domingo 28 de junio de 2009

VIEJOS DUELOS






Algunos días me paseo por la casa
con esa tristeza mía que a ti tanto te extraña,
la mirada ya no es verde sino gris y arañada
y en la boca todos los silencios de la madrugada.

Algunos días cuando se me olvida
que el mundo es mundo y todo gira
me tropiezo con tus ojos preocupados
y me atrapa el recuerdo de unos besos.

Algunas veces cuando me envuelvo
cuando cierro las puertas y me pierdo,
me entrego dulce a mi oscuro destierro
y tú me esperas rondándome con celo.

Y esos días en los que soy lejana,
en los que soy hermética y cerrada
cuando te asusta tanto mi despego
es porque aún me pesan viejos duelos.


sábado 27 de junio de 2009

PENÉLOPE





Soy Penélope, esperando a un Ulises que jamás regresará a Itaca.

La misma que espera en el andén ese tren que ya no se detendrá.
Promesas sobre papel mojado que ocultan la mentira cobarde.

Palabras de amor entre vapor etílico que se evaporan en la resaca del olvido,
dejando paso al eco del pasado que retumba vacío como la voz de un fantasma.

Soy la estúpida que espera la respuesta de un necio y,
olvida,
que los necios, nunca tienen respuestas.



domingo 14 de junio de 2009

RETAHILA DE AMANTES IV


JESUSITO EL VIRGINAL


Jesús era un auténtico encantador de serpientes, un embaucador profesional que le hubiese comprado su alma al mismísimo diablo y encima bien de precio. Sus palabras me derretían como chocolate ‘founde’ entre sus dedos y a veces pienso que hubiese obtenido de mí lo que quisiera.

Era virgen. Lo cual, me resultaba atractivo y excitante. Pero mientras más excitación me producía la idea más excitado se encontraba el interlocutor. Y ya se sabe que un virgen sobre excitado es una pistola cargada preparada para disparar a quemarropa.

La primera vez, tras unos pocos (bastantes pocos) besos apretados la excitación de su entrepierna era palpable incluso a simple vista, por las manchitas que se instalaban en su bragueta. En cuanto mi mano se poso sobre ella con la intención de liberarla y bajar la cremallera, lo que quedó liberado fue el gatillo, y el pistoletazo de salida lo inundo todo en un disparo certero contra sus pantalones, dejándolo más abochornado que satisfecho.

‘No pasa nada’ le susurré melosa en el oído mientras continuaba desnudándolo, tratando de evitar pringarme. Lo senté en la cama y me desnude para él, comprobando su rápida recuperación para cerciorarme de que estaba preparado.

Pero cuando me acerqué a él para ofrecerle mis pechos y que jugueteara un poco, un leve roce de mi rodilla contra su miembro enhiesto provoco una nueva eclosión lechosa entre mis pantorrillas.

Volvió a sonrojarse y una parte de él quería ponerle fin a esa vergüenza mientras otra no podía resistirse a manosear mis senos cerca de su boca. Pensé que había desalojado el cargador, pero tan rápido como estalló se volvió a hinchar. Le rodeé con mis brazos y le incliné hacía atrás poco a poco, permitiéndole que abarcara aún así mis pezones entre sus labios y me decidía a montarle.

Resulta complicado atinar cuando quien dirige no tiene el punto de mira centrado, pero con más paciencia que una santa, rodee el aparatito con mis manos y lo guié, por fin, a donde hacía un rato le estaban esperando.

Pero en cuanto se encontró en la cavidad húmeda y caliente volvió a derretirse sin remedio, sin apenas una leve embestida, sin asomo de placer (para mí) por ningún lado.

Superado al final todos los descargas sorpresas, con un par de intentos más, consiguió mantenerse dentro el tiempo suficiente para compensar el tiempo invertido.

Cuando salvamos el escollo de su virginidad, Jesusito, me tenía preparada otra sorpresa. Era adicto al porno desde muy temprana edad y prometía un cúmulo de placeres insospechados y de ‘cosas’ que nunca nadie me había hecho.

Lo que terminó por ser un mete-saca sin fin en un interminable kama sutra inacabado.

Hacer el amor con él era como estar orquestando un baile perfectamente calculado.

