser su héroe pero no conseguían disfrazar su gabardina gris. Triunfadores conferenciantes que se desinflaban ante una copa de whisky, quedándose desnudos y descubriendo sus miserias.

Como cada noche, se forzó a si misma a sentarse a ese otro lado para que le sirvieran una copa. Esa que siempre se prometía sería la última y que no era más que un pretexto para iniciar el camino hacía el olvido, porque, recordarse, le dolía. Ebria es mucho más fácil convencerte de que no tienes pasado y que no hay preguntas a las qué responder.

En el hotel se celebraba un simposio de psicoanalistas, tipos que supuestamente arreglaban problemas y que ahora desgranaban los suyos entre el tintineo socarrón de copas. Un tipo, al fondo del salón, le miraba apostado tras un cenicero repleto de colillas.

Ella supo entonces que le buscaría, y fingiría, como fingen todos. Pero no necesitaba un salvador que le partiera el alma otra vez, se conformaba con sentirse menos miserable durante algunas horas, menos perdida envuelta en el calor sofocante del deseo… y no sentir frío. Dejó de disimular y se encontró con esa mirada gris, distinta a las demás. Distante, pero también franca y sin escondrijos.

Él estaba allí como ella, sin nada que perder, sin nada que ofrecer. Ese tipo de personas que buscan sin pretender encontrar. No parecía la clase de hombres que hacen preguntas estúpidas que te obligan a recordar todo tu pasado y te hacen sentir una marioneta. Por una noche, tal vez sería sólo carne, piel y alma.

Le sonrió, como si llevará toda una vida esperándole, y le siguió a su habitación como si siempre hubiera caminado a su lado.

La tarjeta magnética iluminó la habitación y él rápidamente acciono el interruptor para devolverle la penumbra. Las farolas nocturnas alumbraban a través de las cortinas unas sabanas blancas, inmaculadas y demasiado perfectas, que no hacían juego con ellos. Pero, a esas alturas, ya no les importaba parecer la pareja perfecta, no les preocupaban las apariencias, sólo la necesidad sofocante de sus cuerpos.

Sin palabras. Sólo sentimientos enmascarados tras el instante.

Los cuerpos se aprisionan y el olor a deseo les empapa con una necesidad urgente de anular las distancias. Las manos se deslizan, primero sobre la ropa, preparando la partitura, ensayando las notas que arrancaran los acordes, adivinando las fisuras que provocaran la quiebra de los sentidos.
La pared de la habitación resiste los envites codiciosos y las lenguas ávidas compiten con el apetito glotón de unas bocas que se pelean con ansia por un pedazo de algo que parezca amor y que se derrita furioso en la lava del deseo.

El suelo es el lienzo más cercano dónde dibujarse la piel ya desnuda con dedos que queman y trazar con la lengua desgarros que abran brechas de placer.

Se buscan para encontrarse y se encuentran para perderse el uno en el otro, en un amasijo de sudor, de carne enrojecida que busca más, que quiere bocas que la muerdan, que necesita manos que la aprieten. Se estiran en una sinfonía salvaje de extremidades entrelazadas dónde sólo se distingue la urgente necesidad de poseerse, de penetrar en lo más recóndito del otro y entregar parte de uno mismo en el baile.

Se arquean, se revuelven, se invaden, se desgarran, se derriban y vuelven a danzar una melodía distinta dónde la coreografía roza exquisita un universo pintado en la piel, tatuado en el cuerpo y grabado en los ojos que se cuentan sin hablar el punto exacto dónde derrotar al otro para que, en cada derrota haya una nueva victoria y, tras cada victoria, otra batalla que ganar.

Los labios blandos, derretidos y empapados aún de deseo se deslizan por las heridas de guerra y la explosión que desciende entre los muslos vuelve a instalarse en el vientre, un suave ronroneo primero, un desliz por el costado, una suave curva de cadera que oprime y unas manos que aprietan y empiezan a marcar pedazos de piel para surcar de nuevo el laberinto de cicatrices entre las sabanas.

