jueves, 14 de mayo de 2009

LAS MANOS


Estamos en esa época del año en la que, al contemplar mis manos, no parecen pertenecer a la misma persona y puedo contemplarlas como a dos desconocidas, a pesar de la familiaridad que hay en el tacto.

La izquierda luce ya un tono tostado por el sol mientras la derecha conserva aún cierta palidez invernal.

Pero, no pienso renunciar al vicio de conducir con la ventana abierta por ello y, por descontado, no voy a plantearme conducir un coche inglés.

Contemplarlas, con esta nueva perspectiva, me hace ser consciente de ellas y también de su importancia.

Mis manos son pequeñas. No cabía esperar otra cosa de mi metro y medio, no albergan unas manos grandes pero, supongo, que siempre envidié los dedos de pianista de mi hermana, largos y delgados, tal vez por ello, un buen día en el que mi padre cejó en su empeño para que dejará de morderme las uñas yo decidí llevarlas largas por propia voluntad.

Algunos lunares dispersos de forma indisciplinada por el dorso, un anillo en la mano derecha y pocos aditivos más, ni siquiera me pinto las uñas.

La piel es suave y, sin embargo, su aspecto no es para nada frágil.

El dedo corazón de la mano derecha, a pesar del tiempo que hace que no escribo “a mano” conserva los vestigios de un pasado estudiantil en el que tomaba apuntes y escribía diarios.

Mis manos son mi vida. Son un mapa de lo que he vivido. Lucen cicatrices, ambas con el mismo orgullo, de mi paso por el mundo, de mis aventuras, de mis desventuras, de lo que he vivido y, probablemente, lleven la marca de lo que aún me queda por vivir.

En ellas, sin demasiado esfuerzo, se puede leer mi pasado. Son tan conscientes de todo lo que me sucede y se encuentran tan implicadas en mí y mis emociones, que cuando sufro son las primeras en ser cómplices de mi dolor y las encargadas de transmitir y exteriorizar lo que siento.

Mis manos son vida. Son capaces de hacer grandes prodigios y pequeños milagros cotidianos.

Son ellas las que convierten mis pensamientos en palabra escrita. Ellas las que consiguen transformar mi amor en caricias, las que convierten en ternura un gesto, las que deslizan placer por la piel hasta atravesar los sentidos, las que dan la vida a quienes amo en cada instante, en cada roce fugaz e incluso en esos pequeños momentos en los que se mueven creando para ellos y aparentemente no les ofrecen nada.

Mis manos son muy importantes para mí. Significan mucho y representan muchas cosas que amo.

Mis manos significan vida.

¿Cómo son tus manos?


martes, 31 de marzo de 2009

EL PERRO DEL HORTELANO


- Si ya no me quieres, me buscaré a quien sí lo haga.

- Si encuentras a alguien, volveré a quererte.


miércoles, 4 de marzo de 2009

SI NO EXISTIESES





Si no existieses te inventaría de nuevo,
con la misma ternura con la que entraste en mi vida,
suave y sereno, dulce, tibio y etéreo,
con el mismo calor que me inundaste un día.

Si no me amases, te soñaría entero,
para adorarte e idolatrarte como hoy te tengo,
Si no me encontrases, atravesaría el infierno,
hasta tenerte entre mi cuerpo como te sueño.

Si no te hallase al final de mi sendero
encontraría la manera de trazarlo de nuevo
de arrancar las piedras que hay en el lindero
hasta hacerte brotar como salvia y veneno.

Si al nacer el nuevo día no estuvieses en mi lecho
fraguaría en el sol hiriente tu cuerpo a fuego
concebiría la forma de cada recoveco de tu pecho
para enredar en él las horas que sin ti han muerto.

Si en las noches de mis días no florecieses
imaginaría la manera de volver a tenerte
encontrando en cada hoja marchita e inerte
la sonrisa de tus ojos y tus besos aun latentes.

Si en el lento vaivén de las olas de mi tiempo
no aparecieses para arrancarme de mi destierro
descubriría en la marea esa luna y ese viento
que traerían a buen seguro tu velero a mi puerto.

Si entre las palabras que se escapan de mi boca
no se escondiese en cada una de ellas tu nombre
apesadumbrada pensaría que es peor que estar loca
sino forjar con todas ellas de arcilla a un hombre.

Si no existieses te inventaría de nuevo
te imaginaria tal como hoy te siento
descubriendo en cada pensamiento
como es amarte y tenerte al tiempo.


domingo, 22 de febrero de 2009

LAS OTRAS


Me gusta pensar en ti cuando no estas conmigo.

Forma parte de nuestro tácito acuerdo no hacer preguntas, y mantenemos esa regla jamás pronunciada sin formular inquietudes ni sembrar dudas. No hay cuestiones que responder, sólo tiempo para devorarse.

Sin embargo, me excita imaginarte con otras.

Enredada en esas sabanas que, en algún momento, han sido testigo silencioso del placer que me arrancas, la ropa interior empapada de deseo que atrapado entre mis piernas se resiste a abandonar tu recuerdo, ese que mis manos intentan remplazar entre jadeos que esconden tu nombre.

Conjeturo si ellas llevaran su mano hacia tu bragueta como hago yo, descarada y codiciosa, sin apartar mi mirada glotona de tus ojos, mientras te arrastro para hacer que me arrincones manteniendo firme la caricia en tu miembro.

Imagino como serán esos besos que buscan otra boca, si los asaltaras con la misma urgencia, si tu lengua se introducirá violenta como haces conmigo, socavando toda la humedad que retengo para ti, si morderás esos labios y buscaras la comisura con presteza para empezar un nuevo torturador recorrido. ¿Las agarraras de la nuca? ¿Te enredaras en su pelo? ¿Extenderás los mechones?

Pensar en tus manos, en esos dedos largos y masculinos, y preguntarme si abarcaran otros pechos como hacen con los míos, estrujándolos hambrientos antes llevarlos a tu boca y succionarlos con fruición, dibujando círculos concéntricos que se pierden y se encuentran mientras enervan mi pezón.

Me regocijo ante la posibilidad de que tampoco lleven ropa interior, como hago yo, para que tus dedos se cuelen por la tela del pantalón y rocen suavemente la piel antes de encontrar un resquicio por el que hundirse. Si sentirás la misma necesidad apremiante de desabrocharlos y sentir mi humedad entre tus dedos. Si eso hará que se hinche tu deseo y se endurezca presionando entre mis muslos.

Especulo en ocasiones si te detendrás a lamer su cuello, a enredarte en su nuca mientras la distancia se hace inexistente y los cuerpos se oprimen, buscan acoplarse en un nudo sin fisuras, en envites furiosos que friccionan los sexos hasta hacerlos arder, en tus manos ávidas aprisionando sus glúteos, presionando despóticamente con ese ansia tirana por clavarte en ellas.

Calculo cuanto tiempo tardarás en estallar, si ellas conseguirán llevarte al límite, al borde de la locura donde se pierde el control y sólo existe deseo, necesidad, pasión. A ese punto en el que pierdes la voluntad y la sed te consume, cuando me despojas del pantalón y allí mismo, sin impórtate nada más, me penetras, con furia incontenida, consumido por la avaricia y aplastando mi cuerpo contra la pared y vaciando en mí ese delirio desatado.

Me pregunto si te derrumbaras exhausto y extinguido como haces sobre mí, hundiendo tu cabeza en mi cuello y respirando sobre mi oído, hasta que los suspiros se convierten en besos mojados impregnados de esa ternura tuya, tan exigua, tan efímera, tan arrebatadora que me descoloca y me empuja a decirte un ‘Te quiero’ que retengo buscando tus labios para acallarlo.

Huyes entonces de esa boca que pide más, que busca sexo otra vez para engañar al alma, enmascarar el sentimiento disfrazado de apetitosa lujuria. Te arrodillas y besas mi vientre, mis caderas, mi pubis. Tiras de mi puño, abres esa mano que firmemente aprieto para no descolocarme una vez más, hasta arrodillarme junto a ti y hacerme pequeñita encerrada en tu abrazo.

Me pregunto si ellas se morirán de amor entonces, como me muero yo en ese momento.


viernes, 30 de enero de 2009

MAÑANA SERENA



El día amaneció frío y me despertó serena, con el corazón colmado de paz. Saltarina me escape del lecho y te deje dormir; sé cuanto te gusta revolotear entre las sabanas cuando no estoy hasta encontrar ese hueco tibio que antes ocupó mi cuerpo para hacerlo tuyo.