‘A ver, abre esa pierna para allí, túmbate así, de ese lado. Espera, a ver si desde aquí alcanzo a tus pechos. Sí... mmm... a ver’ Y la metía, claro que la metía. Un, dos, tres, cuatro y a lo sumo cinco empujones y la volvía a sacar. Me apartaba, me movía, reorganizaba mis piernas, opinaba acerca de si desde esa posición su lengua alcanzaba mi culo y empezaba otra vez, un dos, tres, cuatro... y cuando le estaba empezando a pillar el gustillo a la posturita volvía a sacarla de nuevo. Me pedía, me ordenaba e incluso me preguntaba antes de volver a penetrarme. Para sacarla en un par de embestidas. Daba golpes en mi clítoris mientras su cabeza se elevaba en un estado casi místico de excitación extraña que yo no comprendía, hasta que tenía que inclinarme para decirle ‘Jesús, puedes parar por favor, que me estas haciendo daño’ con voz de quien pide la tanda en el mercado. Y todo ello, por supuesto, sin perder la compostura, ni mucho menos, la postura.

Total, así no había quien consiguiera tener un orgasmo, entre posturita y parloteo, entre el mete y saca, siempre a destiempo y antes de hora.

Me aburría. Y me dejaba insatisfecha. El sexo, en lugar de divertido y placentero, terminó por ser monotemático e insatisfecho. Porque practicar el kama sutra esta bien, es divertido, innovar puede ser realmente apetitoso... pero realmente, lo importante de todo, es que haya algún que otro orgasmo entre medio, más que nada porque eso de disfrutar del sexo y tal.

Y es que las pelis porno son una cosa y follar, otra totalmente distinta.


jueves 4 de junio de 2009

INVITADA INESPERADA


Me invito a cenar y ante mi reticencia a nuestra tercera cita, me regalo los oídos con palabras ahuecadas en almohadones de elogios e insinuaciones vedadas, con la promesa de manjares exquisitos, exóticos y afrodisíacos servidos para el deleite de mi paladar y de mis ojos en las más sugerentes fuentes.

No sé que me sedujo más si esa forma suya tan hábil de manejar la lengua ( y era un experto en el más amplio significado) y la sonrisa lasciva que esa idea provoco, o la atractiva y seductora sugerencia de saciar todos mis apetitos.
Aquel hombre, un portento en muchos sentidos, me resultaba intrigante. Si bien era cierto que su madurez le confería por derecho la experiencia, la suya era tan amplia y tan exquisita que no dejaba de sorprenderme y despertar una sincera admiración. Sus modales elegantes, su léxico cuidado y su conversación rica en matices, y su conocimiento profundo e intenso del cuerpo femenino, incluyendo recónditos territorios que había convertido en parajes eróticos de mi anatomía desconocidos hasta entonces.

Me presente con el retraso preciso y provocado para acusar una dulce espera. Para la ocasión había mimado cuidadosamente mi aspecto y dado que la apacible temperatura lo permitía había reducido mi indumentaria a un vestido blanco que imitaba el diseño de una gabardina, con un amplio cuello y generoso escote, cruzado por delante sobre mi cuerpo y atado con una cinta alrededor de mi cintura, sin botones ni corchetes, ni ningún otro aparatoso interruptor que detuviera el tiempo de estar juntos; terminaba el adorno con unas sandalias planas blancas y nada más... absolutamente nada más que se interpusiera en mi camino, ni pendientes, ni gargantillas, ni ropa interior; incluso el vello más intimo había sido eliminado para la ocasión.

Sonrisas de pleitesía, saludo breve y pasos firmes y decididos en dirección a la inmensa sala. Nada más entrar y cerrar tras de sí la enorme cristalera que aislaba la estancia introdujo sus dedos en mi cinturón y me atrajo hacía él para inundarme con un beso profundo y arrebatador, con ansia inquisidora y posesiva, hambriento de semanas en lugar de horas. Un beso de esos en los que las distancias desaparecen y consigues fundirte sin necesidad de nada más. Sin manos buscándose, ávidas atravesando y confundiendo los sentidos. No me excito el beso, sino la necesidad urgente, la voracidad acuciante que implicaba.