Hay sexo que sabe a mucho más que a humedad y formas de decir te amo que no se expresan con ninguna palabra.

Cuando el alba rompía y unos pocos rayos de sol se filtraban entre las cortinas iluminando las sabanas revueltas, lamentaron no haber colgado el cartel de "Do not Disturb" porque, todavía, les faltaba mucho tiempo para encontrarse, para sentirse, para hallar sin pretenderlo el uno en los ojos del otro, las respuestas.




jueves, 3 de marzo de 2011

GRACIAS POR TODO



A los que están y a los que han estado, a todos los que, de una forma u otra, han formado parte de este lugar y, por tanto, de mi vida.

Por razones que no vienen al caso cierro de forma temporal y totalmente provisional el chiringuito... en unos días lo haré efectivo.

Pero esto no es una despedida, sino un Hasta Luego, porque amenazo: Volveré.

Gracias de corazón a los que habéis hecho de mi casa un rincón especial para mí. Espero que hayáis disfrutado tanto como yo compartiéndolo.


martes, 8 de febrero de 2011

OJITOS

Me está haciendo ojitos. Vaya, si lo sabré yo. Es que hay cosas que una mujer sabe, percibe, intuye… y nunca se equivoca, oye. Es que las mujeres para eso tenemos una intuición especial, una sabiduría interior.

Míralo, pero menudo descaro… tendrá morro. Pero si sabe que estoy casada. Anda que, ya le vale al tío. Hay cada uno con más cara que espalda. No lo entiendo, como pueden ser tan cerdos. Pero si me lo está dejando todo bien clarito con esas miraditas.

Pero es que no se corta ni un pelo, el hombretón. Y no será porque no está repleto el bar a estas horas. Claro, bajamos todos los de la oficina y coincidimos con el segundo turno de la fábrica de enfrente. Mira que son años viniendo al mismo bar, que nos conocemos todos, que nos hemos enseñado las fotos de los churumbeles y las vacaciones en la playa… Pues el tío como si nada, como si oyera llover, igual, me mira y no se corta ni un pelo.

Ahora, que el tío está cañón, las cosas como son. Es la comidilla de la oficina. Cada vez que vamos al baño nos ponemos como burras diciendo guarradas del pompis del yogurin de recursos y lo bien que debe manejarlo con empujoncitos incansables, del gustazo que debe ser estrujarlo así, fuerte y con ganas, sin que se te quede desinflado entre las manos. Y los abdominales… mmm… que no los hemos visto, pero que nos los imaginamos igualicos que las tabletas de chocolate, cuadrados, perfectamente simétricos, duros y deliciosos… Hay que reconocerlo, esta de vicio.

Un día, la Pili, nos contó que se lo había cruzado en una discoteca y que una amiga suya se le lanzó al cuello… claro, que para no lanzarse, yo también lo hubiera hecho. Si estuviera soltera claro, que yo a mi Juan Luis le respeto y le quiero muchísimo. Y parece ser que, con mucho tacto y educación, el tío la rechazo.

Y claro, salto la liebre. Que si el tipo era gay, que si no, que lo que pasa es que era muy sensible. Que sí, que mira cómo se cuida, esto del gimnasio y las cremitas es cosa de homosexuales. Que no mujer, quita, no seas anticuada que ahora los heteros también hacen esas cosas…. que sí, que no…

La verdad es que estamos todas loquitas por sus huesos, y por lo que no son sus huesos y es más bien carne en barra.

Que sofocó me está entrando.

¿Me está mirando el culo?

Esto está pasando de castaño oscuro. No puede ser… vamos, hasta ahí podríamos llegar. No se lo voy a tolerar. Jesús, jesús, jesús… Ay mi Juan Luis, que sí, que me está mirando el culo. Coño!! ¿Y ahora yo que hago?