Con la taza caliente en las manos contemplaba ensimismada el albor que traspasaba la ventana, con esos matices que inundan el nuevo día mezclando naranjas y cobaltos en aterciopelado lienzo.


Me atacaste por la espalda, no te oí tras de mí, apenas tuve tiempo de percibir tu aroma inundando con suaves aleteos mi nariz cuando tus brazos ya estaban forjando un cerrado lazo alrededor de mi cintura y percibir tu contacto cálido apretarse contra mí. Aún me maravilla la forma en la que tu cuerpo se acopla al mío, de forma casi perfecta, cómo si hubiesen existido ex profeso para estar juntos. Tu boca reposa sobre mi cabello, tu pecho emplaza con suave estoque mis omoplatos, tu vientre garabatea las hendiduras de mi columna, tu masculinidad late al final de mi cintura allá donde nacen mis pasiones y tus rodillas juguetean con mis muslos en fatal caricia presta a recogerme.


- Que bien te huele el pelo – musitaste mientras depositabas ese fugaz beso matutino en mi cabeza.


- Ah! ¿Sí? ¿Y a que huele? – formule la pregunta aún a sabiendas de tu respuesta.


- Huele bien, huele a ti, siempre es distinto.


- ¿Y a que huele hoy?


Y acercándote a mi oído, de esa forma tan torturadora en la que el aire que exhalas estremece de un solo suspiro mi espalda me susurraste:


- Hoy huele a melocotón maduro que reposa entre hierba fresca y húmeda.

Y yo no sé que me enciende más, si esa forma tan ronca de murmurar, si la presión que tu cuerpo ejerce sobre mi espalda o la tumultuosa sensación que recorre mi espina dorsal... tan sólo siento que, bajo el leve camisón de raso mis pezones comienzan a emerger y noto suave descender corrientes desde mi pecho hasta mi ombligo... quedan varadas, esperando, atentas a tus movimientos de gato parisino.


La taza caliente apretada entre mis manos peligra cuando con familiar gesto recoges mi melena con una mano para descubrir la blanca curva de mi nuca, un beso húmedo y certero me previene, abandona ahora la guerra, no aguantaras el primer asalto.


Tu mano aún se encuentra en mi vientre, reposando lánguida como un descuido breve, descuido que yo sé que no te permites y que hace zozobrar mi estabilidad... noto arder lengüetazos de calor que descienden en olas hacía mi sexo.


- Parece que va a hacer un día frió... podríamos salir a pasear; ya sabes cuanto me gustan las mañanas así.


Intento desviarte, reclamar tu atención en la ventana señalando con mis dedos el furtivo amanecer que se escapa. Por toda respuesta paseas un dedo por debajo de mis tirantes para ayudar en su descenso hasta mis pies, rozando mis brazos, mis manos, mis dedos, mis caderas... acompañándolo hasta el suelo.


Apenas me da tiempo de protestar, de exhalar un gruñido por la exposición abrupta al cambio de temperatura, una de tus manos se apodera de mi pecho con presión armónica, la palma presionando el pezón, los dedos acariciando la suave piel bajo el seno. Tu otra mano estira de mi cuello, arqueándome la espalda y ofreciéndote el blanco perfecto a tus mordisqueos leves, a tus telas de araña construidas en la constelación que forman mi oreja y mi hombro... y un gemido de placer substituye al mohín que tenía preparado.


Desnuda percibo todos los movimientos de tu cuerpo, el cosquilleo que provocan tus pectorales al moverte, los rizos que tienes en el abdomen, después de tu ombligo, que dibujan en mi cintura arcanos de desasosiego, tu virilidad incipiente alojada entre mis nalgas, creciendo y latiendo al mismo ritmo que mi sexo te reclama, con la misma hinchazón que mi pecho presume, con la misma rigidez que mis pezones.


No quiero rendirme aún... aún quiero ser torturada un poquito más, notar cómo resbalan húmedas las sensaciones por mi entrepierna, sentir como mis pezones duelen por querer estallar, percibir la divina presión de tus músculos, el olor de tu cuerpo, el sabor de tu boca en mi piel... aún quiero más.


Y tú, cruel bandido de mis pasiones, me laceras con besos mojados que empapan mi cabeza, tus dedos se hunden en mi boca hambrientos para que yo los devore, tu mano ejerce magnetismos rabiosos entre mis dos pechos, a los que abarca con igual premura... y yo quiero voltearme, enfrentarte y hundirte en mis entrañas, clavado en mi sexo hasta que todo se derrita y se funda.


Mi espalda empieza a cobrar vida, encendida, arqueada sobre tu cuerpo, con trémulos y silenciosos espasmos que la recorren, brindándote en flor de grana mis senos y en orquídea blanca mi garganta... pero tú no quieres lo que yo te ofrezco y tu mano abandona las cumbres sonrosadas que has coronado para descender cual serpiente por las planicies de mi vientre y hundirse cual sutil visitadora entre mis labios sedosos.


Gemidos ascienden a mi garganta y vórtices de placer descienden hacía mi sexo, que apretado y lujurioso se cierne sobre tu mano experta que descubre sin miedo éxtasis nuevos, pintando con mojados pinceles mis tiernas paredes, hundiéndose profundamente para devolverme a la vida, un contacto fugaz con mi clítoris sacude mis muslos.


Entonces, sólo entonces me quieres para ti. Cuando has abarcado todas las posibilidades de magullar mi cuerpo con excentricidades de delicias, con parangones de éxtasis, cuando mis gemidos ya se escapan lujuriosos de mi boca entreabierta, cuando turgente se yergue para tu deleite mi piedra angular, cuando entre mis piernas explotan sacudidas convulsas de embriaguez insospechada, entonces me posees.


Me giras para tener a tu abasto todo cuanto de mí puedes poseer, sin apartar tu mirada de la mía, con esa medía sonrisa en tu boca de fresa madura, tus manos resbalan desde mi cadera y accedes a esa parte de fisura por detrás de la rodilla para izar mis piernas y colgarlas de tu cintura, tus manos se clavan en mis nalgas y me penetras... una sola embestida, firme, rotunda y contundente y siento deshacerse en mi interior la primera derrota. Con movimientos cadenciosos me arrastras por quimeras imposibles, orbitas descomunales, hasta llevarme, al fin, a la perdición.


miércoles, 28 de enero de 2009

RETAHÍLA DE AMANTES IV





GREGORIO, EL OSITO AMOROSO
Gregorio era, sin lugar a dudas, el perfecto novio de cuantos he tenido. Valga decir que era el sueño de todas mis amigas, un autentico primor, un cielo... un osito amoroso ideal.


Besaba, de esa forma tan particular... con su boca inundando la mía en sentidos convergentes y divergentes, con formas cóncavas y convexas, besos largos e interminables dibujando una y otra vez mis labios, cosiendo filigranas en mis comisuras, revoloteando entre mis dientes y anexionándose con mi lengua. Nunca se cansaba de divagar entre mis labios con su boca, de dibujar delicados trazos por la piel de mi cuello y explorar con su lengua la orfebrería de mis oídos.


Con Gregorio todo era dulce, largo e intenso.


Pasábamos tardes enteras devorándonos a pedazos de piel descubierta. Con ternura exquisita sus dedos largos acariciaban cualquier retazo de carne, sin sentido ni forma aparente, disfrutando con el contacto electrizante, con la lujuria contenida en ese breve roce inundado de deseos callados, arrumacos perpetuados en susurros anhelantes al oído.


Pero lo que más le gustaba hacer a Gregorio... lo que más me llenaba de Gregorio, era su capacidad y paciencia infinita para desgranar una a una porciones de amor por mi cuerpo y adormecerse placido a mi lado sin necesidad de nada más que ese fugaz e inocente restregón.


Entenderéis que, en los tiempos que corren de desvaríos, cara duras y aprovechados malintencionados, era raro encontrar un hombre con tanto respeto, sin prisas ni agobios por su parte.
No era de extrañar que, Gregorio, me tuviera siempre como unos huevos batidos al punto de nieve, como unos espaguetis al dente, como una vaporetta lista para eclosionar en las cortinas...