Al separarnos no pudimos evitar la sonrisa cómplice y sincera, la mirada directa, reconociéndonos y aprobándonos, sabiéndonos libres en el tiempo y comprometidos en el instante... tampoco pude evitar que el mismo dedo que forzó nuestra proximidad causará por accidente mi desnudo, al separarnos y estirar involuntariamente del cinturón (¿involuntariamente?). Mi vestido se abrió en dos líneas paralelas que se entreabrían brevemente dejando al descubierto la redondez de mis pechos plenos, el descenso de mi vientre plano, mi ombligo pequeño y ovalado y la línea bien dibujada que anunciaba el nacimiento imberbe de mis hambrientos labios.


Se dibujó la sorpresa en su cara y estallamos los dos en una espontánea carcajada, una risa fresca y natural que relajo el ambiente.


Sin dejar de sonreírnos divertidos y con la mirada puesta uno en los ojos del otro coloco un dedo en mi barbilla y me empujo ligeramente hacía atrás, hasta dejarme acorralada entre la puerta a mis espaldas y su cuerpo bloqueando el mío. Me beso en la barbilla mientras sus manos se deslizaban lentamente entre mi vestido y mi piel, sin mover un ápice la tela, rozando levemente la piel con la yema de los dedos, apenas un arañazo suave, tenue, conciliador, bordeando mi cintura desde el ombligo hasta mi espalda.


Volvió a enfrentarme la mirada y me atravesó transparente y luminoso el gris aterciopelado de sus ojos. Lo encontré tan distinto a nuestro anterior encuentro, relajado, desnudo del alma, entregado y necesitado de mí. Como un extraño, un correcto desconocido que se maravilla ante tus ojos y a la misma vez como un viejo amante, perfectamente conocedor del tamaño y la textura de mi piel. Se arrodilló y hundió la cabeza en mi vientre, sentía sus párpados cerrados sobre la piel de mi estomago y me emocioné como debían hacerlo las Diosas en sus altares con miles de siervos postrados a sus pies, acaricie su cabeza y enrede mis dedos en su cabello. Empezó a besarme lentamente, alrededor desde el hueco de mi ombligo, con la boca húmeda de pasión y hambre, con la lengua punteando cicatrices de placer en mi piel.


Entonces la vi, detrás del panel entreabierto que daba paso a la cocina, con los ojos bien abiertos, con asombro y una expresión anhelante de curiosidad, apenas una chiquilla con ese cuerpecillo a medio hacer entre niña y mujer, de piel blanda y curvas que aún son insinuaciones, meros augurios de voluptuosidad convexa. Sus labios llenos y sonrojados se abrían húmedos y su respiración agitada elevaba con cadencioso vaivén su escueta camiseta. De repente me sentí terriblemente excitada ante la idea de ese vouyere inesperado, que entre inocente y lascivo contemplaba la escena.


Empuje la cabeza que danzaba en mis caderas hacia la humedad palpitante que sentía en mi entrepierna y obediente cedió a mis impulsos, abriendo con su lengua la raja inmaculada, siguiendo con esa prolongación de su boca el camino vertical hasta colocarla como bandeja entre mis piernas y con pequeños lametones incitar aún más la lluvia de pasión que desencadenaba mi cuerpo, para luego succionarla con fruición. Se me escapo un gemido y abrí mis piernas para sentir sus labios sobre los míos mientras su lengua exprimía mis entrañas.


Observe a aquella menuda invitación a mujer, sus mejillas sonrosadas, su respiración agitada, su boca entreabierta y su mano que se acariciaba de forma inexperta el vello púbico, enredándose, lenta y torpe, y, de algún modo, quise darle placer con mi placer, sobreexcitada con su imagen.


Rodeé la cabeza de mi amante con una pierna, para entregarle mi fruto en toda su plenitud, para hacerle llegar a cualquier parte, a todas partes, y con esa misma pierna oprimí fuerte su cuerpo contra el mío.


