viernes, 10 de marzo de 2006

MI NOMBRE EN TU BOCA



Mi princesa... no sé cuando empezaste a llamarme así ni sé si algún día dejarás de hacerlo, sólo sé lo que siento cuando tus labios llenos lo pronuncian, el hambre ansiosa que palpita en mis entrañas cuando me llamas, y yo, endeble a tu mirada y al sonido dulce de tu voz, sólo quiero acudir a la llamada, ser tuya y entregarme aún más.

Estiras tu mano en ese gesto tan cotidiano, rozando mi mejilla borrando el trazo inexistente de algún rizo exiguo que para ti ya borré, porque sé que te gusta así, transparente y limpia.
La beso, esa mano que es una extensión de mi alma, un clavo ardiendo incrustado en mi piel desde sus orígenes, me embeleso contemplando tus dedos largos y armoniosos, el vello suave que aterciopelado asciende por tu brazo, ese lunar que reclama mis labios en tu antebrazo y asciendo sin sonidos a la turbia y oscura luna que anida en tu brazo.
Mi cabeza se hunde al llegar a tu pecho florido y me emborracho de tu esencia, de ese olor que siempre me huele a ti, que siempre me recuerda a mí.
- Princesa, mírame a los ojos.
Y yo te miro, porque perderme en las profundas simas de tus ojos y navegar por ellos es un deleite divino para esta mortal que se encierra entre tus brazos... y yo te miro, porque si en ese momento me pidieses un imposible para tus ojos yo lo haría posible.
Acunas mi cara con tus manos grandes, esas manos que cubren pedazos de mi piel sin reparo, esas manos que arrinconan mi sentido cada vez que me rozan, provocando laceraciones que arden como huellas sin rastro perdidas en mi cuerpo.
- Bésame, mi princesa.
Y me alzo menuda sobre mis pies descalzos y de puntillas atesoro con mi lengua el sabor de tu boca, que siempre es húmeda y caliente, que siempre me recuerda que existe un mundo nuevo por descubrir encerrado entre tus labios, y mi lengua ávida los atraviesa buceando por océanos afrutados que me llenan de colores el alma.
- Aléjate, deja que te vea desnuda.
Y desciendo al suelo, con tu saliva bailando aún en mi boca, apenas un segundo para relamer los restos que has dejado en mi boca y te sonrío. Mis ojos brillan de deseo y mis muslos desnudos se humedecen. Sin dejar de buscar en tus lunas negras un destello me deshago de los botones de la camisa que cae al suelo y entonces, con pudor y con regocijo, contemplo como estrellas chiquitas empiezan a bailar en tus ojos.
- Muéstrame como crecen tus pechos llenos de color canela, ¿quieres princesa?
Y en la pregunta una leve inflexión que no la hace ruego sino exigencia. Los botones de color avellana se yerguen afilados y desafiantes apenas mi mente piensa en tocarlos. Mis dos manos sopesan las lechosas cimas, dibujo el contorno con la yema de mis dedos para ir al encuentro de eso que tu acusas chocolate. Noto un leve temblor en mi abdomen cuando la palma de la mano los roza, los noto endurecerse bajo la presión que mis manos imprime.
- Muy bien princesa, enséñame tu tesoro, anuda por mí esa piedra.
Una vez más mis manos te obedecen cómo si fueran tuyas más que mías y resbalan para perderse entre mis piernas y acariciar suave la cara interior del muslo, esa piel suave que se deja mecer por mis pequeñas manos que descubren la humedad que mi sexo va despojando en ellas. Jadeo y cierro los ojos.
- No, princesa, no cierres los ojos. Mírame, quiero verte.

La princesa con labios temblorosos obedece e introduzco un dedo en mi boca para saborear el elixir que mis labios resbalan, porque sé que te gusta, porque sé que te complace. Mis manos se enredan por el suave descenso de mi pubis para resbalar por la piel de mi sexo, buscando el botón exacto que necesito, el que con urgencia reclama mi atención. Te miro a los ojos y mi deseo se enciende en orbitas descomunales que me incitan a poseerme, a ser mía y ser tuya. Mis dedos se introducen, golpean y sacuden mis entrañas hasta que en estampida estalla un orgasmo preciso en mi entrepierna. Cierro los muslos y aprisiono mi mano en mi interior.
- Mi princesa, tú siempre serás mi princesa.
Y me tiendes tus brazos abiertos para que me hunda en tu pecho de hombre.