Siempre me tenía ahí, excitadísima, con ese punto de humedad inagotable entre mis piernas, el leve temblor anunciándose en la cara interna del muslo... pero el sexo no llegaba, la culminación, el éxtasis, el afamado y glorificado orgasmo se convertía en algo tan deseado como aparentemente inalcanzable... porque claro, a una eso del respeto le llena de orgullo pero llega un momento en el que lo que quiere es sexo, ni más ni menos que un buen polvo y tanto respeto me estaba supurando por las orejas.


Una tarde de arrumacos en el sofá de casa decidí tentar a la suerte. Los dedos de Greg circundaban mi ombligo y entreabrí mis piernas mientras disimuladamente me remangaba la faldita, dejando a la vista mi pubis liberado de cualquier prenda interior. Su mano viajó hasta enredarse entre mi vello, su dedo anular se hundió penetrando por la humedad que habitaba en mis labios y recorrió los pliegues hasta encontrar la piedrecita dura y ostentosa, mientras su dedo corazón prodigaba caricias electrizantes por la cara interior del pubis. Mi respiración era cada vez más entrecortada, la agitación entre mis muslos crecía y el tan esperado orgasmo estaba llamando a la puerta.


De pronto Greg detuvo todo movimiento sobre mi cuerpo. Me gire hacía él dispuesta a protestarle y descubrí qué ¡Se había dormido!


Pero estaba tan mono, reflejaba su rostro una ternura infinita y su mano anudada entre mis piernas, que no quise despertarle.


Esa misma noche, sin falta, conseguiría llevarme a Gregorio a la cama. De eso no tenía la menor duda.
Tras una sesión de besos inagotables, de magreos incontenidos en la cocina, en el comedor, en el sofá... de sobeteos absurdos y sobreexcitadores, aquí y allá, cuando me encontraba en ese punto en el que mis otros labios cantaban por mí una canción húmeda y espesa, me desnude y de la mano me llevé al anonadado Gregorio a la cama.


Su apremiante boca descubrió rincones de distintos sabores sobre mi piel, su inquisidora lengua perseguía el rastro de sus labios una y otra vez. El cuerpo erizado y cimbreante, esperando anhelante la embestida, abierto como perfecto compás a su virilidad latente... y por fin Gregorio se coloca sobre mí, su boca aprisiona hambrienta la mía, su pene se hunde en mis entrañas deliciosamente cálidas y le envuelve toda mi humedad y entonces...


Entonces nada. De pronto todo se detiene, no hay movimiento, no hay embestida, no hay mete-saca, y por descontado no hay asomo de orgasmo alguno. ¡¡ Se había vuelto a dormir!!


Esto es el colmo, porque una cosa es que los hombres se duerman "después de" alegando razones totalmente orgánicas, pero que se duerman "durante el"... ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Ni que sea el novio más perfecto de cuantos he tenido!


lunes, 26 de enero de 2009

Y LA VIDA SIGUE...

... y porque no, si todo es una rueda que no ceja en su movimiento. Han pasado muchos días, muchos días con luna, con vida

Dana, mi Dana, ha muerto.

El 22 de Diciembre, casi el mismo día que cumplía 15 años, sin ningún ruido, sin darnos tiempo a despedirnos, sin que pudiera rascar su cabeza una última vez mirando sus ojos liquidos.

Mi mejor amiga, ha perdido la custodia de sus hijos en un durísimo juicio que le arranca la vida, sus dos pequeñas vidas según dictamen de un juez, a manos del cabrón que le amargó la vida.

Pero la vida se mueve y yo con ella. Latiendo desde dentro de mí.

Así que regreso a casa, a terminar un traslado que tenía pendiente, a traer mis muebles viejos de aquella otra casa antes de que se llenen de polvo y caigan en el olvido. A no perder la sonrisa, al menos, yo no pienso perder la mía.

A los que me habéis esperado, es un placer el re-encuentro...

A los que vengáis... bienvenidos.

Dale gas, que canta Facto de la Fe.

viernes, 24 de octubre de 2008

MARGARITAS EN EL ALFEIZAR




Hacia mucho tiempo que Lucia vestía de riguroso negro. Le habían dicho que el luto se lleva por dentro pero lo cierto fue que a ella le apeteció llevarlo entero, en el alma y en el cuerpo, y al final se había acostumbrado a sus faldas negras por debajo de la rodilla, a sus jerséis con cuello de cisne de un negro noche, a recoger su larga cabellera en una coleta, prieta y estirada sobre las sienes; si, tal vez debiera cortarse el pelo pero ni tan siquiera el simple habito de ir a la peluquería le había recorrido las entrañas.

Era un pueblo chiquito y al final todos se habían acostumbrado a verla así. Al principio muchos se mofaron (después de compadecerse de ella por supuesto) y Lucia había recibido apodos múltiples cómo el de viuda eterna o Doña Moños, pero ahora pareciera que todos veían en su indumentaria a Lucia, un completo, no a la joven viuda. Justamente ahora que a ella ya le resultaba indiferente todo excepto el dolor y la ausencia arraigada en su alma marchita.

Había empezado a colaborar en la parroquia los martes y los jueves, limpiando después de misa, como era lo único que encontraba con sentido termino por acudir a limpiar todos los días, después de misa y a las nueve, antes de cerrar, a mantener largas conversaciones con Don Matías, el cura del pueblo, a colaborar en las recolectas, en la recogida de alimentos... en cualquier cosa que llenara sus horas vacías.

Lucia se levantaba temprano, a las seis ya no podía resistir más el lecho ausente. Cargaba su desarraigado cuerpo con la mortaja invisible que arrastraba desde hacía cinco años y con poco más se dirigía a la Iglesia.

Don Matías le dijo aquella mañana de lunes de septiembre mortecino.

- Buenos días Lucia, tengo que darte una buena noticia – y le sonrió con esa benevolencia que los hombres de bien tienen en sus gestos.

- Dígame Don Matías – a pesar del tiempo y la confianza, a pesar del tuteo insistente del párroco, Lucia continuaba manteniendo ese trato distante.

- A partir de mañana tendrás un ayudante en todos tus desvelos. Como bien sabes Lucia yo ya tengo algunos achaques a causa de la edad, y me temo que pronto dejare de ser útil a la comunidad.

- No diga eso Don Matías

- Chiquilla, no me seas condescendiente. Mañana llegará un seminarista para continuar su formación, estará con nosotros unos tres meses y nos ayudará en todas las tareas propias. Es posible que acabe siendo mi sustituto cuando mis manos ya no den para más misas.

- No se preocupe Don Matías, no se preocupe ya más... vamos a preparar la misa.

Juan, el seminarista, llegó aquel martes a las diez de la mañana. Entro en la parroquia por la puerta grande y en el corazón de Lucia por la de atrás. A veces sucede que, sin querer, dos cuerpos chocan y algo entre los dos estalla en el aire.

Don Matías no estaba a esas horas en la parroquia, justo acababa de terminar la misa y había ido a recostarse un rato, pues hacía tiempo que no andaba bien de salud. Lucia estaba limpiando y ordenando un poco los bancos.

- Buenos días – saludo algo tímido - disculpe que la moleste, busco a Don Matías, el párroco.


- Buenos días – Lucia contempló a aquel joven vestido con un sencillo jersey y unos téjanos, de aspecto cuidado y rasgos delicados, algo aniñados, pero firmes y a punto estuvo de trastabillar consigo misma al levantarse de debajo del banco donde estaba recogiendo.

- Perdone... ¿Qué preguntó? – le increpo Lucia mientras organizaba el desaguisado de su falda y se recogía algunos mechones que rebeldes escapaban de su encierro.

- ¿Le asuste? ¿Le incomode? Lo siento – Juan tartamudeaba, sorprendido ante aquel rostro de trazos perfectos, sin desdibujar, sin maquillaje, y unos preciosos ojos almendrados de color avellana que eran, sin lugar a dudas, los más limpios que recordaba haber mirado nunca – buscaba a Don Matías.

- Si – Lucia agachó la cabeza al darse cuenta de que, sin poder evitarlo, sus ojos le reclamaban con demasiada insistencia atención sobre aquel rostro – enseguida voy a buscarlo, esta descansando.

Y se alejó sintiendo la mirada de aquel desconocido sobre su nuca, fija e imperturbable, mientras un ligero escalofrió le recorría el cuerpo y ella lo sacudía, lo empujaba y lo ahuyentaba.