Su lengua, extrema e insaciable se dirigió a la desembocadura rosada aún sin explorar para inundarla con su saliva, introduciéndose lentamente hasta notar como palpitaba afanosa, su nariz seguía los movimientos sinuosos de la lengua entre mis labios y de tanto en tanto su boca regresaba a ellos para chupar jugoso el néctar que resbalaba por mis piernas, relamer las gotas entre mis ingles y retroceder de nuevo a su guarida. Mi espalda se arqueaba sobre si misma y mis piernas se convulsionaban sacudidas por olas de éxtasis prohibido. Sus manos se deslizaron, con codicia hasta mis glúteos, aprisionándolos con glotonería.


Entre la vorágine de sensaciones que nublaba mis sentidos y mi vista alcance a descubrir a la muchacha, que había abierto totalmente el panel y sin tapujos estaba sentada, con las piernas flexionadas y abiertas, el culo sobre el frió mármol y su temprana flor de par en par, sus dedos se agitaban frenéticos en su interior, sacudiéndose al mismo ritmo que su pelvis se elevaba y su trasero golpeaba el suelo, se detenía tan sólo para relamer su propio dedo y volver a introducirlo en un rápido movimiento. Nuestras miradas se cruzaron pero no se detuvo, desvergonzada y desinhibida mantuvo la mirada. Paseé mi lengua por mis labios, incitándola, provocándola. El orgasmo nos sacudió a las dos al mismo tiempo, el mío violento primero y controlado después, acompasado al lento movimiento que la boca que había olvidado entre mis piernas seguía perpetrando desairados lametones entre mis paredes... el de la muchacha irrefrenable y brusco le sorprendió con el final abrupto y exhausto.



jueves 14 de mayo de 2009

LAS MANOS


Estamos en esa época del año en la que, al contemplar mis manos, no parecen pertenecer a la misma persona y puedo contemplarlas como a dos desconocidas, a pesar de la familiaridad que hay en el tacto.

La izquierda luce ya un tono tostado por el sol mientras la derecha conserva aún cierta palidez invernal.

Pero, no pienso renunciar al vicio de conducir con la ventana abierta por ello y, por descontado, no voy a plantearme conducir un coche inglés.

Contemplarlas, con esta nueva perspectiva, me hace ser consciente de ellas y también de su importancia.

Mis manos son pequeñas. No cabía esperar otra cosa de mi metro y medio, no albergan unas manos grandes pero, supongo, que siempre envidié los dedos de pianista de mi hermana, largos y delgados, tal vez por ello, un buen día en el que mi padre cejó en su empeño para que dejará de morderme las uñas yo decidí llevarlas largas por propia voluntad.

Algunos lunares dispersos de forma indisciplinada por el dorso, un anillo en la mano derecha y pocos aditivos más, ni siquiera me pinto las uñas.

La piel es suave y, sin embargo, su aspecto no es para nada frágil.

El dedo corazón de la mano derecha, a pesar del tiempo que hace que no escribo “a mano” conserva los vestigios de un pasado estudiantil en el que tomaba apuntes y escribía diarios.

Mis manos son mi vida. Son un mapa de lo que he vivido. Lucen cicatrices, ambas con el mismo orgullo, de mi paso por el mundo, de mis aventuras, de mis desventuras, de lo que he vivido y, probablemente, lleven la marca de lo que aún me queda por vivir.

En ellas, sin demasiado esfuerzo, se puede leer mi pasado. Son tan conscientes de todo lo que me sucede y se encuentran tan implicadas en mí y mis emociones, que cuando sufro son las primeras en ser cómplices de mi dolor y las encargadas de transmitir y exteriorizar lo que siento.

Mis manos son vida. Son capaces de hacer grandes prodigios y pequeños milagros cotidianos.

Son ellas las que convierten mis pensamientos en palabra escrita. Ellas las que consiguen transformar mi amor en caricias, las que convierten en ternura un gesto, las que deslizan placer por la piel hasta atravesar los sentidos, las que dan la vida a quienes amo en cada instante, en cada roce fugaz e incluso en esos pequeños momentos en los que se mueven creando para ellos y aparentemente no les ofrecen nada.

Mis manos son muy importantes para mí. Significan mucho y representan muchas cosas que amo.

Mis manos significan vida.

¿Cómo son tus manos?


martes 31 de marzo de 2009

EL PERRO DEL HORTELANO


- Si ya no me quieres, me buscaré a quien sí lo haga.