Madre mía, si es que tengo un hervidero en el vientre que pa qué. Un cosquilleo, un sube y baja, una calentura que asciende y desciende… una cosa que no sé, que no sé qué me pasa. Juraría que hasta me hecho pis encima de pura vergüenza.

Y dale, que no para. A este yo le bajo los humos como que me llamo Pepita. Vamos, que se creerá el niñato que a mí me impresiona con sus tejanitos desgastados de marca que le caen como anillo al dedo, y que se deslizan por sus piernas como un guante y que… que sí, que le quedan de vicio, pero que no me amilana, hombre, que tengo yo unos cuantos años y redaños.

¡No me lo puedo creer! Y ahora me hace señas. No puede ser, esto es el colmo, el acabose, el sumun de las desvergüenzas… pues no me está pidiendo que vaya con la mirada.

Y menuda mirada, que tiene unos ojos verdes llenos de chispitas de colores, que te sonríen cada vez que te mira, porque el chaval, mirar, lo que se dice mirar, vaya si mira. Y con unos ojos, de puro gozo y alegría. Que una se los quiere quedar de vestido, siempre puestos encima. Bueno, todo él encima.

Pero ahora mismo me levanto y voy, y le digo que ya está bien, que qué se ha creído, que a ver a qué está jugando. Tanto mirar y mirar, con ese descaro, y encima invitarme.

Que si me levanto, vaya que si me levanto.

A ver Pepita, sujétate las hormonas esas, agárrate el corsé y pa’lante. Acércate a su mesa. Cuatro pasos, tres pasos, dos pasos y ya llego…

- Perdona, Pepita… es que se te ha quedado la falda dentro de las braguitas y no sabía cómo decírtelo.


domingo, 26 de diciembre de 2010

FELIZ NAVIDAD




Si de mis deseos depende, tened por seguro que todos aquellos que, de un modo u otro, pululais por pequeños espacios de mi vida, tenéis la felicidad por decreto Real de Oriente.

Y no olvideis jamás que una sonrisa, es el mejor regalo que cualquiera podría desear.

Gracias Mavi, por recordarme los buenos deseos.

Qué seais muy felices.

jueves, 9 de diciembre de 2010

CUANDO CUÁNTO ES CUÁNDO



- ¿Cuánto hace que no me dices ‘Te quiero’? ¿Cuánto llevamos sin hacer el amor? ¿Cuánto tiempo llevas sin besarme con pasión? ¿Cuánto que no me deseas con urgencia?


- Dime, ¿Cuánto hace que te preguntas eso?


- Demasiado tiempo.


- Ahí tienes todas tus respuestas.






viernes, 3 de diciembre de 2010

PREGUNTAS SIN RESPUESTA/ PREGUNTAS VETADAS

PREGUNTAS SIN RESPUESTA


Hay preguntas que no tienen respuesta.


Yo me había acostumbrado a ellas.


Como me había acostumbrado al devaneo de las manecillas del reloj sobre un tiempo desganado de horas muertas.


Como me había acostumbrado a un camisón empapado de sudor sin unas manos que lo estrujasen en las largas noches de insomnio.


Como ese rosario inexistente que desgranaba cada tarde, absorta entre mis manos contando uno a uno todos los besos que me dio.


Como me habitúe a picar cebolla para poder llorar sin pensar en las respuestas a esas preguntas.


Todo lo cocinaba con cebolla.


Todo lo aderezaba con la misma ausencia desganada.


A todo se acostumbra una.


A las tardes lluviosas bajo un paraguas negro, demasiado grande para un cuerpo menguado.


Incluso a esas preguntas sin respuesta.


Por eso, me sorprendió el pellizco que me dio el corazón, como si quisiera partirse en dos, oprimido y asfixiado, cuando su carita me miró a los ojos, inundada de un desprecio demasiado grande para un alma tan pequeña y me preguntó ‘¿Por qué se fue?'