Juan y Lucia empezaron a trabajar casi codo con codo, eran constantes los cruces de miradas y los encontronazos de los cuerpos, muchas veces sin quererlo, otras muchas pretendidos, pero ambos hacían caso omiso a los designeos de sus cuerpos, a sus manos que buscaban el instante dorado de encontrarse moviendo un banco, sus miradas que hambrientas se devoraban durante el curso de la misa, sus cuerpos que se rozaban al repasar juntos los cirios apagados.

Las conversaciones entre ambos nunca pasaban de ser corteses, rotundas y alejadas. No se decían más que aquello que tenían que decirse porque a ambos les temblaba la voz cuando se encontraban frente a frente sin ninguna excusa que propiciara el encuentro.

Pero Lucia no podía mantener oculto lo que sentía, como le temblaba el cuerpo cada vez que sentía su presencia, cómo una sensación cálida invadía un estéril vientre cada vez que sus manos se rozaban, como el sudor resbalaba por su nuca hambrienta cuando ambos se encontraban entre el calor sofocante de los cirios encendidos. Estaba mal, se repetía a sí misma una y otra vez, aquello que sentía era pecado, no podía ser, estaba prohibido... y esos eran, sin saberlo, los pensamientos que les unía a ambos. La sensación perpetua del incorrecto, del castigo y del pecado que a ambos les inundaba cada vez que estaban cerca.

Puede que el tormento que sufrían sus mentes incentivara el ardor que invadía sus cuerpos, puede que el roce continuo afianzara las urgentes y hambrientas peticiones de sus entretelas, tal vez el deleite de tocarse sabiendo que nunca llegarían más allá, que jamás averiguarían a que sabía su piel... seguro que eso fue lo que les iba arrastrando cada vez más y más hacía un final que, sin querer queriendo ambos pretendían.

Meses de lánguido desamor sin amor, de perpetuos acercamientos sin proximidad, de incansables choques derretidos entre el olor a incienso y el vapor de las velas ardiendo.

Don Matías se encontraba en una situación cada vez más precaria y el momento de que Juan asumiera sus labores y pasara a ser, Don Juan el párroco, era cada vez más cercano. Lucia lo sabía y esa certeza hacía que afianzara aún más su decisión de alejarse de él. Hacía mucho que Lucia no se sentía mujer... y algo dentro de ella le decía que quería seguir sin sentir nada... el vacío era lo más parecido a ser feliz que encontraba.

Diciembre había entrado en sus vidas gélido y avasallador, con todo el temperamento propio de un mes que finaliza el año, que se sabe importante por ser el último y el primero... y ahondando en sus corazones con esa sensación de fatalidad, de final, de culminación definitiva... de despedida.

Una tarde de domingo, Don Matías había salido a visitar a algunos enfermos. Juan y Lucia estaban en la vicaria, él se encontraba en el despacho ordenando papeles diversos y ella estaba limpiando el gran aparador donde el bueno de Don Matías atesoraba algunas pequeñas reliquias. Puede que la casualidad, la fatalidad o el caprichoso y malcriado destino se aliará con ella y los goznes que sujetaban el aparador a la pared de yeso desgastado cedieron y el mueble con un crujido aterrador se venció sobre Lucia amenazador. Juan salto del asiento en dirección a ella y ambos sujetaron el mueble, empujándolo hasta volver a colocarlo en posición. Ahora descansaban entre gemidos sofocados, Lucia sobre el mueble y Juan sobre la espalda de Lucia. El contacto de todas las fibras del cuerpo de ambos, como aquella primera vez en que se cruzaron sus miradas, disparó un resorte oculto esperando a saltar desde su escondrijo.

Juan resoplaba sobre su nuca, embriagándose del olor de ella, absorbiendo ese aroma fresco y natural a mujer que tan familiar se le había hecho. Ella devoraba ávida los aleteos cálidos del hombre sobre su oído mientras notaba descender corrientes en tibias oleadas hasta sus muslos.

Juan besó el cuello perlado de sudor en un impulso... impulso que desabotonó los corchetes prietos apostillados en sus entrañas. Lucia muda se quedó prieta ahogando un sollozo que amenazaba su garganta.

Él la tomo por los brazos aún levantados sobre el mueble y la enfrentó a sus ojos, contemplando una lágrima resbalar lenta por aquellos ojos melosos. Besó aquella lágrima con dulzura infinita.

Sus bocas se encontraron sin remedio, devorándose inexpertas, él por no haberlo aprendido nunca, ella por haberlo olvidado hace tiempo.

Unas manos se buscaban, sus manos encontradas tantas veces en un quemador candente se encontraban ahora palpando ansiosas la ropa, buscando entresijos para devorarse, intentando encontrar el camino hasta el cielo de sus cuerpos, para rozar la piel suave como ambrosía para sus almas.

No hubo palabras, tan sólo silencios... silencios largos cubiertos con besos y caricias turgentes que evaporaban poco a poco la ropa hasta quedarse desnudos por primera vez el uno frente al otro.

Allí, empujada y arrinconada contra aquel aparador, Lucia se dejo invadir por una lengua, por unas manos inexpertas que arrancaban gemidos de placer de sus pechos aún tersos, que ondulaban sobre su vientre prematuramente abandonado, que se enredaban en su pubis extrañamente hambriento hasta terminar ahogándose en la humedad que invadía su sexo. Rozando una locura extraña que ya no recordaba Lucia arqueo su espalda y entreabrió sus muslos creyendo explotar en el intento.

Juan necesitaba tanto aquel cuerpo, sentía tanta necesidad de aquella mujer, tanta hambre atesorada durante meses que nada era suficiente, que no quería perderse ningún detalle de aquel cuerpo adorado en silencio, imaginado en noches reverberantes y oscuras, y sin prestarle atención a la incipiente urgencia que reclamaba su entrepierna se arrodilló ante la mujer que sentía que amaba para beberse todos los efluvios que, como agua bendita, aquel cuerpo emanara para él.

Lucia crucificada sobre el aparador recibió los agasajos y atenciones prodigados hasta que estalló en un grito brusco y certero el final que era principio.

En el suelo de aquel despacho, sobre la fría loza, volvieron a enredar sus cuerpos hambrientos, a cruzarse sus brazos y sus piernas en un abrazo infinito de ternura, en lazos que deambulaban por los recovecos del placer arrancando gemidos extasiados, arrinconados entre la piel y el alma.

Juan y Lucia hicieron el amor hasta que no les quedaron fuerzas, hasta que la oscuridad invadió la ventana y se cernió sobre sus cuerpos desnudos, dos cuerpos que se habían amado y que aún sentían necesidad de más.

A la mañana siguiente Juan abandono el pueblo. Había pecado, había abandonado el camino de Dios... o tal vez lo había emprendido de nuevo, de un modo distinto y diferente, pero lleno igualmente de amor.

Lucia volvió a su ausente habitación para llenarla de nuevo, con margaritas blancas que colocó en las ventas y deshojo en el lecho, para sentirse y encontrarse de nuevo sola, pero de nuevo feliz y llena.


viernes, 17 de octubre de 2008

RETAHÍLA DE AMANTES III









RICARDO CORAZÓN DE TACÓN

Ricardo, entre sus múltiples cualidades (de las cuales cabe destacar el tamaño de su miembro) era además un coleccionador nato, como trofeos de deportes (los que practicaba con ahínco) o fetiches eróticos (que también se esforzaba en practicar, con vehemencia y regularidad)

Evidentemente la razón por la que empecé a salir con él es bastante clara, sus enormes y abundantes atributos... la razón por la que terminamos es porque o abandonamos nuestras practicas sexuales o yo me sumía en la más profunda ruina económica.

Fan de los tacones vertiginosos y los zapatos de escándalo, su fanatismo llegaba al punto de que, jamás, bajo ninguna circunstancia, podía desprenderme de los zapatos.

Ricardo y yo, en la cama, sucumbíamos al apetito voraz de nuestros cuerpos, me excitaba verlo pasear desnudo por la habitación, con su virilidad enorme danzando al aire cual péndulo de mis horas, un báculo increíble que mecía con gracia y desparpajo... a cambio su única exigencia para satisfacer mis más secretos deseos era que permaneciese con los zapatos puestos... como en aquella famosa película “Murieron con las botas puestas”, mi fin estaba predestinado igual que el de sus protagonistas.