- Si encuentras a alguien, volveré a quererte.


miércoles 4 de marzo de 2009

SI NO EXISTIESES





Si no existieses te inventaría de nuevo,
con la misma ternura con la que entraste en mi vida,
suave y sereno, dulce, tibio y etéreo,
con el mismo calor que me inundaste un día.

Si no me amases, te soñaría entero,
para adorarte e idolatrarte como hoy te tengo,
Si no me encontrases, atravesaría el infierno,
hasta tenerte entre mi cuerpo como te sueño.

Si no te hallase al final de mi sendero
encontraría la manera de trazarlo de nuevo
de arrancar las piedras que hay en el lindero
hasta hacerte brotar como salvia y veneno.

Si al nacer el nuevo día no estuvieses en mi lecho
fraguaría en el sol hiriente tu cuerpo a fuego
concebiría la forma de cada recoveco de tu pecho
para enredar en él las horas que sin ti han muerto.

Si en las noches de mis días no florecieses
imaginaría la manera de volver a tenerte
encontrando en cada hoja marchita e inerte
la sonrisa de tus ojos y tus besos aun latentes.

Si en el lento vaivén de las olas de mi tiempo
no aparecieses para arrancarme de mi destierro
descubriría en la marea esa luna y ese viento
que traerían a buen seguro tu velero a mi puerto.

Si entre las palabras que se escapan de mi boca
no se escondiese en cada una de ellas tu nombre
apesadumbrada pensaría que es peor que estar loca
sino forjar con todas ellas de arcilla a un hombre.

Si no existieses te inventaría de nuevo
te imaginaria tal como hoy te siento
descubriendo en cada pensamiento
como es amarte y tenerte al tiempo.


domingo 22 de febrero de 2009

LAS OTRAS


Me gusta pensar en ti cuando no estas conmigo.

Forma parte de nuestro tácito acuerdo no hacer preguntas, y mantenemos esa regla jamás pronunciada sin formular inquietudes ni sembrar dudas. No hay cuestiones que responder, sólo tiempo para devorarse.

Sin embargo, me excita imaginarte con otras.

Enredada en esas sabanas que, en algún momento, han sido testigo silencioso del placer que me arrancas, la ropa interior empapada de deseo que atrapado entre mis piernas se resiste a abandonar tu recuerdo, ese que mis manos intentan remplazar entre jadeos que esconden tu nombre.

Conjeturo si ellas llevaran su mano hacia tu bragueta como hago yo, descarada y codiciosa, sin apartar mi mirada glotona de tus ojos, mientras te arrastro para hacer que me arrincones manteniendo firme la caricia en tu miembro.

Imagino como serán esos besos que buscan otra boca, si los asaltaras con la misma urgencia, si tu lengua se introducirá violenta como haces conmigo, socavando toda la humedad que retengo para ti, si morderás esos labios y buscaras la comisura con presteza para empezar un nuevo torturador recorrido. ¿Las agarraras de la nuca? ¿Te enredaras en su pelo? ¿Extenderás los mechones?

Pensar en tus manos, en esos dedos largos y masculinos, y preguntarme si abarcaran otros pechos como hacen con los míos, estrujándolos hambrientos antes llevarlos a tu boca y succionarlos con fruición, dibujando círculos concéntricos que se pierden y se encuentran mientras enervan mi pezón.

Me regocijo ante la posibilidad de que tampoco lleven ropa interior, como hago yo, para que tus dedos se cuelen por la tela del pantalón y rocen suavemente la piel antes de encontrar un resquicio por el que hundirse. Si sentirás la misma necesidad apremiante de desabrocharlos y sentir mi humedad entre tus dedos. Si eso hará que se hinche tu deseo y se endurezca presionando entre mis muslos.

Especulo en ocasiones si te detendrás a lamer su cuello, a enredarte en su nuca mientras la distancia se hace inexistente y los cuerpos se oprimen, buscan acoplarse en un nudo sin fisuras, en envites furiosos que friccionan los sexos hasta hacerlos arder, en tus manos ávidas aprisionando sus glúteos, presionando despóticamente con ese ansia tirana por clavarte en ellas.