PREGUNTAS VETADAS


Apoyada en mi regazo, envuelta en la penumbra, sentí que su mejilla se movía, estaba sonriendo. Entonces levanto la vista y me miro directamente a los ojos. Tenía una sonrisa increíblemente hermosa, iluminaba todo su rostro… casi se podría decir que iluminaba la habitación. Su carita redonda, sus sonrojadas mejillas y como colofon esa mirada, que se clavaba sin remedio en la memoria, que directa aguijoneaba mi mente.


"¿Eres feliz?", me pregunto suavemente, en apenas un susurro. La mire y sonreí. Creo que le respondí "Ahora si". Es curioso que apenas recuerde mis palabras, cuando justamente ellas son las causantes de todo.


"¿Cuándo no fuiste feliz?", volvió a preguntar. Me quede helada, casi puedo recordarme, fría como una piedra, inmóvil… esa pregunta era tan extraña; sobretodo si era ella quien me la hacía. Guarde silencio. Los silencios, algunas veces, son momentos eternos… algunas veces los silencios valen por una vida entera.


Al final, pasados unos momentos pude reaccionar… y ella seguía allí, mirándome, su sonrisa era cálida pero su mirada; su mirada era increíblemente dura, inquisitiva, exigente. Deseaba una respuesta y la quería ya.


Decidí que era un buen momento para contarle mi historia. Empecé a explicarle quien era yo y porque estaba allí, pero cuando se acercaba la hora de explicarle quien era ella y porque estaba allí… no tuve valor para la verdad. No pude explicarle porque a nuestro alrededor todo era soledad, no pude decirle que nos habían abandonado, que alguien, alguna vez, no me quiso y tampoco la quiso a ella.


Entonces invente mil maravillas, puse colores a nuestro mundo gris, una ilusión llena de princesas y castillos, de vida, de gente… lo más hermoso que pude imaginar para ella. Todo aquello que podría haber deseado para mí; todo eso lo pinte para sus ojos, se lo regale a sus oídos… y pensé que así la hacía feliz.


Que gran error… sus ojos, que siempre me habían mirado llenos de amor, se inundaron de odio, de rencor, de ira… por todo aquello que ella creía que le había robado. Donde estaban esas maravillas ahora, porque se las había arrebatado, porque para ella, yo era una egoísta que le había robado su mundo para tenerla en el mío. Dios mío, nadie puede soportar tanto odio, tanto desprecio del ser que más amas. Nadie puede sufrir tanto dolor, tanta amargura… que irónico, la historia se había dado la vuelta.


Todo fue inútil. Intente explicarle que todo era un sueño, pero entonces todavía me odio más. "Eres tan egoísta, que aún ahora que puedo vivir feliz, quieres que no lo sea", me espetó cruel. No podía convencerla de nada. Todo era culpa mía, culpa mía.


Hoy sigue siendo culpa mía. Sus dulces ojos azules, ya nunca más me miraron, jamás volví a contemplar su sonrisa, aquella que siempre había iluminado nuestra triste oscuridad. No volvieron sus palabras y sus risas. El color de sus mejillas, sus tiernos brazos… nada de eso pude volver a sentir. Se fue.


Se fue tras un sueño… como años atrás hice yo. Se fue detrás de una vida, detrás de un hombre que no la quiso, detrás de unos colores que jamás vería. Su mundo sería gris y todo sería culpa mía.


Tal vez hoy, haya unos ojos azules que la miren, como ella me miraba a mí, tal vez hoy una boca le sonría y unos brazos la abracen… tal vez hoy cometa los mismos errores que cometí yo entonces, tal vez hoy pueda perdonarme… si, seguro que hoy ya me ha perdonado y puedo abandonar el triste gris.


En el fondo de mi corazón, mi deseo es que haya encontrado los colores, que haya creado su propio arco iris… y sin embargo, también mi corazón sabe, que ella es gris, como lo soy yo; sólo que ahora las dos estamos solas.