Eso, a la larga, limita mucho tus posibilidades de movilidad, tu variedad de posturas, el juego de los movimientos. Por supuesto, extendida en el lecho apenas resultaban molestos... pero si quería rodearle con mis piernas, para sentir la presión de su verga imponente en el fondo de mis entrañas...

- ¡Joder cariño! Que me clavas el tacón en los riñones.
Tampoco resultaba fácil montarle, cuando los dichosos tacones no se enganchaban en las sabanas y se enredaban en mis tobillos, le arañaban las piernas con las consecuentes quejas por su parte.
- Ricardo cariño, me quito los zapatos y listos.
- No, no, no... eso no por favor... – y si alguna vez, atrevida e insolente, se me había ocurrido desobedecer esa petición, su hermoso aparato descendía aparatosamente hasta convertirse en el apéndice más minúsculo que jamás había visto.

Lo peor de Ricardo no eran las posturas imposibles, a las que tarde o temprano una acaba acostumbrándose. Tampoco el hecho de que, en ciertos momentos, una tuviera que estar controlando donde ponía o dejaba de poner una pierna (que en el sexo, eso de usar la cabeza, le quita mucho encanto, os lo digo yo) Lo peor de todo era que, cada vez que Ricardo y yo hacíamos el amor, él tenía que llevarse a casa los zapatos que llevara puestos en aquella ocasión.

Y espero que me entendáis porque, una esta dispuesta a hacer muchos esfuerzos por una relación sexual satisfactoria, por hacer feliz al hombre que vagabundea entre sus piernas... pero a llegar a arruinarse por tener que comprarse unos zapatos nuevos cada vez que pega un polvo, por muy bueno que este sea... ¡A esos extremos ni loca!.

jueves, 16 de octubre de 2008

SUE44

Tiene nombre de alunizaje. De nave pionera que se lanza a la aventura desconocida de conquistar una nueva galaxia. En realidad, yo creo que lo ha conseguido, que ha establecido conexión y ha conquistado un universo.

Vivimos cada día nuestras pequeñas tragedias, que son justamente eso, nuestras y tragedias.

Pero, a veces, tenemos la suerte de poder ser espectadores, a través de una ventana abierta, de la vida de otra persona y de otras luchas que no sean las nuestras.

Eso, no hace que las nuestras desaparezcan, que sean más pequeñas o menos importantes, pero podemos tener la suerte de ver otra manera de salvar los escollos saltando mientras miras al frente y pones una sonrisa aunque tus espinillas estén llenas de moretones, otra perspectiva, una posibilidad de vadear la corriente sin dejarse arrastrar por el gris y hundirte en un torrente asfixiante.

Vive con un cáncer. Lo más importante es justo eso, que vive, no a pesar de o por encima de.... vive con él y lo hace así, fácil y simple.

Cuando dice que está bien, me sorprendo pensando si alguna vez, esta increíble mujer, ha llegado a estar mal para poder decir que ahora no lo esta. Parece como si el dolor y el sufrimiento no pudieran rozarle, como si fuese imposible que en algún momento se haya dejado hundir por el desespero o vencer por la tristeza.


Su pensamiento positivo cobra en ella mucha más fuerza de lo que jamás creí, más de la que siento tienen mis palabras. Yo, que amo la vida por encima de tantas cosas y qué escojo vivirla en positivo, a mí que no me da la gana vestirme de duelo por haber vivido... todo se me queda pequeño e incluso estúpido a su lado, porque al final, lo mío no son más que palabras y lo suyo, una vida con un plus de positivo que ha de reponer día tras día.

Sus palabras, su historia, estan en el bolo de la Mila. Es suya, no voy a robárselas, pero si le tomo prestado, cada día, un poquito de esa alegría y esa energía que regala de forma tremendamente generosa, como lo hace quien cree que no tiene nada que ofrecer, quien no es consciente de lo especial y esencial que está dando. Se le escurre, la vida se le desliza en cada golpe de teclado y, algunos, nos la bebemos con ella en un brindis silencioso, sin que ella sepa siquiera que nos ha invitado.

Hace un segundo me han dicho que Dana, mi Dana, no tiene un tumor. Sólo se hace vieja con achaques propios de su raza, lo cual, es inevitable. Pásame la mantequilla, que decían en la película. :)


miércoles, 8 de octubre de 2008

IMPOSIBLES









- Si me alejo de ti, moriré.
- Si no te vas, me mataras.

lunes, 6 de octubre de 2008

DE BLANCO



Después de diez años, en los que a pesar de la unión habían permanecido alejados, diez años en los que aquella distancia impuesta no había conseguido separarlos, una brecha del destino disfrazada de casualidad, les ofrecía una remota posibilidad, una pequeña oportunidad brillando en la sala de espera de un aeropuerto. El tiempo no les había cambiado demasiado, sin embargo, ella sentía que su corazón permanecía anclado en un punto indeterminado de ese pasado, cuando él le pidió que se casara con ella y ella le susurró canciones de amor al oído. Sentía que, o lo recuperaba entonces o lo perdería para siempre.

La empresa debía firmar unos contratos con un importante cliente en Cádiz y, sin pensarlo, se ofreció para gestionarlo. Él prometió encontrar la manera de recogerla en el aeropuerto y tomar, al menos, unas copas juntos.

Vestía de blanco, como siempre imaginaron que sería y él estaría allí, parapetado tras unas gafas de sol, como siempre supuso que le esperaría.

- Estas más flaca.
- Y tú más calvo, no te jode.

Rieron, deshaciendo toda la tensión del momento con esas sencillas carcajadas.

- Empecemos de nuevo. Deberías haberme dicho que estoy preciosa.
- Es qué ESTAS preciosa – aseguró él.

Ella le abrazó entonces, con toda la ternura que la intensidad del momento le permitía. Hundió su cabeza en el cuello de él y se quedo allí unos instantes, luchando por ahogar las lágrimas que brillaban en sus ojos verdes, mientras se emborrachaba de ese olor que creía conocer y, sin embargo, era nuevo.

Al separarse, le beso en los labios. Fue un suave roce, un fugaz encuentro de dos bocas, labios contra labios, pero se había prometido así misma que no lo iba a hacer.

- Lo siento. No volverá a pasar... yo...

Pero no tuvo tiempo de continuar su disculpa, porque él la atrajo hacia si mismo y apretándola con fuerza se hundió entre sus labios, con una lengua hambrienta que buscaba delicias nuevas ocultas tras aquellos labios rojos. Un beso largo, en el que los cuerpos ahuyentan las distancias y las bocas se encargan de contar los latidos del corazón.

- Lo siento, no volverá a pasar – le sonrió él al separarse – y sécate esas lágrimas, princesa.

En el coche, todo volvió a ser como siempre había sido. Las palabras fluían fáciles, como las risas, como las miradas cómplices que siempre supieron que se regalarían. Fue en el bar del hotel donde tomaron esa copa que se habían prometido. Ella, intentaba contener los gestos de cariño, se esforzaba en no estirar los brazos y acariciar su mejilla, en resbalar por la comisura de sus labios o apoyar el peso de su cuerpo sobre aquellos hombros... pero a ratos, la conversación discurría mientras sus dedos se entrelazaban y sus manos hablaban en un universo aparte, ajenas a todo, de ternura y deseos, dibujándose las promesas que en silencio se hacían, sin percatarse de la corriente que fluía entre aquellos dedos que se acariciaban las almas pero, sobretodo, la piel.

La tarde cedía paso a la noche perezosa y ella esperaba que en cualquier momento él se levantara anunciando esa temida despedida. Pero ese momento no llegaba, y si llegaron las tapas para cenar, allí mismo, sin moverse, resistiendo abandonar el encuentro que les mantenía frente a frente, mirándose, por primera vez, a los ojos. Aunque todo lo demás fuese viejo, aunque las sensaciones fuesen familiares, el cosquilleo en el estomago el mismo y la calidez de las voces no hubiese cambiado, esa era su primera vez.

- Debería registrarme en el Hotel, no me gustaría perder la habitación.
- Te acompaño.

De una forma automática, en un estado de semi-inconsciencia, entraron en el Hotel y después de registrarse subieron juntos a la habitación. Ninguno lo había pedido, ninguno se había negado, sencillamente, estaba sucediendo, aún cuando seguramente los dos se habían prometido que no rebasarían ciertos limites.