Calculo cuanto tiempo tardarás en estallar, si ellas conseguirán llevarte al límite, al borde de la locura donde se pierde el control y sólo existe deseo, necesidad, pasión. A ese punto en el que pierdes la voluntad y la sed te consume, cuando me despojas del pantalón y allí mismo, sin impórtate nada más, me penetras, con furia incontenida, consumido por la avaricia y aplastando mi cuerpo contra la pared y vaciando en mí ese delirio desatado.

Me pregunto si te derrumbaras exhausto y extinguido como haces sobre mí, hundiendo tu cabeza en mi cuello y respirando sobre mi oído, hasta que los suspiros se convierten en besos mojados impregnados de esa ternura tuya, tan exigua, tan efímera, tan arrebatadora que me descoloca y me empuja a decirte un ‘Te quiero’ que retengo buscando tus labios para acallarlo.

Huyes entonces de esa boca que pide más, que busca sexo otra vez para engañar al alma, enmascarar el sentimiento disfrazado de apetitosa lujuria. Te arrodillas y besas mi vientre, mis caderas, mi pubis. Tiras de mi puño, abres esa mano que firmemente aprieto para no descolocarme una vez más, hasta arrodillarme junto a ti y hacerme pequeñita encerrada en tu abrazo.

Me pregunto si ellas se morirán de amor entonces, como me muero yo en ese momento.


viernes 30 de enero de 2009

MAÑANA SERENA



El día amaneció frío y me despertó serena, con el corazón colmado de paz. Saltarina me escape del lecho y te deje dormir; sé cuanto te gusta revolotear entre las sabanas cuando no estoy hasta encontrar ese hueco tibio que antes ocupó mi cuerpo para hacerlo tuyo.


Con la taza caliente en las manos contemplaba ensimismada el albor que traspasaba la ventana, con esos matices que inundan el nuevo día mezclando naranjas y cobaltos en aterciopelado lienzo.


Me atacaste por la espalda, no te oí tras de mí, apenas tuve tiempo de percibir tu aroma inundando con suaves aleteos mi nariz cuando tus brazos ya estaban forjando un cerrado lazo alrededor de mi cintura y percibir tu contacto cálido apretarse contra mí. Aún me maravilla la forma en la que tu cuerpo se acopla al mío, de forma casi perfecta, cómo si hubiesen existido ex profeso para estar juntos. Tu boca reposa sobre mi cabello, tu pecho emplaza con suave estoque mis omoplatos, tu vientre garabatea las hendiduras de mi columna, tu masculinidad late al final de mi cintura allá donde nacen mis pasiones y tus rodillas juguetean con mis muslos en fatal caricia presta a recogerme.


- Que bien te huele el pelo – musitaste mientras depositabas ese fugaz beso matutino en mi cabeza.


- Ah! ¿Sí? ¿Y a que huele? – formule la pregunta aún a sabiendas de tu respuesta.


- Huele bien, huele a ti, siempre es distinto.


- ¿Y a que huele hoy?


Y acercándote a mi oído, de esa forma tan torturadora en la que el aire que exhalas estremece de un solo suspiro mi espalda me susurraste:


- Hoy huele a melocotón maduro que reposa entre hierba fresca y húmeda.

Y yo no sé que me enciende más, si esa forma tan ronca de murmurar, si la presión que tu cuerpo ejerce sobre mi espalda o la tumultuosa sensación que recorre mi espina dorsal... tan sólo siento que, bajo el leve camisón de raso mis pezones comienzan a emerger y noto suave descender corrientes desde mi pecho hasta mi ombligo... quedan varadas, esperando, atentas a tus movimientos de gato parisino.


La taza caliente apretada entre mis manos peligra cuando con familiar gesto recoges mi melena con una mano para descubrir la blanca curva de mi nuca, un beso húmedo y certero me previene, abandona ahora la guerra, no aguantaras el primer asalto.


Tu mano aún se encuentra en mi vientre, reposando lánguida como un descuido breve, descuido que yo sé que no te permites y que hace zozobrar mi estabilidad... noto arder lengüetazos de calor que descienden en olas hacía mi sexo.


- Parece que va a hacer un día frió... podríamos salir a pasear; ya sabes cuanto me gustan las mañanas así.