miércoles, 8 de marzo de 2006

UN BUEN DESAYUNO




Me había despertado bastante hambrienta, lo cual resultaba extraño teniendo en cuenta que la noche anterior me lo había hecho con un jovencito que, aunque algo falto en experiencia y manejo, era del todo inagotable, superando así esa pequeña carencia.
Recuerdo haberlo echado de mi cama a altas horas de la madrugada... pero aún así percibí la humedad entre mis piernas y el ansia devorando mi ombligo.
Me desperece, estirando mis músculos entumecidos y volteando mi cuerpo por las sabanas. Me gusta arremolinarme entre ellas después de una noche de sexo. Me levante y me fui a la cocina, con la misma ropa con la que Dios quiso traerme al mundo, mi dorada piel.
Empecé a devorar bollería barata del súper de la esquina que se amontonaba en un gran cesto de la tienda de los veinte duros. Que queréis, soy compradora compulsiva de las grandes ofertas de barrio.
Mientras daba buena cuenta de un pastelito sobao Martínez atisbé, como quien no quiere la cosa, por el pequeño ventanuco del edificio colmena en el que vivía, una discusión entre el vecino de enfrente y su novia. Él esta de autentico vicio, una ricura de chaval en el punto justo para hincarle el diente y no soltar presa. Ella en cambio es una pija redomada, muy estirada y marimandona. Me quede embobada viendo al vecino gesticular, sin camiseta, con sus bíceps alzados en toda su plenitud, el torso cimbreante con esos curiosos cuadrados repartidos invitando a un lujurioso banquete... y bueno, cotilleando también un poco, para que negarlo, tengo vicios de Maruja.
Me lo estaba pasando teta, porque la verdad es que el vecino era un tío interesante con ojos curtidos en más de una noche de duerme vela, una melena rasta que le daba ese aire entre bohemio romántico y loco libertario y una novia plasta que le comía los ojos cada vez que él y yo nos cruzábamos en el ascensor y nos sonreíamos, como no, de un modo totalmente cortes. Ahora contemplaba como la rubia de bote le ponía mohines e intentaba abrazarle mientras él le apartaba constantemente alzando esos fibrados brazos al aire. Notaba como iban levantado cada vez más la voz por la contracción y contrariedad de sus caras. Notaba frío en las mejillas... pero era porque estaba a escasos centímetros del vidrio y era algo temprano para estar desnuda ante una ventana a primeros de Octubre.
La discusión terminó con un portazo (de ella) mientras él se echaba las manos a la cabeza, y se volvía hacía la ventana con un gran gesto de alivio en su cara. El movimiento me permitió vislumbrar a la perfección su ombligo, la continuación de su ombligo, ese nacimiento pélvico con las costuras perfectamente marcadas indicando el camino hacia mi rendición. Claro, que también le permitió a él contemplarme a mí... y me enganchó de lleno con el bollycao en plena boca, la cara de sorpresa y mi desnudez por camisón.
Estaba convencida de no resultar para nada una imagen erótica, a pesar del bollycao en la boca cual falo tierno y con relleno... pero a pesar de todo él me sonrió.
¡ Y que sonrisa! Abierta, picaruela, provocadora e increíblemente sexy. Si no fuera porque soy miope hubiera jurado que hasta podía percibir chispitas divertidas bailando en el fondo de sus ojos verdes.
El hambre me recordó que existía en forma de un fuerte lengüetazo en mi abdomen y se disolvió entre mis piernas el deseo, ávido y glotón, marcando una creciente necesidad que mis pechos habían anunciado... pero pensé que era por el frío, tan entretenida como había estado.
Y aquel pedazo de bollycao continuaba mirándome desde la escasa distancia que nos otorgaba el angosto patio de vecinos, con su lasciva sonrisa pintada en una boca roja y llena, con una mirada que me acariciaba y yo sentía descender por mi piel desnuda, parpadeando en recovecos, guiñando en mis pliegues, desvelando esquinas, haciéndome apretar las piernas para contener la corriente cálida que endurecía mi vientre.
No pude retener más el ansia, la necesidad, el ayuno contenido. Observe su mano perderse tras su ombligo al mismo vaivén tembloroso que la mía descendía por mi vientre. Me quede prendida de esos ojos anhelantes y sedientos que devoraban migajas de piel mientras a un mismo son, al ritmo de la misma melodía agitábamos nuestras entrañas preñadas de un capricho húmedo y sofocante, apremiante, insistente, acuciante, creciente, decreciente.
El contacto del vaho frío en la palma de las manos me devolvió a la realidad y tras el cristal empañado pude entrever a mi vecino, pegado al vidrio, ostentando la misma ridícula sonrisa de satisfacción que lucían mis labios.
Buen desayuno... se me había borrado el hambre de golpe.