Compartían ascensor en silencio por primera vez desde que ella aterrizó. Con las pieles rozándose, con el olor de sus cuerpos inundándoles, asfixiándolos, quemándoles de deseo.

La cordura duró el tiempo justo que tardó en cerrarse la puerta de la habitación.

Se buscaron, chocando el uno contra el otro, con el deseo acumulado durante años, sin freno, arrancándose jirones de piel con cada beso, los sexos húmedos frotándose contra la ropa, ávidos por devorarse, las manos sin tiempo para cubrir espacios, para superar distancias. Se oprimían, se asfixiaban el uno en brazos del otro, urgentes y locos, desprovistos de recuerdos y anhelantes de promesas.

Con violencia, sobre la pared, él la penetró y en un instante se derrumbaron, cubierto un primer asalto de derroches, a horcajadas del deseo y la lujuria. Sólo sexo. Sólo hambre. Sólo eso. Con la ropa todavía puesta, la respiración agitada y el pulso acelerado, él asió su barbilla obligándole a enfrentar sus ojos.

- Volveré en cuanto se haya dormido.
- No pienso irme a ninguna parte – le sonrió

Y antes de irse, mordió sus labios, como si quisiera llevarse un pedazo de ella consigo.

Después, hicieron el amor por primera vez. Muy despacio. Descubriendo todo lo que ya conocían, sintiendo el sabor de esa piel que tanto tiempo habían imaginado, deslizando las caricias para averiguar si los puntos eran exactamente los que se había anunciado. Sorprendiéndose del tacto y el olor de aquello que creían saber y que les sorprendía como a dos desconocidos.

Lentamente, mirándose a los ojos, las bocas desgranaban besos húmedos y llenos entre los pliegues delicados para volver a buscarse con los ojos y hundirse de nuevo en la carne.

Sin tregua, los dedos rozaban exquisitas partículas del cuerpo, recorrían la comisura de los labios perfilando una sonrisa en la penumbra, la curva aterciopelada del pecho o el hueco cóncavo de la clavícula. Todos esos lugares eran espacios extraños que creían saber de memoria y que, en ese instante, con los ojos cerrados, parecían rememorar con la paciencia de un artesano orfebre, con la delicadeza de quien se sabe poseedor de un preciado tesoro.

No había prisa porque, aunque sólo tuvieran esa noche, se merecían todo el tiempo del mundo para encontrarse esa única vez.

El amanecer les sorprendió dormidos, los cuerpos abrazados, las piernas entrelazadas, la boca de él sobre un lunar en la espalda de ella, seguramente jurando que no iba a dormirse para no desperdiciar aquel instante mágico, mientras contaba uno a uno los lunares repartidos por la geografía de su cuerpo.


Hay oportunidades que sólo pasan una vez en la vida, y te afierras a ellas como a un tren en marcha, sabiendo que en la próxima parada deberás abandonar el viaje, y jamás volverás a atravesar ese cruce en el camino.



miércoles, 17 de septiembre de 2008

FALSAS ACUSACIONES

Ya es jodido que te plagien (porque lo es) pero que encima te acusen de ser tu la plagista de tu propia y original obra, es el colmo de las sandeces. Pero sí, señores. Puede suceder y me ha sucedido.

Y, en este caso, la tocada de weps es más bien quadruple, porque a esta primera y rocambolesca situación de acusar de plagio al autor original, me la hace en público y en mi propia casa, a lo que se une el hecho de que lo hace de una ‘historia’ muy especial para mí a la que le tengo mucho, muchísimo cariño. Por si fuera poco, para más inri, me dicen que alguien ha ganado un premio con ello.

La impotencia vuelve a sacudir una vez más mis cimientos.

Hace ya 23 dias, en RENDICIÓN I
(en el spaces) una tal Nèf dejaba los siguientes comentarios:

24 agosto 15:27
Por qué será que me suena este escrito...
De quién es :)?


24 agosto 15:37
Hay una segunda parte, lo sabías?

Ah! y fue premiado en un certamen de relatos eróticos en octubre de 1988...



Me entraron ganas de decirle de todo, cosa que pienso hacer ahora desde luego, pero como una es muy educada y no me han gustado (ni a estas alturas creo que lleguen a gustarme) los aspavientos públicos y dar la nota innecesariamente, decidí ir por la vía privada, por si era un mal entendido, antes de gritar como una energúmena.

Escribí un mensaje diciéndole que me había sorprendido mucho su acusación (pública y en mi casa) y que podía demostrar que el relato era mío puesto que estaba registrado. Me respondía preguntándome en que fecha lo escribí y donde lo registré. Por supuesto, no le revelé ninguno de esos datos, aunque le aclaré un par de puntos y le pedí si me podía dar ella la siguiente información:

1. ¿Quién era para ella el autor(a)?
2. ¿ Qué concurso había ganado y si estaba convencida de la fecha?
Y por último
3. ¿Cómo había encontrado ese texto si no me conocía a mi ni a mi spaces?

Tras el intercambio de algunos emails no hemos solucionado nada y no ha conseguido darme ningún dato fidedigno que demuestre y/o afiance su acusación, y sus respuestas han sido ambiguas y evasivas... ‘Una amiga del colegio... en el diario de Córdoba... buscaré el recorte...’

He esperado un tiempo que considero más que prudencial para que lo haga, creo que estoy en mi derecho de decirle esto públicamente, tal como hizo ella al verter esa acusación.

Te diré Nèf que no sólo existe una segunda parte, sino una tercera y una cuarta y... ¿Lo sabías tú? ¿Lo sabía tu amiga, la supuesta autora?

Qué es imposible que fuese premiado en un concurso en la fecha en la que tú me hablas porque, en aquel entonces la autora REAL de ese texto tenía 15 añitos y era lo suficientemente ‘inocente’ como para no escribir eso.

¿Sabes lo que creo? Que la has cagado. Que alguien que conoces plagió este texto y tú sin saberlo pensaste que le hacías un favor al acusarme, pero te salió el tiro por la culata y ahora tienes que darme la callada por respuesta. Porque no puedes demostrar lo que has dicho, porque no puedes mantener esa acusación pública y porque el plagio es delito.

Pero, como te dije, no pienso olvidarlo. Porque yo sí puedo demostrarlo.


A raíz de esto, he decidido cerrar mi otra casa, el spaces con llave, el que quiera entrar por descontado puede solicitármelo y le serán abiertas las puertas. No sé si conseguiré evitar mucho o poco, pero he tomado esta determinación y no daré marcha atrás. Seguiré aquí, pero habrá que llamar a la puerta.


Estoy muy cansada de que unos se aprovechen de otros (y soy consciente de que no soy la única) y me siento impotente por no poder hacer nada, crear un listado público de plagistas o algo así, apra que nadie le reconozca ningún mérito excepto el de saber usar el ratón para seleccionar, copiar y pegar.

Gracias a todos.


miércoles, 27 de agosto de 2008

ABISMO

Afectos extraños que crecen arraigados al asfalto como una margarita y que el viento no consigue arrancar. Amor silvestre y desordenado qué se abre en flor delicada en la intimidad de un beso.

Lagartijas ociosas al sol con pereza acumulada sobre la pared vertical. Reptiles sinuosos acechando en círculos una presa de apariencia frágil que aún no han conseguido derrotar.

Nunca supo a que huele su pelo, pero jamás olvidará el roce suave de sus labios sobre sus pétalos.

Terminará sola, con el salitre golpeando su talle y conspirando bajo sus cimientos... pero ¿Acaso no es ese el precio por vivir al borde del precipicio anclada a una roca sin vida?

lunes, 25 de agosto de 2008

HALLOWEEN


Pues tampoco me quedan tan mal las trenzas, después de todo... pienso mientras contemplo mi reflejo en el espejo. Nunca consigo que no me salgan esos dichosos rizos... no sé como se lo haría mi madre para que me quedasen siempre tan prietas, menudo arte, porque lo que es a mi, A ver, ahí están esas malditas pecas, míralas ellas que simpáticas, en plena nariz... bueno, yo creo que con un poco de maquillaje se disimulan. Pues tampoco estoy tan mal con estas dichosas trenzas, creo que me favorecen, aunque después de todo mi pelo ya no es tan panocha como antes, con el tiempo ha ganado un tono más rojizo... o tal vez ha perdido un tono más naranja; bueno que más da, tampoco esta tan mal. ¿De quien sería la idea de celebrar un baile de disfraces temáticos para Halloween?. Desde luego, es que encima son complicados, ni más ni menos que de niño pequeño, con foto incluida para comparar... este Julián nos mete en cada lío.