Intento desviarte, reclamar tu atención en la ventana señalando con mis dedos el furtivo amanecer que se escapa. Por toda respuesta paseas un dedo por debajo de mis tirantes para ayudar en su descenso hasta mis pies, rozando mis brazos, mis manos, mis dedos, mis caderas... acompañándolo hasta el suelo.


Apenas me da tiempo de protestar, de exhalar un gruñido por la exposición abrupta al cambio de temperatura, una de tus manos se apodera de mi pecho con presión armónica, la palma presionando el pezón, los dedos acariciando la suave piel bajo el seno. Tu otra mano estira de mi cuello, arqueándome la espalda y ofreciéndote el blanco perfecto a tus mordisqueos leves, a tus telas de araña construidas en la constelación que forman mi oreja y mi hombro... y un gemido de placer substituye al mohín que tenía preparado.


Desnuda percibo todos los movimientos de tu cuerpo, el cosquilleo que provocan tus pectorales al moverte, los rizos que tienes en el abdomen, después de tu ombligo, que dibujan en mi cintura arcanos de desasosiego, tu virilidad incipiente alojada entre mis nalgas, creciendo y latiendo al mismo ritmo que mi sexo te reclama, con la misma hinchazón que mi pecho presume, con la misma rigidez que mis pezones.


No quiero rendirme aún... aún quiero ser torturada un poquito más, notar cómo resbalan húmedas las sensaciones por mi entrepierna, sentir como mis pezones duelen por querer estallar, percibir la divina presión de tus músculos, el olor de tu cuerpo, el sabor de tu boca en mi piel... aún quiero más.


Y tú, cruel bandido de mis pasiones, me laceras con besos mojados que empapan mi cabeza, tus dedos se hunden en mi boca hambrientos para que yo los devore, tu mano ejerce magnetismos rabiosos entre mis dos pechos, a los que abarca con igual premura... y yo quiero voltearme, enfrentarte y hundirte en mis entrañas, clavado en mi sexo hasta que todo se derrita y se funda.


Mi espalda empieza a cobrar vida, encendida, arqueada sobre tu cuerpo, con trémulos y silenciosos espasmos que la recorren, brindándote en flor de grana mis senos y en orquídea blanca mi garganta... pero tú no quieres lo que yo te ofrezco y tu mano abandona las cumbres sonrosadas que has coronado para descender cual serpiente por las planicies de mi vientre y hundirse cual sutil visitadora entre mis labios sedosos.


Gemidos ascienden a mi garganta y vórtices de placer descienden hacía mi sexo, que apretado y lujurioso se cierne sobre tu mano experta que descubre sin miedo éxtasis nuevos, pintando con mojados pinceles mis tiernas paredes, hundiéndose profundamente para devolverme a la vida, un contacto fugaz con mi clítoris sacude mis muslos.


Entonces, sólo entonces me quieres para ti. Cuando has abarcado todas las posibilidades de magullar mi cuerpo con excentricidades de delicias, con parangones de éxtasis, cuando mis gemidos ya se escapan lujuriosos de mi boca entreabierta, cuando turgente se yergue para tu deleite mi piedra angular, cuando entre mis piernas explotan sacudidas convulsas de embriaguez insospechada, entonces me posees.


Me giras para tener a tu abasto todo cuanto de mí puedes poseer, sin apartar tu mirada de la mía, con esa medía sonrisa en tu boca de fresa madura, tus manos resbalan desde mi cadera y accedes a esa parte de fisura por detrás de la rodilla para izar mis piernas y colgarlas de tu cintura, tus manos se clavan en mis nalgas y me penetras... una sola embestida, firme, rotunda y contundente y siento deshacerse en mi interior la primera derrota. Con movimientos cadenciosos me arrastras por quimeras imposibles, orbitas descomunales, hasta llevarme, al fin, a la perdición.


miércoles 28 de enero de 2009

RETAHÍLA DE AMANTES IV





GREGORIO, EL OSITO AMOROSO
Gregorio era, sin lugar a dudas, el perfecto novio de cuantos he tenido. Valga decir que era el sueño de todas mis amigas, un autentico primor, un cielo... un osito amoroso ideal.


