
Mi princesa... no sé cuando empezaste a llamarme así ni sé si algún día dejarás de hacerlo, sólo sé lo que siento cuando tus labios llenos lo pronuncian, el hambre ansiosa que palpita en mis entrañas cuando me llamas, y yo, endeble a tu mirada y al sonido dulce de tu voz, sólo quiero acudir a la llamada, ser tuya y entregarme aún más.
Estiras tu mano en ese gesto tan
La beso, esa mano que es una extensión de mi alma, un clavo ardiendo incrustado en mi piel desde sus orígenes, me embeleso contemplando tus dedos largos y armoniosos, el vello suave que aterciopelado asciende por tu brazo, ese lunar que reclama mis labios en tu antebrazo y asciendo sin sonidos a la turbia y oscura luna que anida en tu brazo.
Mi cabeza se hunde al llegar a tu pecho florido y me emborracho de tu esencia, de ese olor que siempre me huele a ti, que siempre me recuerda a mí.
- Princesa, mírame a los ojos.
Y yo te miro, porque perderme en las profundas simas de tus ojos y navegar por ellos es un deleite divino para esta mortal que se encierra entre tus brazos... y yo te miro, porque si en ese momento me pidieses un imposible para tus ojos yo lo haría posible.
Acunas mi cara con tus manos grandes, esas manos que cubren pedazos de mi piel sin reparo, esas manos que arrinconan mi sentido cada vez que me rozan, provocando laceraciones que arden como huellas sin rastro perdidas en mi cuerpo.
- Bésame, mi princesa.
Y me alzo menuda sobre mis pies descalzos y de puntillas atesoro con mi lengua el sabor de tu boca, que siempre es húmeda y caliente, que siempre me recuerda que existe un mundo nuevo por descubrir encerrado entre tus labios, y mi lengua ávida los atraviesa buceando por océanos afrutados que me llenan de colores el alma.
- Aléjate, deja que te vea desnuda.
Y desciendo al suelo, con tu saliva bailando aún en mi boca, apenas un segundo para relamer los restos que has dejado en mi boca y te sonrío. Mis ojos brillan de deseo y mis muslos desnudos se humedecen. Sin dejar de buscar en tus lunas negras un destello me deshago de los botones de la camisa que cae al suelo y entonces, con pudor y con regocijo, contemplo como estrellas chiquitas empiezan a bailar en tus ojos.
- Muéstrame como crecen tus pechos llenos de color canela, ¿quieres princesa?
Y en la pregunta una leve inflexión que no la hace ruego sino exigencia. Los botones de color avellana se yerguen afilados y desafiantes apenas mi mente piensa en tocarlos. Mis dos manos sopesan las lechosas cimas, dibujo el contorno con la yema de mis dedos para ir al encuentro de eso que tu acusas chocolate. Noto un leve temblor en mi abdomen cuando la palma de la mano los roza, los noto endurecerse bajo la presión que mis manos imprime.
- Muy bien princesa, enséñame tu tesoro, anuda por mí esa piedra.
Una vez más mis manos te obedecen cómo si fueran tuyas más que mías y resbalan para perderse entre mis piernas y acariciar suave la cara interior del muslo, esa piel suave que se deja mecer por mis pequeñas manos que descubren la humedad que mi sexo va despojando en ellas. Jadeo y cierro los ojos.
- No, princesa, no cierres los ojos. Mírame, quiero verte.
La princesa con labios temblorosos obedece e introduzco un dedo en mi boca para saborear el elixir que mis labios resbalan, porque sé que te gusta, porque sé que te complace. Mis manos se enredan por el suave descenso de mi pubis para resbalar por la piel de mi sexo, buscando el botón exacto que necesito, el que con urgencia reclama mi atención. Te miro a los ojos y mi deseo se enciende en orbitas descomunales que me incitan a poseerme, a ser mía y ser tuya. Mis dedos se introducen, golpean y sacuden mis entrañas hasta que en estampida estalla un orgasmo preciso en mi entrepierna. Cierro los muslos y aprisiono mi mano en mi interior.
La princesa con labios temblorosos obedece e introduzco un dedo en mi boca para saborear el elixir que mis labios resbalan, porque sé que te gusta, porque sé que te complace. Mis manos se enredan por el suave descenso de mi pubis para resbalar por la piel de mi sexo, buscando el botón exacto que necesito, el que con urgencia reclama mi atención. Te miro a los ojos y mi deseo se enciende en orbitas descomunales que me incitan a poseerme, a ser mía y ser tuya. Mis dedos se introducen, golpean y sacuden mis entrañas hasta que en estampida estalla un orgasmo preciso en mi entrepierna. Cierro los muslos y aprisiono mi mano en mi interior.
- Mi princesa, tú siempre serás mi princesa.
Y me tiendes tus brazos abiertos para que me hunda en tu pecho de hombre.