Mi traje es precioso... no sé si era más bonito antes o ahora, pero lo cierto es que entonces era precioso, recuerdo que me pase un día entero llorándole a mama para que me lo comprará y dos días mas para que me lo dejase poner el día de la feria. Era a cuadritos naranjas y blancos, pequeñitos (lo que me ha costado encontrar una tela parecida, todo eran cuadros grandes de mantelería de mama) el pecho tenía un escote cuadrado precioso, creo que ahora se llama escote francés... como avanzan las modas y como retroceden, tenía un encaje alrededor de puntilla blanca, de tela de algodón, que también continuaba si dibujo haciendo un corte bajo el pecho, bueno bajo el pecho imaginario... y las mangas... me encantaban esas mangas de princesa, bombachas en el hombro y cerradas justo debajo de la axila, con su puntillita entrecalada en la tela. Lo que más me gustaba era la falda, era amplia y por debajo de la rodilla, y tenía esos pliegues a medio hacer al salir de la cintura, que le daban esa vaporosidad con la que yo la agitaba contenta, y daba vueltas y más vueltas mientras la falda se convertía en una campana a mí alrededor. Me gustaba también porque era larga y cubría todas las cicatrices y moretones que siempre me acompañaban (claro, si jugase con las niñas en lugar de con los bestias de los niños)Me sentía la chicha más bonita de todas... de hecho me sentía una chica y no un mari macho, que era lo que normalmente parecía.

Este me ha tocado coserlo a mí, cualquiera encuentra un vestido de niña de la talla 42 y lo peor de todo es que no soy muy mañosa, me he pinchado como cuatrocientas veces, y todo por no pedirle a mi madre que me echara una mano; me he acordado de Julián y de toda su familia una decena de veces, pero al final, después de todo, no ha quedado tan mal... eso sí, la falda esta vez es un poco más corta, que una esta en edad de merecer y lucir las piernas.

Recuerdo que el día de la feria mi madre me hizo mis dos trenzas, largas y apretadas, perfectamente simétricas y parejas, no como esas dos mini coletillas que llevo hoy, y me puso dos cintas juntas, una naranja y una blanca, en cada trenza, atadas y rizadas, sin lazo (que eso era muy antiguo, me queje yo) y me puso unos calcetines blancos, impecables, de esos de domingo; Además me compro un bolso preciosísimo... era como esos que se llevan ahora de ganchillo con la flor de maría bordada, p ero el mío era de charol, ¿Todavía se harán cosas de charol? Era blanco, muy pequeñito y llevaba una cuerda que hacía que el bolso me quedase larguísimo, casi a la altura de las rodillas; el cierre era un botón de clip, lo más moderno del mundo, le dije yo a mi madre, de color naranja, y el bolso llevaba todo alrededor un ribete de plástico de color naranja muy clarito, aunque no recuerdo bien si estaba cosido o grapado. Lo mejor de todo fue que mi madre me dejo ponerme los zapatos reservados para las grandes ocasiones, que eran de charol negro brillante e imitaban a los que llevaban las señoras pero sin tacones, poco chula y orgullosa que iba yo el día de feria.

¡Ay va, los zapatos! Aún voy con las botas altas y me temo que me echarían de la fiesta, una de las condiciones indispensables es estar perfectamente ambientada con el tema. Es una suerte que las modas vuelvan una y otra vez, no me ha resultado difícil encontrar unos zapatos negros con ese corte clásico de zapato de salón, con su cinta sobre el empeine, pero con esos tacones de escándalo que tanto me gustan. ¿Dónde los deje? Ah si... aún están en su caja, al pie de la cama. Voy corriendo a la habitación mientras voy bajándome la cremallera de las botas... voy taradísimo, le pego un patadón y una de ellas salta por los aires, la otra se me atasca y consigo quitármela justo en el quicio de la puerta. Me dejo caer sobre mi cama y de repente todo a mí alrededor se vuelve oscuro.

Estoy sentada en mi camita, tengo de nuevo seis años y mama me esta quitando mis zapatos nuevos, porque el día de feria se ha acabado y tengo que irme a dormir.

Un ratito más, mama. Ya es muy tarde, me dice ella, además me habías hecho una promesa, si te dejaba ponerte el vestido nuevo esta noche serías buena y te irías a la cama pronto. Era verdad, y yo presumía de no faltar nunca a mis promesas.

Y no me puedes dejar la luz encendida un ratito, mami. Insistí de nuevo. Además me tienes que contar un cuento.

No te preocupes Alba, venga... y con sumo cuidado acabo de desvestirme y ponerme el camisón, mientras yo intentaba retenerla, contándole historias de las cosas que me habían pasado en la feria, como lo de aquel niño rubio, que antipático, me había sacado la lengua, me había llamado repipi y me había propinado un tirón de pelo. Pero la inevitable y temida despedida llegó y mi madre me estira en la cama y me cubre con las dos colchas; Como me gusta esa de cuadritos de colores que mi abuela había tejido hace tanto tiempo, los flecos me hacen cosquillas mientras duermo y cuando no consigo dormir juego con sus puntas y las enredo. Mi madre me acaricia el pelo y mete sus dedos entre los mechones aún marcados de mis trenzas, me sonríe y me da un dulce beso en la frente. Se levanta y en la puerta, me dedica una última sonrisa y la misma frase que recuerdo de todas las noches “Dulces sueños cariño”. Apaga la luz y cierra la puerta.

Saco mis manitas de debajo de las sabanas, mama siempre las mete por debajo del colchón para que no las deshaga mientras me remuevo. Busco los flecos... los cuento empezando por una punta hacía el centro... Un, dos, tres, cuatro, cinco... doce, este es el de color rojo. Repito la misma operación desde el otro lado, este es el azul, los aprieto fuerte y con los ojos cerrados empiezo a rezar “Jesúsito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto que te doy mi corazón, tómalo, tuyo es, mío no...” y en el Amén abro los ojos pensando, confiando, en que ya estoy preparada. Pero no es cierto.

En la oscuridad puedo distinguir su sombra en la pared. Tiro de los flecos hasta que consigo metérmelos en la boca, así seguro que no gritaré. A mama no le gusta que le despierte gritando por la noche, dice que ya no soy una niña. Puedo ver perfectamente su sonrisa malévola, por debajo de su nariz roja, una sonrisa enmarcada en un gran circulo blanco que estoy segura que es la sobra de los dientes que esconde debajo. Los pelos que se escapan por debajo de su sombrero... ¡Ay Dios mío! Son de color naranja y seguro que cuando se enfada echan fuego. Sus manos... ya no están cerradas, ahora son dos garras que le nacen desde el cuello, curvadas y amenazantes, preparadas para atacarme en cuanto cierre los ojos. Pienso que si no aparto la vista de él, que si no dejo de mirarle un solo instante, no se moverá.

Me pican los ojos, sé que es de no pestañear, sé que si los cierro un momentito, un instante pequeño, dejaran d escocer... pero entonces él aprovechara ese segundo para abalanzarse sobre mi cama. Lo tiene muy fácil con esas piernas tan largas.

No puedo más. Empujo con mis piernas flexionadas para deslizar mi cuerpo debajo de las sabanas, despacito, sin hacer ruido, para que no adivine mis movimientos. Cuando estoy completamente debajo de las sabanas me muevo lentamente hasta acurrucarme a los pies de la cama, en posición horizontal. Ahora estoy segura de que si cierro los ojos y salta sobre mí no me encontrará, así que cierro los ojos fuerte, muy fuerte, durante mucho rato, para que luego pueda aguantar más tiempo con los ojos abiertos.

Ya esta, ahora trepare hasta la cabecera y sacaré poco a poco la cabeza. Primero aparece mi maraña de pelos revueltos y después los ojos... esta ahí, aún no se ha ido. No podré dormir en toda la noche... sus ojos son grandes, grandiosos, y siempre están abiertos, nunca deja de vigilarme.

Me quedo quietecita e intento no hacer ruido, pero uno de los flecos me hace cosquillas en la nariz. Así no podré ser fuerte, no podré aguantar despierta. Me acuerdo de repente de aquel niño rubio... seguro que eran amigos, seguro que veía el miedo en mis ojos y por eso se reía de mí.