Besaba, de esa forma tan particular... con su boca inundando la mía en sentidos convergentes y divergentes, con formas cóncavas y convexas, besos largos e interminables dibujando una y otra vez mis labios, cosiendo filigranas en mis comisuras, revoloteando entre mis dientes y anexionándose con mi lengua. Nunca se cansaba de divagar entre mis labios con su boca, de dibujar delicados trazos por la piel de mi cuello y explorar con su lengua la orfebrería de mis oídos.


Con Gregorio todo era dulce, largo e intenso.


Pasábamos tardes enteras devorándonos a pedazos de piel descubierta. Con ternura exquisita sus dedos largos acariciaban cualquier retazo de carne, sin sentido ni forma aparente, disfrutando con el contacto electrizante, con la lujuria contenida en ese breve roce inundado de deseos callados, arrumacos perpetuados en susurros anhelantes al oído.


Pero lo que más le gustaba hacer a Gregorio... lo que más me llenaba de Gregorio, era su capacidad y paciencia infinita para desgranar una a una porciones de amor por mi cuerpo y adormecerse placido a mi lado sin necesidad de nada más que ese fugaz e inocente restregón.


Entenderéis que, en los tiempos que corren de desvaríos, cara duras y aprovechados malintencionados, era raro encontrar un hombre con tanto respeto, sin prisas ni agobios por su parte.
No era de extrañar que, Gregorio, me tuviera siempre como unos huevos batidos al punto de nieve, como unos espaguetis al dente, como una vaporetta lista para eclosionar en las cortinas...


Siempre me tenía ahí, excitadísima, con ese punto de humedad inagotable entre mis piernas, el leve temblor anunciándose en la cara interna del muslo... pero el sexo no llegaba, la culminación, el éxtasis, el afamado y glorificado orgasmo se convertía en algo tan deseado como aparentemente inalcanzable... porque claro, a una eso del respeto le llena de orgullo pero llega un momento en el que lo que quiere es sexo, ni más ni menos que un buen polvo y tanto respeto me estaba supurando por las orejas.


Una tarde de arrumacos en el sofá de casa decidí tentar a la suerte. Los dedos de Greg circundaban mi ombligo y entreabrí mis piernas mientras disimuladamente me remangaba la faldita, dejando a la vista mi pubis liberado de cualquier prenda interior. Su mano viajó hasta enredarse entre mi vello, su dedo anular se hundió penetrando por la humedad que habitaba en mis labios y recorrió los pliegues hasta encontrar la piedrecita dura y ostentosa, mientras su dedo corazón prodigaba caricias electrizantes por la cara interior del pubis. Mi respiración era cada vez más entrecortada, la agitación entre mis muslos crecía y el tan esperado orgasmo estaba llamando a la puerta.


De pronto Greg detuvo todo movimiento sobre mi cuerpo. Me gire hacía él dispuesta a protestarle y descubrí qué ¡Se había dormido!


Pero estaba tan mono, reflejaba su rostro una ternura infinita y su mano anudada entre mis piernas, que no quise despertarle.


Esa misma noche, sin falta, conseguiría llevarme a Gregorio a la cama. De eso no tenía la menor duda.
Tras una sesión de besos inagotables, de magreos incontenidos en la cocina, en el comedor, en el sofá... de sobeteos absurdos y sobreexcitadores, aquí y allá, cuando me encontraba en ese punto en el que mis otros labios cantaban por mí una canción húmeda y espesa, me desnude y de la mano me llevé al anonadado Gregorio a la cama.


Su apremiante boca descubrió rincones de distintos sabores sobre mi piel, su inquisidora lengua perseguía el rastro de sus labios una y otra vez. El cuerpo erizado y cimbreante, esperando anhelante la embestida, abierto como perfecto compás a su virilidad latente... y por fin Gregorio se coloca sobre mí, su boca aprisiona hambrienta la mía, su pene se hunde en mis entrañas deliciosamente cálidas y le envuelve toda mi humedad y entonces...


Entonces nada. De pronto todo se detiene, no hay movimiento, no hay embestida, no hay mete-saca, y por descontado no hay asomo de orgasmo alguno. ¡¡ Se había vuelto a dormir!!


Esto es el colmo, porque una cosa es que los hombres se duerman "después de" alegando razones totalmente orgánicas, pero que se duerman "durante el"... ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Ni que sea el novio más perfecto de cuantos he tenido!