Se esta moviendo... De verdad, se esta moviendo, veo como agita sus piernas largas y huesudas... Se esta preparando para echarse encima de mí. Por favor Por favor, Jesúsito sálvame... No sé que hacer, no puedo quedarme aquí quieta, seguro que me encuentra.

Me imagino en un instante todo aquel cuerpo largo y flexible abalanzándose sobre mí, sus garras finas y puntiagudas clavándose en mi cuerpo y su boca, que seguro que se abre como un agujero negro... sus dientes son blancos y afilados y arañan en un segundo las sabanas... su nariz roja empezara a brillar loco de contento y de su pelo saltaran espumarajos de fuego que me quemaran los ojos.


Si soy rápida y salgo corriendo... No hay tiempo para pensar; salgo disparada de la cama, me tropiezo con uno de mis zapatitos, abro la puerta y con gran revuelo atravieso el umbral... en el comedor hay luz, empujo la vidriera y veo a mi padre en su sofá, fumándose un gran puro.

Papa, papa, papa, papa... y me tiro en sus brazos a explicarle que en mi habitación hay un monstruo muy feo que todas las noches viene a visitarme, pero que esta noche, esta noche el monstruo que es muy malo, malo de los de verdad, tenía mucha envidia por lo bonito que era mi vestido nuevo y ha querido comerme.

Mi padre me coge en brazos... soy tan ligera y se está tan a gusto allá arriba, calentita y protegida, que casi, por un momento, me olvido del monstruo de pelo naranja que habita en mi dormitorio. Entonces mi padre se dirige ala habitación y yo le digo “No papá, por favor, déjame quedarme contigo un ratito más" Y mi padre muy serio, con su voz ronca, pero con esas arruguillas en sus ojos que yo ya sé que quieren decir que esta contento, que se sonríe pero como por dentro, me dice “No te preocupes Babita, que ahora tú y yo echamos al monstruo” Y entonces, orgullosa como una heroína de película, me dejo llevar.

Justo cuando estamos delante de la puerta de mi habitación, que yo he dejado abierta de par en par, me entra un miedo terrible y vuelvo la cabeza. Mi padre huele tan bien y yo no quiero ver otra vez al monstruo.


Mi padre enciende la luz y la habitación se inunda con ese cálido misterio que es para mí la claridad y los colores.

Mira Babita, ves... y me señala mi percha de peluche, es un payaso con una preciosa sonrisa, con su nariz redonda y roja, con sus pelos de color naranja y su sombrero azul, de su enrome cabezota salen dos perchas de color rojo que acaban en dos bolas redondas y suaves de color azul. Colgados de esa percha están mi bata, la que tiene dibujados ositos de color lila y mi vestido nuevo, el que acabo de llevar a la feria. Mi padre me deja en la cama, suavemente me vuelve a tapar y esta vez no mete los bordes de la sabana por debajo del colchón como hace mama. Me besa y me dice “Buenas noches Babita” Que bien, mi padre nunca me da las buenas noches, pienso mientras le sonrío. Quita del perchero mi bata y mi vestido, en silencio apaga la luz y cierra la puerta.

Al día siguiente el payaso desapareció de mi habitación.

Y estoy otra vez en mi cuarto, sudando y respirando de forma agitada sentada en mi cama de dos por dos... ¿Por qué me compraría una cama tan grande? Nadie imagina lo eternamente mal que lo acabo de pasar. Ya no tengo ganas de ir a la fiesta, tan sólo tengo ganas de ir a casa de mis padres, descubrir que mi padre sigue ahí, como siempre, sentado en su sofá de orejas fumándose un gran puro, sentarme encima suyo (si, todavía lo hago) y sentir que siempre estará ahí para solucionarlo todo. Mientras retrocedo uno a uno todos los pasos, empiezo a quitarme los zapatos negros, a deshacer los lazos de mi vestido naranja, a desenredar las trenzas y lavarme la cara para que desaparezcan los dos círculos rojos que había pintado, pienso con mucha mala leche mientras froto enérgicamente le dichoso pintalabios... ¿A quien coño se le habrá ocurrido importar esa ridícula y estúpida fiesta de Halloween?.

domingo, 24 de agosto de 2008

NUBES



Tocar el cielo con la punta de los dedos, rozarlo, hundir la yema en las nubes llenas y esponjosas, fundirse en ese inmenso paraíso azul, blanco y verde. Volverse etéreo, diluirte entre el vapor henchido. Silencio envuelto en el susurro del viento. Felicidad absoluta.

Estas vacaciones, he estado tremendamente cerca del cielo.

Gracias a todos por los deseos.

(Se acabaron, que jodido)

jueves, 31 de julio de 2008

POR FIN!!



Pues eso, que vamos que nos vamos.... yo espero disfrutarlo al máximo y espero que hagáis lo propio. Lo que se suele hacer en vacaciones, lo qué os de la gana.

Eso es lo que pienso hacer yo, ni más, ni menos. Hacer exactamente lo que me apetezca en cada momento, sin horarios ni calendarios.

Sí, es posible que también me apetezca escribir y es posible que si las circunstancias ‘técnicas’ lo permiten pueda colgarlo.

Y si no... nos vemos en Septiembre, como cuando los cates, qué siempre tiene su encanto.

Reparto de energía positiva y besos cariños. Razón Aquí , de vacaciones.

jueves, 24 de julio de 2008

¿NUNCA?

‘ Nunca serás feliz’

Sentenciabas mientras yo te dejaba tras esa puerta.

Aún hoy, cuando las cosas van mal, no hay jodida ley de Murphy qué valga, tus palabras vienen a mí como si fuese una maldición escupida desde un pozo negro de rencor, como si, después de todo, todavía pudieras hacerme más daño. Como si haber cerrado aquella puerta fuera un doloroso gesto inútil.

Entonces me enfado conmigo misma por permitírtelo, por permitírmelo... y, extrañamente, todo cobra sentido y la maquinaría se pone en marcha como si los engranajes sólo necesitasen un poco de aceite para volver a funcionar. Poco a poco, todo vuelve a su lugar.

Ya ves, después de todo, incluso en eso te equivocaste.

miércoles, 23 de julio de 2008

LA NIÑA AZUL

No soy OTeista... pero soy de emotividad blanda y lágrima fácil, vamos, de llorar a moco tendido con una solidaridad incomprensible por las emociones ajenas, sean del calibre y/o tipología que sean.

Ayer hice una excepción y me quedé a ver la Gala. Ganó Virginia y yo lloré emocionada, intentando contener la congoja (y las lágrimas) en extraños hipos ‘sorbidos’ (cómo si a alguien pudiera importarle lo que yo haga en el sofá de mi casa) mientras reía estrujando un cojín como si fuera mi llanto.

No conseguía definir el origen de esa emoción... pero estoy acostumbrada y me dejé llevar.

No soy OTeista, pero ayer, Virginia y OT me emocionaron.

Enhorabuena Senador.

martes, 15 de julio de 2008

CONJUNCIÓN


Han transcurridos sólo algunas horas y mi cuerpo todavía reacciona con corrientes húmedas inundando mi vientre al pensarte.

Mordía tu piel buscando esos gemidos, provocando pedazos de delirio sin control, persiguiendo quimeras a mi antojo por tu cuerpo desbocado. Me guiaba el deseo, tu deseo entrelazado al mío.

Engullo tu sexo y lo siento crecer entre mis labios, hincharse acompasado a los vaivenes de mi boca.

Sobre ti, a horcajadas de tu deseo te clavo lentamente hasta que desaparecen los espacios.

Tomo tu mano, chupo tus dedos uno a uno, lamiendo despacio, empapándolos de mí, relamiendo glotona y sintiendo los envites de tu pelvis que buscan desesperadamente abrirse camino entre mis muslos. Los guío, resbalando por mi piel, descendiendo entre mis pechos hasta hacerse un sitio entre mis piernas y tu miembro, en el vértice angular que trémulo te espera.

Cabalgo marcando el ritmo, todos los ritmos, dominando las melodías. No permito las distancias, no acepto los cambios. Ahora no, no hay concesiones.

Aprieto tus manos hundidas entre mis labios, rozándome hasta arrancarme un gemido roto que enlaza con tus jadeos.

Despacio y victoriosos, se alzan a la par en esa extraña conjunción que a veces sucede... hasta hacerme llorar, derretida, desarmada...